Radiografía de una sociedad enferma
Ignoro si Ang Lee cae muy bien en su país de adopción. Imagínense que un tipo procedente de una isla a la que pocos sabrían situar en el mapa hace las Américas, termina asentando sus reales en una industria rabiosamente competitiva y lo logra, además... hablando de temas "importantes", atreviéndose a realizar incursiones en el western, retratando —como si él mismo las hubiese padecido— las miserias de una nación distante miles de kilómetros de la que le vio crecer. No, decididamente le tiene que caer gordo a más de uno, perplejo todavía al ver cómo un asiático ha sabido entender a la perfección lo que significó para ellos la turbulenta década de los 70. ¡Toma globalización!
No nos debería de extrañar tanto —comencemos a matizar— si supiésemos que Lee estudió en la universidad de Illinois (fue compañero de clase de Spike Lee y el cachondeo cuando pasaban lista y llegaban a la letra 'L' debía de estar garantizado), completando su formación con un master (¡cómo no!) en una escuela de arte dependiente a su vez de la universidad de Nueva York. Vamos, que su nacimiento 'exótico' es más anecdótico que otra cosa: después de 20 años, Ang Lee se ha ganado a pulso la condición de ciudadano norteamericano, si en realidad era eso lo que andaba buscando...
Evidentemente (y lo digo dada la acerada carga crítica del filme), La tormenta de hielo no fue un arrebatador éxito comercial en el momento de su estreno, recaudando menos de 8 millones de dólares (cuando había costado 18). No pasa nada: tres años después, con Tigre y Dragón (Wo hu cang long, 2000), el taiwanés sonriente se reconciliaría con la taquilla, extasiada viendo botar a tanto chino y correr por los tejados a tanta beldad. ("Rebaja el listón y caerán a tus pies"...)
La tormenta de hielo cuenta con uno de los repartos más acertados de los últimos tiempos: todos y cada uno de los actores parecen haber nacido para interpretar sus respectivos roles. Kevin Kline reconvierte su eterno rostro de cachondeo en el vívido reflejo de la mansedumbre, del despiste crónico de un hombre sobrepasado por las circunstancias. Su mujer, Joan Allen, trata de darle un nuevo rumbo a su vida, marcada por la ostentosa infidelidad conyugal de su marido; se percibe esto en la clarificadora conversación que mantiene con un sacerdote picaruelo, así como en el complejo de Peter Pan que le asalta viendo a niños ejerciendo todavía como tales. Sigourney Weaver recoge el testigo de su ochentera creación para Armas de mujer (Working Girl, 1988), mostrándonos esta vez a una sofisticada / desencantada a la vuelta de todo, capaz de espetarle a su amante que no quiere oírle hablar de sus problemas, que para eso ya tiene a su marido. Christina Ricci —¡esta chica nació para ser mala!— defiende con convicción a su adolescente turbia y desubicada, fiel reflejo de las incongruencias y mentiras que ve por la televisión... y en su propia casa. Por último, el inexpresivo Tobey Maguire, años antes de convertirse en superhéroe rutilante, cumple —merced a su algo alucinada mirada— como espectador casual, devuelto por vacaciones a una familia que ya apenas reconoce como suya.
¿Y qué se puede añadir a lo dicho sobre los setenta? Hacía una década desde que se cerraron las puertas de Camelot, confundiéndose el eco de las trompetas con el resonar de un balazo en Elm Street que descerrajaría muchos sueños, despertando a muchos americanos (del norte, como matizaría Godard) a una realidad insalubre, apestosa, flambeando sus postres hogareños con el napalm de los noticiarios.
Richard Nixon era un 'pesao' que llevaba décadas metido en política, esperando pacientemente su turno. Ya le habíamos visto hacer daño en la comisión de Actividades Antiamericanas, buscando comunistas debajo de las alfombras de Sunset Boulevard. Un tipo con fama de cenizo, al que no le importaba agachar la cabeza todas las veces que hiciese falta... con tal de terminar ganando la partida por agotamiento del contrincante. Al igual que su homólogo de Gaulle, se fraguó una fama de hombre sencillo, dispuesto a dar la cara por esa "mayoría silenciosa" (¿les suena el perfil?).
Heredero de los valores republicanos del general Eisenhower —con una de cuyas hijas se acabó casando—, este tecnócrata presumía de orígenes humildes y preeminencia moral, cualidades pregonadas a los cuatro vientos y con las que acabaría cavándose su propia fosa política.
