No podría establecer con precisión cuándo se despertó en occidente el interés y la veneración por el cine asiático contemporáneo. Posiblemente habría que remontarse a 1997, año en el que, sorpresivamente, un director japonés semidesconocido, Takeshi Kitano, se alzaba gracias a su poderoso film Hana Bi (Flores de fuego) con el máximo galardón en el Festival de Venecia, o quizás fuera por el impacto que supuso dentro de los circuitos de cine de culto, el descubrimiento de un talento tan desbordante como el de Wong Kar-wai en In the Mood for Love (2000), incluso, en un terreno más populista, se deba a la revitalización del género wuxia perpetrada por Ang Lee en su celebrada internacionalmente Tigre y Dragón (Wo Hu Zang Long / Crounching Tiger, Hidden Dragon, 2000). El caso es que, en los últimos tiempos, las cinematografías asiáticas se han convertido (aunque sea motivo de irritación para muchos) en un punto de referencia indiscutible y en una fuente de inspiración clara para el cada vez más ensimismado panorama fílmico actual, erigiéndose como auténticos focos de irradiación de tendencias al resto del mundo occidental, que parece encontrarse anclado en la repetición de fórmulas esquemáticas explotadas y rentabilizadas hasta la saciedad. Ante esta flagrante crisis de ideas, el universo oriental se constituye como un pozo de incesantes descubrimientos, como un horizonte de miradas multiformes en constante estado evolutivo capaces de aportar soluciones inéditas, tanto a nivel formal como narrativo, ofreciéndonos un abanico de ricas y variadas propuestas caracterizadas por el atrevimiento, la audacia y el intento de apertura hacia otras vías de expresión, así  como por un constante cuestionamiento de los patrones genéricos y temáticos codificados por la tradición y la industria convencional.

Así, el universo oriental ha explotado ante nuestros ojos, constituyéndose como una jugosa alternativa para paliar la flagrante crisis de ideas que existe en la actualidad en la mayoría de las cinematografías, erigiéndose como una potencia mundial en plena efervescencia en materia fílmica, y presentándose como un perfecto bálsamo para todas aquellas sensibilidades anhelantes de saciar su sed de cine fuera de toda regla preestablecida.

Lo cierto es que, a pesar de que aún queda mucho camino por recorrer, durante el pasado año aumentó considerablemente la nómina de estrenos orientales en nuestro país, hecho posiblemente influenciado por el enorme éxito que estos films obtienen tras su paso por los festivales internacionales de mayor prestigio, acaparando la mayor parte de los galardones importantes, o quizás porque se ha constituido como una moda traer regularmente la obra de directores catalogados como exóticos... o, como me gustaría pensar, porque es imposible dar la espalda a un fenómeno exultante de vitalidad capaz de trascender las barreras culturales e idiomáticas.

Sin embargo, todavía no es suficiente. La distribución de las películas asiáticas en España sigue un criterio de lo más errático, por lo que muchos autores suficientemente considerados a nivel crítico o apreciados por muchos aficionados, siguen sin ver regularizada la comercialización de sus films. Es quizás por esa razón por la que ha empezado a generarse un culto minoritario hacia alguno de estos directores que, dicho sea de paso, se han convertido en indispensables para tener una visión global de hacia dónde se inclinarán las tendencias en el cine del futuro. Desde Takashi Miike a Apichatpong Weerasethakul, de Johnnie To a Jia Zhang-Ke, de Naomi Kawase a Pen Ek Ratanourang... hay todavía tantas joyas inexploradas a la espera de ser descubiertas...

Por eso desde Miradas siempre hemos reivindicado la necesidad de que el espectador y aficionado no se quede anclado en lo que las distribuidoras quieren que veamos en las pantallas de cine, que éste tenga independencia propia y curiosidad suficiente para crear de manera independiente su particular universo cinéfilo, conformado por aquellos descubrimientos que adquieran un matiz íntimo para cada uno de ellos. Es tan sólo una manera de crear conciencia de que hay algo más detrás de todo el sistema de comercialización de películas, algo a lo que no tenemos acceso y por tanto, que parece encontrarse vetado a nuestras posibilidades de conocimiento. Y eso, es no sólo una lástima, sino también una injusticia.

