Fin de año. Fuegos de artificios. Artificios de fuegos, de intensidades que se empantanan en intensiones. Buenos Aires arde. La temperatura no ayuda a moderar un ardor constitutivo, construido a base de inequidades, saqueos varios. En este marco, hablar/escribir/pensar sobre cine. A un intento de acercamiento a la representación de la juventud en el llamado Nuevo cine argentino, le sigue una afiebrada, e íntima reseña del documental que recuerda al intimista y febril "Polo". Que se disfrute. Desde la porteñidad más sudorosa, Sebastián Russo.

Juventud, maldito tesoro o sobre el cine de Ezequiel Acuña

Ezequiel Acuña parece abrir un espacio de representación a un grupo social que no tiene mayor acogida en la cinematografía argentina contemporánea. Sus dos películas tienen como personajes principales, a contemporáneos adolescentes-de-clase-media-alta.

El llamado nuevo cine argentino —NCA— (del cuál Acuña puede verse como un perfecto, cabal integrante), sí ha enfocado en los jóvenes (recuérdese películas como Picado fino, Pizza birra faso, Tan de repente, La niña santa, y todo el cine de Martín Rejtman) Pero este enfoque está centrado o en jóvenes de una pertinaz clase media o de sectores medios empobrecidos, o directamente en jóvenes marginales. Poco (casi nada, sólo me viene a la memoria Géminis de Albertina Carri) se ha orientado a adolescentes de "clases acomodadas".

Puede no ser más que un dato anecdótico, pero no deja de ligarse a cierto afán por dar cuenta de historias desmembradas, de seres fragmentados, siempre en un contexto propiciador de tal dispersión (interna y colectiva), que el llamado NCA predominantemente sostuvo. Surgiendo en medio de un neoliberalismo triunfante, el NCA se nutrió tanto de las nuevas tecnologías (cámaras digitales) al alcance de un bolsillo clasemediero, como de una novedosa (inédita) fragmentación social como tema predominante. Un contexto de pobres más y más pobres, y ricos más y más ricos, confluyó en un estado de crisis general, con lazos sociales rotos, deshechos. En esta nueva coyuntura (ignorada por casi todos, percibida por algunos) los nuevos cineastas argentinos construyeron sus obras. Se tratara del film que se tratara, la fragmentación brotaba invariablemente. Predominando, como se apuntara anteriormente, los films centrados en personajes de clases medias y bajas.

El cine de Acuña, sus dos largometrajes estrenados, Nadar solo (2003) y Como un avión estrellado (2005), como no podía ser de otra forma, también se ocupan de la fragmentación, pero como rasgo peculiar, lo hacen enfocando a otro grupo socioeconómico. Siendo interesante evidenciar los muchos puntos en común que los adolescentes retratados en estos films, tienen con los jóvenes clasemedieros o marginales generalmente representados. Dando cuenta que en una crisis de la envergadura que provocó el aluvión neoliberal impulsado (entre muchos otros) por el presidente Carlos Menem, no hay sector social que queda indemne. Con consecuencias diferentes, la ruptura del lazo social no se produce sin una fisura profunda en todas las capas de una sociedad.

Los protagonistas (y elenco) del las películas de Ezequiel Acuña son perdedores. Perdedores en sentido amplio, o sea, con pérdidas. Perdedores en tanto opuestos al paradigma "exitoso" (ambos films son casi una apología del chico/a looser-hiper-sensible), y perdedores en tanto perdidos, desorientados: "perdieron el rumbo". Sin problemas materiales sus dificultades se presentan motivacionales. Un "tiempo muerto" que se experimenta eterno, abre cauce a la angustia, al sin-sentido. Este (des)empleo del tiempo es quizás una de las vías de comunicación que los emparenta con jóvenes de otras clases sociales. Una analogía a priori imposible, que las consecuencias del neoliberalismo la hace factible.

