Cuento de Navidad
¿Habrá sido Polanski y su ñoño acercamiento al mundo dickensiano? ¿La saturación de anuncios de colonias y juguetes? ¿La invasión de Papá Noeles que no paran de mirar el reloj y le cuentan por el móvil a un amigo de Zaragoza que «acabo a las ocho de repartir los puuuutos caramelos... macho, estoy hasta los mismísimos de tanto enano... ¡cómo entiendo a Herodes!».
No sé a qué razones responde, pero imbuido del espíritu navideño decidí tomarme un respiro y montar una parada teatral: una farsa baja en calorías para facilitar las tortuosas digestiones de estos días. Cierren los ojos, escuchen a lo lejos el repiqueteo de cascabeles... los trineos deslizándose ladera abajo... los villancicos entonados por querubines inmaculados... ¡ays, qué entrañable!
I
Mr. Scrooge era un crítico de cine amargado que vivía en una pedanía de la provincia de Cuenca, ajeno al mundanal ruido de las capitales. Era este, en verdad, un tipo circunspecto y taciturno que jamás había acudido a un pase de prensa, con grandes dificultades para integrarse en su comunidad de adopción (se rumoreaba, incluso, que era fan del cine norteamericano, incapaz pues de entender y apreciar en su justa medida las bondades del cine aborigen). Entre sus correligionarios no estaba nada bien visto y razones no les faltaban: el muy díscolo presumía de ver poco celuloide made in Spain y siempre que lo hacía, cargaba ineluctablemente contra tales productos, tildándolos de "casposos", "complacientes", "vacíos" o "causantes de daños cerebrales irreparables". Un radical, vamos.
En consecuencia, cuando paraban a su puerta productores envueltos en gabanes roídos (los Mercedes los dejaban siempre aparcados a las afueras del pueblo), pidiendo una limosnita para tan depauperada industria —por la que ellos se estaban dejando la piel—, Mr. Scrooge era incapaz de hurgar en el fondo de sus bolsillos en pos de una moneda redentora, un simple donativo que les permitiese llenar los depósitos de sus berlinas (¿han visto los consumos del nuevo Clase E? ¡Inadmisible!)
También se apostaban bajo su portal distribuidoras dispuestas a repartir generosas dádivas entre aquellos Faustos que vendiesen su alma por treinta monedas de plata. Nuevamente, Mr. Scrooge daba señales de intensa insociabilidad y escasa docilidad, esgrimiendo argumentos tan ridículos como "integridad", "pundonor" y demás monsergas propias de la España tardofranquista.

Así pues, mientras "la gran familia del cine español" se preparaba para celebrar su fiesta anual, nuestro hombre permanecía encerrado en casa, ajeno al jolgorio que reinaba a su alrededor. Aquél había sido un año extraordinario, atendiendo a las portadas de los diferentes periódicos. El País aseguraba que no menos de 25 obras maestras —producidas todas ellas por Sogecine y distribuidas por Sogecable— se disputaban el Goya en la ceremonia más competida e igualada desde hacia... 12 meses. El Mundo, por su parte, había descubierto una conjura política para que ganase un documental sobre Felipe González. El ABC alertaba de la creciente amoralidad de las producciones patrias y publicaba un detallado informe del número de coitos que se podían ver en las 67 producciones. Marca, a su vez, se lamentaba de que los arriesgados argumentos con temática deportiva de calidad (como El saque de esquina más largo del mundo) siempre se fuesen de vacío.
El plantel de actores nominados aquel año era deslumbrante e inédito: Javier Bardem, Luis Tosar y Fernando Fernán Gómez. Entre las actrices, destacaban las incombustibles Rosa Maria Sardà, Carmen Maura y Victoria Abril. La competencia por el galardón más preciado (el que encumbraba a la mejor realización en cualquiera de las 17 lenguas oficiales del Estado), muy reñida. Por un lado Los lunes a la sombra, un drama carcelario-social donde Bardem interpretaba a Lorenzo Pringao, un parado de larga duración que pasa 30 años en la cárcel por intentar robar la revista Fotogramas de un quiosco. La segunda en liza era La batalla del Ebro now!, una epopeya histórica donde Luis Tosar se metía en la piel de un republicano atrapado en tierra de nadie (Emiliano Alpargata), donde conoce a Victoria Abril (Lola 'la fresca'), una cabaretera de Alicante que se ha alistado en el POUM, sembrando la promiscuidad entre la tropa. El tridente lo completaba La lengua de las lagartijas, donde Fernando Fernán Gómez incorporaba a un profesor de TaiChi en la España de la Primera República (Jose Antonio Blanco White), un tipo de mal carácter que esconde en su interior a un bondadoso hidalgo.
