A la búsqueda de personalidad

Siento mucho no salirme del tópico, pero ello es muy difícil cuando se trata de escribir un artículo sobre Ang Lee. Nos encontramos, sencillamente, ante uno de los cineastas más sobrevalorados del actual panorama cinematográfico. Sobrevalorado por el creciente respeto que suscita en todos y cada uno de los flancos críticos y sobrevalorado por la innumerable cantidad de galardones que sus películas han ido acumulando en diversos festivales. Algo de todo punto inexplicable si observamos desde un prisma crítico algunas de sus obras.

Todos sus detractores (entre los cuales, lógicamente, me cuento) vemos en la filmografía de Ang Lee una alarmante (y en ocasiones exasperante) falta de estilo y, por consiguiente, de personalidad. No hay, en efecto, ningún rasgo distintivo ni ningún tipo de elemento formal que defina su personalidad cinematográfica. Una buena muestra de ello se halla en el eclecticismo de géneros y maneras fílmicas que ha ido adoptando a lo largo de su carrera sin amoldarse a ninguna de ellas. Ang Lee se ha convertido, por así decirlo, en un esbirro sometido a un guión y a una producción concreta que afronta sin ganas ni espíritu constructivo unas formas de dirección predeterminadas. Es decir, es un cineasta que se alimenta de estilos ajenos con el fin de conformar e intentar dar cuerpo a la película de turno pero que, generalmente, se encuentra a años luz de la personalidad que intenta imitar y de dominar unos recursos de puesta en escena que aporten información adicional al entramado argumental. De ahí, quizá, su cómoda posición en el cine estadounidense, inimaginable en otros cineastas coetáneos suyos, y también orientales, como Zhang Yimou.

Pero vayamos por partes. La prueba más evidente de la escasa idiosincrasia de Lee se halla en sus propias películas y ya desde sus inicios en Taiwán. El banquete de bodas, por poner un ejemplo, intenta formular unas premisas estilísticas e, incluso, temáticas que beben de la siempre fascinante personalidad de Yasujiro Ozu, aunque Ang Lee se encarga de transformar esta prometedora comedia dramática en un compendio de tópicos, en el que una planificación extremadamente vulgar, muy a pesar de sus ínfulas, saca a la luz los elementos más endebles de una historia muy sencilla. Ozu tenía la virtud de transmutar este tipo de historias en emociones profundas y sinceras, pero Lee se muestra incapaz de ello, abocando El banquete de bodas a un desarrollo inadecuado en el que el cineasta no sabe controlar el ritmo de las secuencias ni la duración de los planos llevando el film a la más pasmosa discreción, por mucho Oso de Oro que consiguiera en Berlín.

Su ida a los Estados Unidos agrava esta situación, ya que es allí donde Lee se muestra más abierto a enfrentarse a cualquier tipo de producción, anulando o dando borrón y cuenta nueva a todo cuanto había planteado con anterioridad. La prueba de fuego que supone Sentido y sensibilidad vuelve a contar con el beneplácito de casi todos los festivales en los que se presenta (nuevamente, vuelve a ganar en Berlín y obtiene varias nominaciones al "Oscar"), aunque el film no deja de ser una endeble y preciosista adaptación de la novela de Jane Austen, en la que Lee toma como referente el cine de época de James Ivory, sin el acierto crítico y la complejidad de éste. Por el contrario, lo rutinario de su dirección, unido a una excesiva deuda literaria, hacen del film un conjunto superficial que, al igual que su director, da palos de ciego a la búsqueda de su propia identidad.
El Ang Lee posterior a Sentido y sensibilidad será un fiel seguidor del modus operandi del cine de Hollywood incluso cuando, teóricamente, regrese al cine oriental con Tigre y Dragón, producción taiwanesa aunque con toda la aparatosidad reinante en la cinematografía estadounidense. En la ramplona La tormenta de hielo Lee intenta exponer un momento concreto de la historia reciente de los Estados Unidos, los primeros años de la turbulenta década de los setenta con el telón de fondo del escándalo Watergate, combinándola con el despertar sexual de unos adolescentes y la inestabilidad emocional de sus padres. El resultado vuelve a ser insuficiente debido a una considerable inconcreción intencional y a una planificación excesivamente sobria, quizá influenciada por el estilo de John Cassavetes, pero sin la rabia interna y el potencial psicológico del maestro neoyorquino.

Dicha sobriedad se dará de bruces, años después, con el despilfarro de medios que supone Hulk. Narrativamente nula y desbordante de un exhibicionismo visual que, nuevamente, vuelve a beber de fuentes ajenas, en concreto Brian de Palma (pantalla fragmentada incluída) supone, junto a la mencionada Tigre y Dragón, una especie de resumen de las "formas" (por llamarlas de alguna manera) cinematográficas de Lee: una falta de personalidad absoluta, un irregular tratamiento narrativo en el que varios momentos circunstanciales se encuentran alargados en exceso (la historia central de Tigre y Dragón —una especie de cortometraje dentro del propio film— o el interminable planteamiento de Hulk), un batiburrillo de estilos ajenos que intenta adecuar a cada película, y una búsqueda constante de ortodoxia y academicismo que lo ha llevado a triunfar en la gran mayoría de festivales donde se ha presentado, muy a pesar de la común mediocridad de sus films.

¡Veremos qué nos ofrecen sus aclamados vaqueros homosexuales!

Por Joaquín Vallet R.