Mi gran boda taiwanesa

Hoy en día, en un mundo cada vez más liberal y tolerante (al menos en determinados aspectos en que antes no lo era), es más que frecuente la aparición de filmes tratando abiertamente el tema de la homosexualidad que a comienzos de los 90, época en que vio la luz la segunda película de Ang Lee, El banquete de boda, cuando poco a poco se comenzaban a abrir las mentalidades en lo tocante a numerosos temas, como éste. Lee abordó un tema algo tabú, que por supuesto había sido mostrado en el cine en anteriores ocasiones, pero siempre de una forma velada (en tiempos de censura, que en algunos países es ahora) o levantando pequeñas polémicas, con lo que más que valiente, la idea de realizar esta película podría interpretarse como una decisión inteligente a la par que oportunista. En esta coproducción entre EE.UU. y Taiwán, el director, con idéntico tratamiento (ahora iremos a eso) que en su primera película, se nos cuenta la historia de Wai-Tung Gao (Winston Chao), un joven ya no tan joven, que ante la presión a la que se ve sometido por sus padres que le piden que se case (su madre incluso le busca citas mediante agencias matrimoniales) para que pueda concederles un Gao de tercer dan (esto es, un nieto, y varón, si puede ser), y ante la inminente visita de éstos, con la ayuda de su novio americano Simon (Mitchell Lichtenstein), decide apañar una boda con su inquilina Wei-Wei (May Chin).    

Como en la anterior Pushing Hands (Tui shou, 1992), El banquete de boda es una comedia amable, que no basa su humor en diálogos hilarantes o gags visuales sino en los malentendidos que se producen entre los personajes. Hay hueco también para el drama, pero siempre controlado, sin llegar a provocar la lágrima, y desembocando en el consabido final feliz. Y esto es precisamente lo que podría reprochársele a algunas de las primeras obras de Lee, el hecho de que las situaciones narradas no resulten tan efectivas como comedia que si se las enfocase de un modo más crudo, que en determinados momentos tal vez encajaría mejor con la historia, o al menos dando más dureza a los momentos dramáticos, sin concesiones quizá algo comerciales. Y no es porque la película no sea divertida o creíble, que lo es, pero sí es cierto que hay puntos excesivamente chirriantes por lo edulcorado, como el hecho de que Wei-Wei decida quedarse con el bebé, y a Wai-Tung y Simon como padres. La forma de mostrar la bondad de Wai-Tung resulta también tópica en este sentido, como cuando muestra su compasión al perdonarle el alquiler a Wei-Wei.

Pero lo importante es que tanto El banquete de boda como Pushing Hands funcionan, y, como en todo el cine del director de La tormenta de hielo (The Ice Storm, 1997), eso es principalmente por el tratamiento que se da a los personajes y a los sentimientos de éstos. Ang Lee y sus coguionistas Neil Peng y James Schamus (que ya había colaborado con Lee en el guión de Pushing Hands) consiguen crear situaciones verosímiles, y la sobriedad del taiwanés tras la cámara permite que el espectador se centre en la historia, que en definitiva son las vidas y los problemas de los personajes, olvidándose del resto. Las interpretaciones también son dignas de elogio en este aspecto y logran expresar de forma efectiva los sentimientos de los personajes, mereciendo especial mención la del recientemente fallecido Sihung Lung, en el papel del padre de Wai-Tung, que ya había interpretado al suegro que hizo la vida imposible a la protagonista de Pushing Hands, y que posteriormente trabajaría con Lee en Comer, beber, amar (Yin shi nan nu, 1994)y en Tigre y dragón (Wo hu can long, 2000), que muestra con un registro totalmente distinto al de la anterior película su capacidad interpretativa en el pellejo del hierático señor Gao, el padre de Wai-Tung.

En esta ocasión, a diferencia de Pushing Hands la película ya no sirve tanto para mostrar las incompatibilidades y diferencias culturales entre oriente y occidente, que también, ya que el filme se desarrolla en Nueva York, sino sobre todo exponer el choque entre dos generaciones y dos formas completamente opuestas de entender la vida. Por un lado, los padres de Wai-Tung, que representan la tradición, mientras que su hijo busca en la vida algo completamente opuesto a lo que ellos esperan de él. La dificultad que supone para Wai-Tung oponerse abiertamente a las convenciones a las que por tradición tiene que permanecer fiel, no sólo en lo referente a su salida del armario, sino también en lo que eso supone a la postre (la imposibilidad de la descendencia esperada por sus progenitores), es lo que le impulsa, al principio con dudas pero luego completamente convencido de que será lo mejor, a montar esa pequeña impostura, que, por supuesto, termina escapándosele de las manos para convertirse en su gran boda taiwanesa.

Como comentaba antes, tras el enredo, la verdad siempre termina por salir a la luz y viene acompañada del final feliz, con algún matiz. Porque, por un lado, el padre de Wai-Tung parece ser más abierto de mentalidad de lo que en un principio se espera de él, y aunque la madre, por el contrario, se siente dolida por la "enfermedad" de su hijo y lo único que ahora desea es que su esposo no se entere de nada, finalmente aparece ese esperado nieto-hijo, aunque sea fruto de una borrachera nupcial. Pero por otro, el lado más amargo, todos ellos vivirán en una permanente mentira el resto de sus vidas, no pudiendo comunicarse los unos a los otros que saben lo que saben.

Por Sergio Vargas
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