Mr. Scrooge persistía en su ignominia, malgastando elogios para películas de Lang, Dreyer o Kiarostami, mientras Vicente Aranda recibía el premio a toda una vida dedicada al sex... al cine. Incapaz de disfrutar, en suma, del espíritu de la Navidad. ¡Pobre diablo!
Pero esta situación no se iba a prolongar durante mucho tiempo...
II
En el limbo del Cine Español, Buñuel mataba el tiempo jugando al mus con Simón del Desierto, que no paraba de marcarse órdagos a la grande con poco criterio y escaso rigor. Don Luis lo miraba desde detrás de sus lentes, mientras interrumpía el reparto de cartas para prepararse un nuevo cocktail a base de champagne y orujo. Su pareja, Segundo de Chomón, lo veía todo a 18 fotogramas por segundo —es lo que tiene ser un pionero del cine mudo—, mientras la Magdalena no cesaba de guiñarle el ojo de una manera... que nada tenía que ver con el devenir del juego.
Un día José Isbert, con gran pompa y circunstancia, los reunió a todos bajo el balcón del Ayuntamiento.
—Yo, como alcalde vuestro que soy, os debo una explicación y esa explicación que os debo, os la voy a dar...que como alcalde vuestro que soy...
—¡Joder, no empieces otra vez, Pepe! —bramó la multitud—.
—No, en serio: escuchadme. Hay alguien de los que está ahí abajo que debería de pasar una temporada entre nosotros...
—¿Ya le toca el turno a Berlanga?
—No, me refiero... a un sujeto que ejerce una profesión deleznable... no sé si me explico. Amigos, hablo de... —bajó la voz— un crítico.
Florián Rey y Edgar Neville se santiguaron rápidamente, mientras Juan Antonio Bardem juraba por Lenin.
—¡Lagarto, lagarto!
—No temáis. Se trata de darle una lección que tarde en olvidar... y de la cual pueda extraer una enseñanza revitalizante. ¿Qué me decís a eso?
—Pero si es un crítico... ¿a quién le importa lo que opine? —señaló Paco Rabal—.
—No seáis descreídos. Tenemos que tomar cartas en el asunto, es una cuestión de ética profesional.
—¿De qué se le acusa? —preguntó José María Forqué—.
—Vaya, he perdido el papel donde rezaban sus cargos... Luis, échame una mano... ¿dónde está Luis?
—Buñuel se ha ido a tirar obispos por el balcón, Pepe... decía que esto del limbo de los justos se le hace más cuesta arriba que un rodaje de Erice...
—¡Maldita sea! Aprovecha la más mínima ocasión para hacerse notar... en fin, seré breve: le mandaremos a varios de nuestros condiscípulos (espectros, ángeles caídos, zombis, nosferatus o "no vivos" de diversa condición) para que le aterroricen con visiones de ese celuloide que él tanto desprecia. Con ello lograremos que abjure de su ridícula fe y se convierta en un incondicional del cine patrio.
—¡Digo!
—¡Olé!
—La tarea no va a ser sencilla... he decidido contar con los servicios de dos destacados colaboradores, con un pie en el mundo de los vivos y otro en el de las letanías... deseémosles suerte...
III
Mr. Scrooge había pasado mala noche. El viento soplaba con fuerza y la razón no era únicamente meteorológica: Amenábar estaba rodando en los alrededores Tierra adentro, una secuela sobrenatural de su éxito internacional, y potentes ventiladores se encargaban de recrear una de las escenas cumbres de la película: la aparición de Ramón Sampedro en la asamblea de compromisarios del Real Madrid.
