Mohammed y la fábrica de chocolate
El otro día estuve haciendo una pequeña revisión al panorama de películas en cartel de la semana... no sabría explicar qué me sucedió pero creo que me invadía un deseo irrefrenable de acudir al cine como en tiempo no me pasaba, o al menos desde que me dedico a esto. Al abrir el diario de turno, de izquierdas claro, aunque más poderoso que la mayoría de derechas, me sentí profundamente decepcionado. Qué mala pata que tengo, ¡qué mala pata! Un día que quiero disfrutar de una sesión de cine no me ayudan los dioses, o los distribuidores, o los exhibidores... ¡Qué más da! Así que repasando los originales films que veo, los estudio metódicamente de uno en uno. No es cuestión de lanzarse a la ligera. Cinderella Man o en español: El Ceniciento... ¿Va de boxeo? ¿De veras? ¿Con ese título? ¿No es porno? ¿No es porno gay?, leo que es un film de Ron Howard, el director de Una mente maravillosa y del mismo actor. Sí, el Crowe. No interesa. No me gustan las películas de los personajes que se superan a sí mismos a pesar de las adversidades, yo soy más vago. La tierra de los muertos vivientes... ya la he visto, en realidad no, pero como si así fuera. Una pandilla de pelotas, el título es realmente prometedor. Llaman al teléfono. Es Alejandro, director de MdC. Me habla de unas películas chinas de directores impronunciables y aprovecho para preguntarle qué opina de esta película sobre pelotas. Según él puede ser interesante porque el director es Richard Linklater... ¡Como si este tal Linklater fuese John Lennon! Creo que no me interesa quién es Linklater. Princesas... pienso, mmm tal vez ésta. No, seguro que no. Últimamente conduzco con frecuencia por la autovía de Castelldefels y me he aficionado a contar las prostitutas que hay en el arcén, el otro día conté veinte. No quiero más putas ¡y menos si no lo parecen! Y así la mayoría de títulos. De pronto veo la luz, existe algo para pasar mi tarde con forma de película. ¡Tim Burton!... Charlie y la fabrica de chocolate.
Al llegar al cine observo que debo cruzar un centro comercial con escaleras mecánicas, fast-foods y Zaras. El lugar está lleno de gente: familias, niños, parejas. Es en ese momento cuando entiendo al americano de turno que un día se viste de Rambo entra en un centro comercial armado hasta los dientes y con una recortada asesina a más de veinte personas, sin piedad.
Compro la entrada y observo que me quedan más de treinta minutos para la sesión... Lo suficiente para una cerveza, 33 cl. antes del film. Subo las escaleras del cine Icaria y salgo en busca de un bar cercano. Al doblar a la derecha oigo una voz que exclama de modo eufórico... ¡Salomón!... ¡Salomón!... Yo me giro .... Y a medida que los gritos se acercan y observo al individuo en cuestión pienso, —Bronca... Fijo—. Su rostro se aproxima y me empieza a sonar, demasiado moro para ser del mundillo del cine, demasiado quinqui para ser algún periodista, ¡del barrio de mi infancia, seguro! Sin darme tiempo a saludarle me abraza efusivamente y me da dos besos. Es Mohammed, un amigo de la infancia, del barrio donde me crié, por supuesto. Y es que haberse criado en el Poble Sec de Barcelona durante los ochenta es como haber nacido en el culo del mundo, donde tres callejuelas eran tu único referente cultural y sólo había una cosa: tus colegas del barrio. Y Mohammed era uno de ellos. Tener colegas en aquel barrio era casi como ser millonario.
Mohammed era un niño pakistaní que estudió la EGB conmigo en un colegio que parecía cualquier cosa menos un centro académico. A los trece años, después de haber conseguido el certificado escolar, es decir, no aprobó nada en el octavo curso, su padre le obligó a trabajar en el negocio familiar. Vendían tabaco andorrano en la puerta del metro de Paral·lel. Aquello no impidió que Mohammed y yo siguiésemos siendo amigos. Nos veíamos un par de veces a la semana, quedábamos para ir de cervezas y jugábamos al futbolín. A los dieciséis, cuando empecé a fumar, se convirtió en mi vendedor de tabaco y siempre me regalaba algún paquete. Hasta los diecinueve que me fui del barrio, y él era ya todo un traficante de hachís respetado, no perdimos el contacto.
—¡Cuánto tiempo!, ¡Dónde te has metido!— Mohammed me mira muy eufórico y emocionado, dándome besos en la mejilla. Allí, en el barrio, ese código es normal pero creo que yo me he enfriado desde que vivo en otro entorno social. —¡Me han dicho que eres director de cine! ¡Sales en los periódicos! ¡Y por algo bueno, no como los otros del barrio!... ¡Vamos a tomar una cerveza!— Mi entrada recién adquirida me impide poder ir con él a tomar algo, pero al ver su decepción y la frialdad con la que intento excusarme pienso que si llego algo tarde a la película tampoco pasará nada.