Los cinco mejores films estrenados en España

Old Boy / Oldboy
Park Chan-wook. Corea del Sur

Durante el 2005 hemos asistido al hallazgo de una de las personalidades creativas más potentes que ha dado el cine de los últimos tiempos, Park Chan-wook. El estreno comercial de Old Boy, la recuperación de algunos títulos que conformaban su filmografía anterior (JSA: Joint Security Area,2000 y Sympathy for Mr. Vengeance, 2002), así como la confirmación de su talento en la todavía inédita (aunque presentada en festivales como Venecia o Sitges), Sympathy for Lady Vengeance, nos hacen apostar por el nacimiento de uno de los grandes renovadores del lenguaje fílmico en la actualidad. Y resulta curioso comprobar que no hay nada nuevo en el cine de Park Chan–wook, ya que alguno de los recursos más novedosos de su imagen se deben a la mezcla genérica que promueve el más evolucionado lenguaje posmoderno, aquél que bebe de infinidad de fuentes con la finalidad de culminar en la creación de un nuevo espacio que conjuga en su seno toda esa disparidad a la vez que logra hacerse con una identidad personal nueva que lo caracteriza de manera totalmente reconocible e intransferible. Ahí se encuentra su verdadera virtud. Chan-wook sabe manejar como nadie los recursos estilísticos, redefiniendo los patrones genéricos mediante el eclecticismo de texturas y ambientes, hibridando discursos de raíz antitética (manga, videoclip, drama teatral, film de investigación e intriga, de acción, de violencia...), conceptualizando un sentido poderoso de la puesta en escena visualmente arrollador, y formalizando un universo fascinante (entre el delirio del horror más sádico y macabro y la delicadeza más sutil y cálida), cerrado, hipnótico, entre el futurismo y la irrealidad, la fantasía y la ensoñación, tan frío y geométrico como a la vez telúrico y apasionado, romántico y despiadado y cargado de sugerencias múltiples y sugestiones vigorosas. Es Old Boy una hiperficción estilizada, en algunos momentos incluso manierista, pero tan convulsa, tan poética, desgarradora y avasalladora, que rendirse ante sus encantos es un auténtico placer.

Nadie sabe / Dare mo shiranai
Hirozaku Kore-eda. Japón

Una de las sensibilidades más refinadas dentro del panorama del cine japonés es sin duda la de Hirozaku Kore-eda. La contemplación de sus obras, metafóricas e introspectivas, sitúa al espectador en un espacio de ficción en el que se confunde la realidad y la irrealidad, en el que se reflexiona sobre el sentimiento de pérdida y el vacío que la ausencia provoca en el interior del ser humano, sobre el recuerdo, sobre la distancia que nos separa de los demás, sobre la vida y también sobre la muerte. Introducirse en un film de Kore-eda, puede ser una experiencia hermosa, aunque también profundamente dolorosa, ya que tiene la capacidad de impregnar la sustancia más íntima de aquél que lo está viendo haciendo que autoreflexione sobre su propia existencia. Así ocurre en Maborosi (Maboroshi no hikari, 1995) pero sobre todo en After Life (Wonderful life/ Wandâfuru raifu, 1998), un film magistral de inagotables lecturas. Fiel a su interés por captar con su cámara la realidad que le rodea, Kore-eda firmó en 2005 un excepcional documento de raigambre verídica que narraba las vicisitudes de cuatro niños hermanos abandonados por su madre en un minúsculo apartamento. Sin referentes paternos, aislados del mundo, condenados a llevar una existencia anónima, resignados a renunciar a su infancia, se verán obligados a realizar las funciones y actos tradicionalmente reservados a los adultos, únicamente arrastrados por un mero instinto de supervivencia y necesidad. Crónica silenciosa del proceso de descomposición de las sociedades modernas, Nadie sabe se convierte en una despiadada denuncia acerca del abandono y el desarraigo emocional con el que crecen muchos jóvenes en la actualidad, a la vez que en un certero análisis acerca del vacío existencial y espiritual que lleva consigo el sentimiento de orfandad. Sin embargo, el director no recurre a la utilización de un tono truculento o morboso, ni siquiera moralista o aleccionador a la hora de describir la historia, sino que su mirada se torna transparente, pura, solidaria en el devenir cotidiano de estos cuatro niños (magnífica la meticulosidad con que la cámara va captando el progresivo paso del tiempo), aportando a su vez un caudal de sensibilidad y humanidad. Una pequeña joya que consagra a Kore-eda como escultor de emociones nacidas de la simplicidad.