Nuestro crítico había aprovechado la forzada vigilia para elaborar un artículo de fondo sobre el festival de cine ecológico-experimental de Alcolea del Campo. Nuevamente, había encontrado concomitancias entre el trabajo de los realizadores noveles y la etapa muda de Lubitsch, el Rossellini televisivo y la trilogía de la caballería de Ford. Todo estaba inventado.
Los cristales comenzaron a rechinar, las puertas se movieron sobre sus goznes. Una corriente de aire sacudió su escritorio y desordenó los papelotes, obligándole a alzarse y dirigirse hacia el entarimado del vestíbulo... lo que allí vio le heló la sangre: su póster original de Gilda estaba inclinado 15 grados respecto a la perpendicular del marco.
También se materializó ante él un espectro con barba de tres días: un sujeto achaparrado y con la boca torcida, de donde colgaba un inconfundible Ducados. Con un leve gesto le conminó a acercarse.
—Hola, soy el fantasma del Pasado del cine español. Me llamo José Luis Garci. Tú y yo (Leo McCarey, 1957) vamos a hacer un recorrido por el cine de ayer, y así aprenderás a valorar en su justa medida a los cineastas de hoy.
—Ya, claro... mira, no querría parecer maleducado, pero... ¿es estrictamente necesario? Tengo la vejiga hasta los topes y no es cuestión de...
Demasiado tarde. José Luis lo aferró de la mano y juntos, cual diablos cojuelos, levitaron por encima de los tejados hasta alunizar en el plató de Qué grande es el cine. Mr. Scrooge no daba crédito.
—Creía que esto sería algo más sofisticado, la verdad... que me retrotraerías en el tiempo hasta poder ver in situ los métodos de rodaje de Keaton, Sternberg, Dovjenko... ¡qué se yo!
—Esto es una producción española, amigo: no había presupuesto. Mejor será que te sientes y yo te aleccionaré de viva voz. ¿Fumas? [censored!] ¿Un caramelito?
—No, no gracias. Soy... soy todo oídos.
—Bueno, la película que ilustra el debate de esta noche es del año 1942. En ese año el Recreativo de Huelva le ganó al Hércules a domicilio, con goles de Irigoyen, Campoamor y Canijines, la famosa delantera blanqui-fucsia... en los pesos mosca, Charles 'killer' Howkins tumbó al niño de Denver en un histórico combate a 47 asaltos y... bueno, para qué más circunloquios: como habrás adivinado, se trata de Casablanca...
—¿Otra vez vas a ponerla? ¡¿Pero eso qué coño tiene que ver con el cine español?!
—¡Cómo! ¿No sabías que mi amigo Juan Cobos estaba comiendo a la afueras de Phoenix con Orson Welles, a apenas 400 millas del lugar donde se rodó?
—Ah, vale... ahora veo claros los paralelismos.
—Y así en otras tantas cosas, funesto opinador... ha habido siempre un español detrás de los grandes acontecimientos cinematográficos. Los decorados de Atlanta para Lo que el viento se llevó fueron obra de un tramoyista de Regumiel de la Sierra, Mauricio Medrano...

—Vaya, qué cosas...
—¡Es que hay que informarse! ¡Que vosotros os ponéis a alabar lo extranjero porque sí, cuando la creatividad siempre ha estado aquí! ¡Que esta es la tierra de Picasso, de Quevedo, de... de Bustamante! Por ejemplo, Ciudadano Kane...
—¿No me digas que Juan Cobos reescribió el guión?
—No, pero un primo suyo de Murcia participó en el catering... son detalles que poca gente conoce, pero muy reveladores...
—Ajá... bueno, permíteme una indiscreción... ante todo, soy un profesional... ¿de qué irá tu próxima película?
—Pues se ambientará en el Madrid de la posguerra...
—¿No me digas? Adivino un brusco cambio de registro, ¿no?
—Sí, sí, me gusta reinventarme en cada película... será un ejercicio de nostalgia alrededor del mundo de la copla. Estará rodada en un blanco y negro luminoso y ahondará en la memoria colectiva de...
—Vale, vale. En fin, queridísimo fantasma... ¡me has hecho ver la luz! ¡Cuánto le debe el séptimo arte a este país!
