El año de Aldealseñor
Definitivamente, 2005 no ha sido un año de grandes revelaciones en el panorama cinematográfico nacional. La mayor parte de las películas españolas llegadas a las salas se ha caracterizado, más bien, por una desganada continuidad en la línea marcada años anteriores, por reincidir con una preocupante facilidad en las fórmulas trilladas. Pese a la tónica general, han podido verse modelos de hondura, pero muy aisladamente y, desde luego, no en la proporción necesaria como para diagnosticar un buen estado de salud al cine español. De todo lo visto, son dos los títulos que —a mi juicio— se imponen más claramente sobre el conjunto de la producción; aquellos que, de un modo más afortunado, han apostado por el riesgo y por el rigor.
El cielo gira se puede considerar el film más destacado de este pasado año y, probablemente, el que mayor reconocimiento ha obtenido a nivel internacional (con permiso de Amenábar). Una película que sólo llamó la atención de los certámenes y de las distribuidoras españolas tras emprender un dilatado recorrido por festivales de medio mundo y cosechar una importante colección de premios en encuentros tan decisivos como los de París, Rotterdam o Buenos Aires (lo cual dice mucho acerca de la obsolescencia de ciertos criterios de distribución en este país). Es quizás el precio que hay que pagar por no entrar en el juego de las grandes compañías, pues la película debut de Mercedes Álvarez (montadora de En construcción, de José Luis Guerin) es un ejemplo de producción prácticamente ajeno a la dinámica industrial: promovida por un máster universitario de documental, sin guión previo, y realizada por un equipo liberado de ataduras profesionales durante un rodaje de nueve meses en una aldea de Soria, El cielo gira es una propuesta a contracorriente que, de modo implícito, revela la incapacidad de los convencionales sistemas de producción para el cultivo de nuevas vías expresivas.
También lindando con los márgenes, el realizador Pablo Llorca consiguió en La cicatriz (The Scar) un fascinante relato de amor con trasfondo de intriga diplomática, localizado en el Berlín previo a la caída del muro. Dialogado en inglés y alemán, con actores desconocidos y grabado con vídeo digital, el quinto largometraje de Llorca —que viene sorprendiendo periódicamente a los espectadores atentos desde su ópera prima Venecias (1989)— es un producto atípico, en su factura, y complejo, en su forma, que, sin embargo, puede disfrutarse como el film de espionaje que fluye en su superficie. Al igual que el cine anterior de su realizador, La cicatriz se beneficia de una planificación austera y de unos actores que, ajustándose como guantes a sus papeles, acaban cobrando un relieve inusitado. Y también como sus obras previas, ésta ha visto truncada una comercialización adecuada, no llegando a exhibirse más que en unas pocas salas de las grandes capitales.
Ambos títulos —cada uno a su manera— coinciden en defender un cierto amateurismo del quehacer cinematográfico, en el sentido de no estar sometidos a los condicionamientos que suele acarrear la siempre costosa maquinaria cinematográfica, de estar hechas con un equipo mínimo —casi en familia—, y de no estar pendientes de modas y tendencias imperantes. Reivindicación de un amateurismo que no quita que, en el fondo, sean iniciativas realizadas con tanta seriedad profesional como cualquier otra, y que puede ser una de las claves para remediar la crisis de ideas del cine español (por cierto, y como era de esperar, ninguna de las dos estará presente en la ceremonia de los Goya...).
Siguiendo con el resumen de lo visto, este ha sido un año de protagonismo para los documentales. En este género se han encontrado las más lúcidas reflexiones sobre el pasado reciente del país: 20 años no es nada, de Joaquín Jordá, Trece entre mil, de Iñaki Arteta, El tren de la memoria, de Marta Arribas y Ana Pérez, y Más allá de la alambrada, de Pau Vergara. Pequeñas producciones todas ellas, realizadas con la ligereza que permite su escasez de medios y de presiones con respecto al cine más comercial, y confeccionadas, por ello, con mayor holgura creativa.
A pesar del mediocre nivel medio, durante el pasado año se han ofrecido algunos de los momentos más maduros en la filmografía de sus directores. Así ha sucedido con 7 vírgenes, de Alberto Rodríguez, Obaba, de Montxo Armendáriz, o La vida secreta de las palabras, de Isabel Coixet. Por su parte, José Luis Garci no llegó con Ninette a la altura de la extraordinaria Tiovivo c. 1950 (2004), pero demostró una vez más su amor a los clásicos con un particular homenaje a Miguel Mihura.
Las adscripciones al cine de género fueron más o menos previsibles, más o menos conseguidas (según como se quiera mirar), en el thriller (Segundo asalto, de Daniel Cebrián, Oculto, de Antonio Hernández, y Hormigas en la boca, de Mariano Barroso), el drama de temática social (A golpes, de Juan Vicente Córdoba, Habana Blues, de Benito Zambrano, Princesas, de Fernando León de Aranoa, La noche del hermano, de Santiago García de Leániz, y León y Olvido, de Xavier Bermúdez), el terror (La monja, de Luis de la Madrid, Frágiles, de Jaume Balagueró, y El habitante incierto, de Guillem Morales), y la comedia (Tapas, de José Corbacho y Juan Cruz, El penalti más largo del mundo, de Roberto Santiago, El Calentito, de Chus Gutiérrez, y Los dos lados de la cama, de Emilio Martínez Lázaro).
Ha sido, por último, un año pródigo en coproducciones de desigual interés: Familia rodante, de Pablo Trapero, Hermanas, de Julia Solomonoff, El aura, de Fabián Bielinsky, Perder es cuestión de método, de Sergio Cabrera, El viento, de Eduardo Mignogna, Arcadia, de Costa-Gavras, Elsa & Fred, de Marcos Carnevale, No sos vos, soy yo, de Juan Taratuto... Algunas menos discretas que otras, como es el caso de las taquilleras El reino de los cielos (Kingdom of Heaven), de Ridley Scott, y Sáhara, de Breck Eisner, que, aprovechando la política estatal de subvenciones y sus ventajas para la exhibición, contribuyeron a animar la cuota de mercado del cine español durante 2005.
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