Hierro 3 / Bin-jip
Kim Ki-duk, Corea del Sur

Kim Ki-duk se ha convertido en el director asiático que más suerte ha tenido en la distribución de su obra en nuestro país, ya que se han estrenado la mayoría de los últimos films que corresponden al tramo de su carrera en el que el director ha abandonado su rabiosa violencia y la ha sustituido por un remanso de paz y armonía espiritual mucho más acorde a los exquisitos gustos de un público sediento de exotismo de calidad. Entre todas estas películas destaca principalmente Hierro 3, quizás porque en ella, Kim Ki-duk ha conseguido que la verdadera fuente de inspiración del film no surgiera de la sola belleza de las imágenes, sino de la esencia poética de la propia historia, un poema amoroso que constituye un refinado ejercicio de estilo de perturbador lirismo y magnetismo. En él, Ki-duk prosigue su camino de plasmación de las miserias morales humanas a través de la redención y la salvación a las que conduce el amor y la bondad, reflexionando acerca de las contradicciones y conflictos que supone una visión espiritual del mundo cuando éste se encuentra corroído por la vileza. Un muchacho anónimo se dedica a sobrevivir entrando en casas ajenas para pasar el espacio de tiempo preciso mientras éstas se encuentran desocupadas. Este personaje de mirada limpia se adapta al espacio que habita convirtiéndose en un inquilino fantasma. Su rutina se verá alterada cuando en una de las casas se tope con una mujer con signos de haber sido golpeada por su marido. Entre estos dos seres inadaptados, fuera del mundo, surgirá una hermosa historia de cariño y necesidad, luchando por conseguir su propia independencia para no tener que someterse a las reglas sociales establecidas que los atan y conducen a la infelicidad y la frustración. Nos encontramos en el territorio de la vaguedad y la sugerencia, nada es explícito, ya que no median las palabras entre los protagonistas. El silencio, las miradas y los comportamientos son los hábitos de conducta sobre los que se sostiene el poder de significación de un film mudo que consigue transmitir un caudal de sensaciones. El relato, prácticamente en los límites de la abstracción, se desarrolla a través de una puesta en escena irreal, magnética, aséptica y pulcra, en la que adquieren especial relevancia la fisicidad y el movimiento de los cuerpos en el interior del encuadre, incluso cuando éstos se mimentizan de tal forma con el entorno que habitan, que llegan a desaparecer. Minimalista hasta la médula, romántica, triste, inocente y emocionante, enigmática... Hierro 3 constituye un cúmulo de incesantes hallazgos que se convierten en un auténtico regalo para el espectador.

El sabor de la sandía / Tian bian yi duo yun / The Wayward Cloud
Tsai Ming-liang. Taiwán