—Así pues, mi labor concluye... ¿crees que me darán otro Oscar? Ay, quiero decir... ¿mis alas?
—Es muy posible... te lo has currado —la niebla se hizo cada vez más espesa y Mr. Scrooge apareció de repente en mitad de un escenario erótico-festivo. Era más de lo que su próstata podía soportar: decidió evacuar su excedente de urea junto a un enorme falo de cartón piedra—.
IV
—¡Pero qué haces, muchachote! ¡Me estás destrozando el chiringuito! ¡Vete a mearle encima a tu put...!
—Dios... ¿y tú quién demonios eres?
—Un respeto, chaval... soy el Fantasma del Futuro del cine español: José Luis... Torrente. Y me has pillado en pleno plató, ultimando Torrente VIII: misión en Moscú.
—Joder... esto no puede ser... ¿en qué año estamos?
—En el 2027... te veo un poco desubicado, pimpollo... aunque no me extraña, con esa pistolita que gastas...
Mr. Scrooge se abrochó la bragueta precipitadamente.
—Te explico: estoy filmando el tiroteo en el local de 'estriptís', todo un clásico. ¡Una caaaaña! Ahí arriba estarán las nenitas moviendo el chirri y nuestro héroe entrará con una camiseta del Atleti... la banda sonora es total: temas del Fari interpretados por los coros del Ejército Ruso... ¡con cameo incluido de Gorbachov y Putin!
—Esto no puede estar pasando...
—¡Pues es lo que hay, nenaza! No se si llegaré a los 600 millones de euros de recaudación, como en mi anterior entrega...
—¿Qué otras películas se han rodado este año?
—Bah, nada que me pueda hacer sombra: Mi vida que nunca te dije, de Isabel Coixet y Segurata, de León de Aranoa. Espera, espera, que tengo aquí las críticas, en el lavabo... el papel satinado este no me irrita las nalgas, es cojonudo... escucha, escucha: "la última película de Isabel Coixet es un intenso drama a tres bandas entre una neurasténica, un analista informático y un jugador de petanca que se encuentran todas las noches en una lavandería, mientras leen en voz alta pasajes selectos de Sófocles y Maeterlinck"... o sea, eso que llaman cine ‘intelestual’... na, a esta me la como yo con patatas fritas... espera, que la otra todavía es mejor: "Antonio Resines se luce como guardia de seguridad que decide robar el furgón y huir con él a la Venezuela bolivariana, repartir el botín entre los desharrapados y crear una comuna libertaria"... cine político... ¿pero quien va a ir a ver esta mierda? A veces tengo mala conciencia de coleccionar premios con tanta facilidad —y mientras decía esto, Santiago Segura no paraba de hacer molinetes con su revólver—. Es como robarle el caramelo a un niño.
—Pero, ¿y qué ha sido de gente como José Luis Guerín?
¿Jose Luis qué? ¿Tú estás tonto? —Santiago se acercó a Mr. Scrooge, pidiéndole silencio de manera ostensible—. ¡Ni se te ocurra mentar ese nombre en público si no quieres tener problemas! La Nueva Ley de Educación Global se aprobó hace unos meses... el cine con intenciones trascendentes está prohibido... y hace poco se desarticularon varias bibliotecas clandestinas en Alcorcón: se demostró bien clarito que eran sectas destructivas de esas... comienzan prestándote libros y luego... ¿qué no querrán de ti? Hijos de puta... comunistas...
—Joder, joder... pero... esto es horrible...
—No te creas, todo es acostumbrarse. Anda, bebe conmigo y cantemos juntos el himno del PP-PSOE: "en pie famélica legióooooooon, con la camisa blanca..."
—Ah, se han fusionado los dos partidos mayoritarios...
—Sí, un gobierno fuerte, de unidad, con lo que hay que tener... está de coña, mis películas vienen catalogadas como de interés nacional... de hecho la primera parte de Torrente fue declarada por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad... ¡con dos cojones!
—Sí, desde luego... y... ¿y los críticos que opinan de tu cine?
—¿Los críticos? Está prohibido expresar opiniones maledicientes sobre productos manufacturados en el país... ¡España es diferente, chavalote! ¿Todavía no te has 'enterao'? ¿No serás un contrarrevolucionario de esos, eh?