Paranoico avant la lettre, amigo de hacerse fotos con los herederos de aquellos dirigentes rojos que tanta fama le dieron en sus primeras apariciones mediáticas, Nixon acabó como prototipo de bad boy, niño revoltoso que acaba decepcionando a papá con sus reiteradas travesuras. Como declamaba Anthony 'Nixon' Hopkins en la interesante ficción elaborada al respecto por Oliver Stone y ante un cuadro de John F. Kennedy: «cuando te miran a ti ven lo que querrían ser... en cambio, cuando me miran a mí, ven lo que son».
Era eso, quizás, lo que más miedo daba de Nixon, siempre a remolque intelectual del pretor Henry 'Rasputín' Kissinger, gran aficionado a las injerencias y los golpes de Estado encubiertos. Temor, en definitiva, a que sus debilidades, sus flaquezas, sus salidas de tono, no fuesen más que un reflejo de las del resto de integrantes de su generación, estupefactos —y algo cabreados— ante unos tiempos que no acababan de comprender, con unos hijos greñudos que no sólo habían dejado de compartir sus valores, sino que los rechazaban abiertamente. Y eso que no era, ni mucho menos, tan derechón como otros miembros de su partido (Kissinger a Mao: «los de derechas pueden hacer cosas de las que los de izquierdas sólo pueden hablar» ).
¿A qué viene tanto politiqueo paracinematográfico? Considero que uno de los grandes aciertos de la película radica en que Ang Lee logra hacer bascular sobre sus personajes aquella sensación de continua inestabilidad, de encontrarse al borde de un precipicio moral. Para un pueblo acostumbrado a que sus dirigentes atesoren cualidades de todo tipo (sólo hace falta ver cómo sacan de paseo, en respetuosa procesión por universidades y foros varios, a ex-presidentes-popes, investidos de poderes sobrenaturales), el comenzar a sospechar fundadamente que uno de ellos les había mentido representó un trauma colectivo, aunque este no se escenificaría hasta agosto de 1974 con su renuncia (la acción de la película se sitúa en 1973). Tan duro fue el golpe que jamás se recuperarían de él: la sospecha de deshonestidad ha pesado desde entonces sobre cualquier morador de la Casa Blanca.
La frigidez emocional de estos insomnes de Connecticut coincide con un fenómeno metereológico tan brutal como repentino: una capa de hielo (una brusca glaciación, en todos los sentidos) que se cierne rápidamente sobre los vivos y sobre los muertos, parafraseando a Joyce.
El padre de familia descubrirá que muy posiblemente su matrimonio no sobreviva a tantas mentiras, al igual que ocurrió con Nixon y su presidencia. La madre se dejará arrastrar por la laxitud moral de su entorno, actuando más por despecho que por verdadera voluntad de experimentación. La hija sembrará el pánico entre los chicos del lugar, energúmena precoz dispuesta a llevarse al catre a vecinos algo alelados. Por último, el hijo, que había partido en pos de la utopía de un primer amor, volverá desencantado, justo a tiempo de presenciar el desmoronamiento de la estructura familiar, con un magnífico y derrotado Kevin Kline bañado en lágrimas sobre el volante de su coche.
Uno de los mejores momentos del cine de Ang Lee corresponde al intercambio de parejas de la fiesta, con el preludio litúrgico de ir dejando las llaves del coche en un recipiente, procediéndose al azaroso encuentro 'psico-sexual' de amigos lejanos, vecinos plastas y conocidos repulsivos. Una escena que rebosa tensión (la curiosidad por saber quién te va a tocar, la certeza de estar jugando con cosas demasiado importantes, la inmadurez y la precariedad espiritual convertidas en reglas de conducta) y dolor contenido.
La tormenta de hielo ratificó lo que ya sabíamos de Ang Lee: que es capaz de hacer buen cine centrado en personajes, encuadrados en marcos sociales tan asfixiantes como complejos. Su mejor película —a la espera de ver Brokeback Moutain (En territorio vedado)— reconstruye un tramo de la historia (como hizo Bertolucci en Soñadores [The Dreamers, 2003]) con voluntad desmitificadora (en lo relativo a los hechos) y comprensión hacia aquellos que moraron en una época de cambios e incógnitas. ¡Suficiente tuvieron con sobrevivir a tanta incertidumbre!
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