—Dos cervezas— le dice Mohammed al camarero que parece conocerle. Mientras nos traen las jarras, Mohammed me hace un pequeño repaso de sus últimos años de vida: sus estancias en la cárcel, sus amores y cómo no, los dos hijos que ha tenido. Yo le intento explicar como me ha ido, pero a la gente de mi barrio sólo les gusta hablar de ellos mismos. —¿Y que haces por aquí, Mohammed?—
Al parecer mi amigo tiene a más de veinte camellos, y éstos a otros sub-camellos, que venden chocolate por esa zona, entre otras de Barcelona, y él va a veces a controlarles. Mohammed siempre fue un niño con aspiraciones. Se ha convertido en uno de los traficantes de chocolate de más volumen de la ciudad. Le traen la "grifa" como dice él desde Ceuta y la distribuye aquí, maneja miles de euros cada mes y alguna detención de tanto en tanto no es un impuesto muy caro que pagar. Además, mucha gente que no tiene trabajo, ni papeles, ni amigos, ni familia, ni bancos que les ayuden, ni forma de llevar a cabo lo que los sociólogos y profesores explican como integración, viven del negocio que tiene montado Mohammed... y entre comer y no comer, eligen comer.
—Tráeme otras dos cervezas—. Ahora soy yo quien se anima y creo que con ver media película tendré suficiente. Mohammed me relata sus últimos años bastante entristecido. Nora, su hermana, ha muerto de una sobredosis. Él siempre tuvo como dogma no probar otra droga que la fumada, Nora fue más débil. Su segunda pareja en estos momentos se encuentra en la prisión de mujeres de Wad-Rass, por tráfico de drogas obviamente, y a uno de sus dos hijos no lo ve desde hace cuatro años, desde que su primera mujer le dejó. A pesar de las sutiles lágrimas que se derraman de sus ojos me cuenta que en el fondo es feliz, que la vida le podría haber tratado peor y me compadece por un trabajo tan inseguro como el del cine. El suyo es más estable, la gente siempre querrá fumar chocolate. Es un genio como pocos.
—¡La penúltima!—. Dos cervezas más para olvidarme definitivamente de la fábrica de Charlie y adentrarme en la de Mohammed. Toda la droga que ha vendido hasta la fecha le ha hecho ganar suficiente dinero como para tomarse un tiempecito de relax. Dice, como el que quiere vacaciones, que le gustaría hacer algo más que su trabajo, que no le llena del todo. Y de forma inesperada, casi sin que me lo pueda creer, me explica que le gustaría pintar, pintar lienzos. Me cuenta los temas sobre los cuales le gustaría plasmar su personal visión del mundo en una tela, excepto el sexo. Me argumenta que este tema no le interesa, que el sexo es de hippies. Naturalmente, entrados en arte y con un litro de cerveza en el cuerpo, yo empiezo a soltarme más y manejo algunos términos cómo: energía, comunicación, sentimientos, arte vital y empiezo a sentirme un gilipollas hablándole así a Mohammed. Él es más auténtico que los que utilizamos esos estereotipos, especialmente porque nunca pintará un solo lienzo, una sola lámina, un solo cuadro. Seguirá traficando chocolate.
Las luces del bar se apagan lentamente y el camarero termina de barrer el suelo. Mohammed, emocionado por la conversación, tanto que me ha hecho emocionar a mí, me pide por favor que no sea la última vez que nos veamos. A pesar de los muchos amigos que tiene, a mí me recuerda con un especial cariño, dice él. Tal vez por haberle sabido escuchar tantas y tantas veces. En la puerta nos damos un abrazo largo y sincero. Yo, después de diez años, vuelvo a besar la mejilla de Mohammed.
Volviendo a casa observo la entrada de Charlie y la fábrica de chocolate y estallo en una carcajada. Pienso, mientras paso por un Blockbuster cercano a mi casa, que me esperaré a que salga en DVD para verla. Giro la mirada hacia la vitrina del videoclub y ya está en DVD para alquilar. ¡En el cine y en el DVD a la vez!, que previsible es todo. Me esperaré entonces a que la den por la televisión, por la TVE o Tele 5, porque cuando la den en Digital + seguramente tendré a otro amigo con el que compartir la tarde.
Cerca de la puerta de casa recuerdo la frase que me dijo un profesor, "Para hacer cine hay que vivir, no ver cine" y eso me hace pensar en mi tarde de hoy. Antes de entrar en el portal miro al cielo y pienso que tendré que volver a ir a visitar a Mohammed a su calle. Las estrellas brillan igual que cada noche, pero parece que hoy me guiñan el ojo.
Al que fue y será siempre mi barrio.
|
|