—No, no... o sea... que esto es lo que nos espera...
—Sí. Así que vete poniéndote las pilas... ¡es lo que hay! Bueno, yo me vuelvo a lo mío. —Interrumpiendo su caminar, sacó un potente altavoz de debajo de la barra del bar—. Vamos a ver, esas putitas de ahí arriba... enseñando muslamen, ¿eh? Que esta es una producción de prestigio, cagüen to... la rubia del fondo...¡que te quites el tanga o no 'ties' frase, coño!
V
Mr. Scrooge amaneció repantigado en su silla de madera, habiéndose hecho una almohada de circunstancias con varios legajos de papel diseminados a su alrededor. Se desperezó y corrió las cortinas, descubriendo en el exterior una bonita estampa navideña: el pueblo amanecía todo él blanco (nieve en polvo, no se engañen: el rodaje de la película de Amenábar continuaba).
No quería perder ni un día más de su vida escribiendo sobre un cine fatuo que a nadie interesaba, haciendo recomendaciones baldías, buceando en los archivos de la filmoteca en pos de rarezas inencontrables. Había aprendido la lección: descolgando el teléfono, se apresuró a marcar el número de un afamado productor, que le había pedido su colaboración para el guión de El palo corto de la cama, una originalísima comedia musical.

Acto seguido escribió una misiva a la redacción de su periódico, exigiendo entradas para la ceremonia de entrega de los premios Goya, donde a buen seguro lograría hacer algún contacto de interés. Asimismo, concluyó una crónica sobre la última obra maestra de Fernando Trueba (Carlinhos Brown: unplugged con Manzanita) y tildó al nuevo trabajo de Álex de la Iglesia de "revolucionaria fusión entre la comedia de Hawks y el thriller de Hitchcock, pero mejorado".
Sí, ahora lo veía claro. Se acabaron las penurias. Mr. Scrooge salió a la calle y respiró con fuerza, dando gracias a Almodóvar por estar vivo. Se dirigió a un stand próximo a su calle, donde Marisa Paredes y Pilar Bardem recogían firmas para que junto a la casilla de la Iglesia, los contribuyentes tuviesen la oportunidad de aportar un porcentaje igualmente generoso a la Industria del Cine Español, en sempiterna crisis. ¡¡Qué hermosa era la Navidad!!
VI
Desde arriba, Buñuel se lo miraba todo con cierto escepticismo. Algo aburrido, sacó su rifle de la funda, lo montó con parsimonia, amartilló el conjunto y comenzó a tirar contra unas figuritas de la virgen alienadas en torno al árbol de la Ciencia.
—Déjalo yaaa, Luis... ¡pero mira que eres 'pesao'!
—¡Cómo os lo tengo que decir! ¡Que se han 'equivocao'! ¡Que yo quiero ir al infierno!
—Deja de dar la murga —le amonestó Manuel Summers—. Cada cual tiene lo que se merece...
—No me vengas con tonterías... ¡pero qué hago yo aquí contigo!
—¡Qué cabezón eres, maño! —apostilló Paco Martínez Soria—.
Pepe Isbert se paseaba por la plaza con el rostro compungido.
—Qué queréis que os diga... no sé yo si será peor el remedio que la enfermedad... a ese pobre Mr. Scrooge... le había cogido cariño, la verdad. Eso de que el cielo no admita disidentes...
—Piensa que somos unos 'mandaos' —trataba de consolarlo Fernando Rey—. Donde hay patrón...
—Ya, ya... ¡oye! ¡Se me había pasado completamente! ¿A qué hora es el rodaje de hoy?
—Comenzamos a las tres... yo, la verdad... no me veo como Moisés... estoy encasillado, y todo por la maldita barba...
—A mi lo que más me cansa es tener que hacer todo el rato remakes de Los diez mandamientos... total, ¡pa lo que pagan!
—Lo mismo digo... si lo sé no vengo...
Fernando y Pepe se pierden por un lateral del encuadre, mientras Buñuel comienza a hacerse abluciones con el agua bendita de una tinaja.
—Luisito, que te la vas a ganaaaaaaar... —se escucha amenazar a una voz ultraterrena, desde lo alto—.
THE END
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