El cine que practica Tsai Ming-liang no deja a nadie indiferente, o se ama o se odia, pues su universo creativo resulta tan radical que no admite una consideración intermedia entre ambas posturas. Mientras que muchos tachan su hermetismo como muro de contención infranqueable para llegar a acceder al contenido último del significado simbólico de sus films, otros destacan su capacidad para metaforizar la realidad moderna a través de sugerentes parábolas en torno a los procesos de descomposición que sufre el hombre contemporáneo en el seno de las civilizaciones avanzadas. El caso es que la figura de este director se ha situado en un lugar privilegiado dentro de la consideración crítica de muchos aficionados que buscan encontrar en las imágenes una depuración que los acerque a la esencialidad de su sustancia más íntima. Por eso, tanto para aquellos que conocieran la anterior obra de Tsai Ming-liang como para los que hayan descubierto su singular talento gracias al estreno comercial de este film, seguro que habrán quedado fascinados ante el espíritu perturbador y doloroso que palpita en este demoledor discurso acerca de alguno de los males que asolan a los miembros de una sociedad en la que se han desvirtuado  por completo los sentimientos. Ming-liang nos sitúa al borde de la decadencia de este mundo en el que todo parece desmoronarse, no sólo a nivel metafórico, sino también físico y real. El sabor de la sandía bebe directamente del espíritu de uno de sus anteriores trabajos, The Hole (1998), sobre todo en lo que se refiere a la alternancia en su metraje de coloristas y kitsch números musicales junto a paisajes urbanos desolados en los que se potencian los procesos de incomunicación y aislamiento. Los seres que habitan la pantalla se encuentran extraviados, sin rumbo fijo, incapaces de expresar aquello que sienten, imperturbablemente frustrados.  Por eso, la tristeza se apodera de la cadencia secuencial, de forma que transmite la monotonía que subyace en el subsuelo de la vida vulgar y ordinaria. Por eso la plasmación del erotismo resulta tan cruda, porque el film trata de plasmar la denigración a la que puede llegar la pasión en un mundo donde todo se paga, en el que los valores se han perdido y en el que el voyeurismo se ha convertido en el único hábito de excitación corporal. Film de profundo aliento subversivo, tiene El sabor de la sandía un fondo estructural fuera de toda norma que nos reta con su osadía por mostrarnos el dolor en su estado más primitivo.

The Hand (episodio del film colectivo Eros)
Wong Kar-wai. Hong Kong

Resulta difícil defender la validez artística conjunta de un film tan desequilibrado como Eros, sin embargo, no podemos sino rendirnos a la evidencia de que, en su interior, se encuentra una de las pequeñas joyas que ha dado este año el cine, el emocionante y magistral capítulo firmado por Wong Kar-wai, La mano. Con él, el director hongkonés demuestra que es el más grande creador de imágenes que opera en la actualidad, poseedor de un universo personal que alcanza una fascinación hipnótica, y de una audacia y precisión estilística y formal insuperables. Como decía, es La mano una pequeña (sólo por su formato reducido) joya de orfebrería cinematográfica. Su concepción estilística se inserta dentro del barroquismo estético diseñado para In the Mood for Love y 2046, constituyendo una pieza complementaria de indudable valor dentro del perfecto engranaje que constituye el último tramo de su filmografía. En ella, Kar-wai consigue desvelar los secretos del erotismo en una historia de amor imposible e idealizado, teñida por la desesperanza y lastrada por la fatalidad. La sutileza con la que el director compone cada uno de los planos no se puede expresar con palabras. Simplemente hay que dejarse llevar por la carga emocional que arrastran las imágenes para poder acceder al  sustrato dramático que se oculta tras la composición del film. A través del tacto, el director es capaz de trasmitir un torrente de sensaciones de una potencia e intensidad que corta la respiración. Esa es la esencia del cine de Wong, lo que lo hace tan grande, y es que, a pesar de ser un virtuoso constructor de fotogramas de una perfección y brillantez formal exquisita, también es capaz de elevar, de apasionar con ellos, porque arrojan algo de luz a muchos de los misterios que se esconden en el interior del alma humana. La pasión, el dolor de amar, son sentimientos que de una u otra manera han mordido la sustancia más íntima de todo individuo, y ver esa desazón, esa necesidad tan hiriente de ser correspondido en una pantalla, crea una turbación que supera los límites de la experiencia.

Material inédito

Como hemos comentado antes, existen todavía muchas películas de autores no consagrados que están esperando ser descubiertas y que constituyen alguna de las más estimulantes sorpresas que ha dado de sí este año 2005.

La mayoría han pasado por festivales como Sitges o el Baff, y se trata de películas frescas y diferentes que abarcan todos los grados de cinefilia posible. Desde el delirio visual, colorista y gamberro de la marciana y psicodélica Survive style 5+ de Gen Sekiguchi (director novel) hasta la nueva inmersión introspectiva del maestro Hou Hsiao-hsien en Café Lumière, un espléndido homenaje al centenario del nacimiento de Ozu. Todo cabe en el espectro de cine oriental.