Consumismo e individualismo, por un lado, desocupación y exclusión, por otro, con la misma respuesta: desmotivación, abatimiento, hastío. La globalización de la nada, del deseo perdido. Los protagonistas de los films de Acuña, de paradigmático tono monocorde y antienfático, se emparentan en un accionar evasivo, arbitrario, vacío, contingente, en un contexto —horizonte motivacional— exclusivamente consumista. A la vez que el no trabajo, el no pertenecer de los marginados (o en vías de) impide la estructuración de identidades individuales y colectivas. Así, las problemáticas, las prácticas de quienes lo tienen todo, y quienes nada tienen, se acercan: el qué hacer, el cómo encauzar el deseo, el tedio, la búsqueda de sentido, el descreimiento. Provocando en ambos casos, y como última apostilla analítica tendiente a pensar dichas representaciones en un registro político, enfrentamientos insuficientes, precarios, aislados con el poder. Un poder particularmente encaramado en adultos, que también resignados, abúlicos, actúan por inercia, intentando sostener un otrora orden, una antaño normalidad, hoy derruida, horadada, y expandida en su  devastación a todos los rincones de la sociedad.

Sebastián Russo

La vereda de la sombra

Es un sábado de diciembre por la noche. El último antes de Nochebuena. Salgo del Complejo Tita Merello en la Ciudad de Buenos Aires. Acabo de ver La vereda de la sombra (2003), documental de Gustavo Fabián Alonso, que rescata la figura del infortunado periodista gráfico y televisivo Fabián Polosecki. Personaje inclasificable, difícil de definir, (en realidad, hay que decirlo, no habría que definir nunca a nadie). Artista de la interacción humana, según algunos, renovador de un género sumamente abordado, y desgastado, como el de la entrevista televisiva, según otros, a través de sus programas El otro lado y El visitante, emitidos por la pantalla estatal de este país, por ese entonces "ATC"; hoy, Canal 7, (allá por 1993/94/95). Programas que yo veía allá lejos y hace tiempo, en la ingenuidad más perversa de mis 18 o 19 años.

En todo caso, una persona que a través de sus programas supo retratar como nadie a esos personajes marginales, pero al mismo tiempo cotidianos y sumamente queribles, de la vida diaria. Lo de "infortunado" viene a cuento de su muerte, que permanece aún, hasta el día de hoy, en un manto de sombras. La versión oficial: suicidio al arrojarse a las vías de un tren. La extraoficial: muchas y muy oscuras, demasiadas para ser tratadas aquí. El documental tampoco se esforzará mucho por aclarar este punto. Pero no importa. Realmente eso es lo que menos importa.  Lo que vale es la obra. Y la persona. La obra y la persona de "Polo" (así le decían).

Por obra y gracia de la ficción documental, retrocedemos involuntariamente a los primeros años de la década del noventa en Argentina. Otro país. Otro mundo. Otra época. Como suele decirse. Pero en este caso es cierto. Muy cierto. Antes de la debacle, del declive final. Antes, o mejor dicho, justo en el momento en que se estaba produciendo ese asqueroso aluvión neoliberal. En el principio del fin en el que se convirtió este país. La isla del fin del mundo...

Un nudo en el estómago. Una sensación de angustia que corroe el alma. Una pelota, una pelotita enorme de dolor que se atora justo en la garganta. Y que nos (me) impide llorar. Eso es lo que (me) provoca ver La vereda de la sombra. Es un sábado de diciembre. Salgo, (salimos), del Complejo Tita Merello, en la ciudad de Buenos Aires. Cuando nos vamos, le digo a mi novia: "el día que empiece a llorar no voy a parar nunca más". Por Polosecki. Por Gleyzer. Por nosotros. Por mí. Por todos, víctimas y victimarios de esta inmundicia de sistema.

 Ha pasado ya más de una semana. Al escribir esto, la sensación aún persiste. Todavía lo intento. Trato, pero no puedo. El mismo nudo en la garganta. La misma angustia en el alma. Quién sabe por cuánto tiempo más... Hasta el final, quizás. O hasta que nos veamos en la próxima fiesta. Sí. Eso.

Hasta que nos veamos en la próxima fiesta...

Maximiliano de la Puente

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Sebastián Russo, fotógrafo y sociólogo, comenta cada mes para MdC la actualidad cinematográfica en Argentina y Latinoamerica.