Desde China, nos llegó The World de uno de los miembros de la Sexta generación de Pekín, Jia Zhang-ke, un director que sabe plasmar en su cine a la perfección el espíritu de desorientación y de falsa identidad que caracteriza su época y en especial su país. Y es que los nuevos realizadores chinos, instalados en un maremágnum de tensiones políticas y económicas, han sufrido un interesante cambio, y ya no les interesa abordar películas de temática rural, como los miembros de la generación anterior, sino que se encuentran más abiertos a la experimentación estilística y formal y, sobre todo, más sedientos por convertirse en cronistas sociales de los cambios y mutaciones que está sufriendo la realidad circundante en la que se mueven y respiran. Zhang-ke construye una metáfora alrededor de un parque de atracciones en Pekín, en el que se reproducen, en un intento de imposible integración, todas las culturas del mundo. Sin embargo, los problemas que se importan del sistema de vida capitalista no se minimizan en absoluto, como el flagrante problema de la inmigración y la explotación sexual, por lo que se inicia una progresiva pérdida de la inocencia de unos individuos en encarnizada lucha por conseguir todo aquello que más se acomode a sus intereses. Una cruel e irónica fábula acerca de la reestructuración urbana y las transformaciones sociales que ha sufrido China en los últimos tiempos, todo ello rodado además desde el más refinado virtuosismo formal.

Otra cosa muy distinta es el mercado hongkonés, muy revitalizado últimamente gracias a la aportación de directores como Johnnie To o Derek Yee. De To, además de Election, pudimos ver este año su último drama romántico consagrado al lucimiento de sus habituales estrellas protagonistas, Andy Lau y la pizpireta Sammi Cheng, de título Yesterday Once More. Film de inspiración retro, que sirve a To para realizar un homenaje al cine de los años sesenta, del que toma su estética visual y buena parte de sus características narrativas. Coches caros, joyas, mansiones, yates, ropa de diseño... lujo por doquier acompaña a las aventuras de un simpático dueto de ladrones profesionales que se enfrentará, a partir de juegos y apuestas, a un sinfín de rocambolescas aventuras que nos devuelven el sabor añejo de la mejor esencia del cine clásico. Dentro del terreno de la acción, destacó Derek Yee con su One Night in Mongkok. Mediante el empleo de un estilo nervioso e inquieto, la cámara de Yee se introduce en las interioridades de la jungla urbana para narrar una historia de venganza entre dos bandas rivales. Un viaje desenfrenado a los bajos fondos de Hong Kong, a sus malas calles a través de dos almas perdidas que cruzan sus destinos en medio del caos nocturno de la peligrosa ciudad. Mediante una estilizada puesta en escena, un brillante sentido del ritmo y unas interesantes soluciones visuales que conectan con la intensidad en el crecimiento de la tensión ambiental, Derek Yee demuestra inteligencia y buen pulso a la hora de abordar este ejercicio de acción claustrofóbica en el que también se reflexiona sobre la violencia y la creciente inseguridad que se vive en las grandes concentraciones de población.

Como siempre, en Japón se dan las más variadas propuestas. Un semidesconocido director, Katsuhito Ishii (para los cazadores de referencias, el creador del delicioso fragmento animado que se insertaba en  Kill Bill Vol. 1), trajo una de las más gratas sorpresas del año, The Taste of Tea, una de esas pocas películas capaces de convertirse en parte de aquél que la contempla, pues tiene la particularidad de abrir las puertas a la imaginación, de trasladarnos a una dimensión ensoñadora y de embaucar nuestros sentidos mediante una explosión de fantasía multicolor. Hay muchas películas dentro de The Taste of Tea, tantas como cada una de las historias que cuenta a través del recorrido vital de los diversos miembros constituyentes de una misma familia. Así, quedan maravillosamente perfilados los sueños y fantasmas que pueblan el universo infantil y las motivaciones interiores que tienen que ver con la desazón sentimental que caracteriza la adolescencia. Un relato sorprendente repleto de guiños, de gags divertidísimos, de momentos de emoción contenida, de explosiones surrealistas... que se erige como un delicado poema, como un canto a la serenidad, a la tranquilidad, a la unión con la naturaleza, a la contemplación de las cosas buenas que nos da la vida.

Muy apreciada entre aquellos que admiramos la obra de Shunji Iwai (y no entendemos cómo no ha dado ya el salto su conocimiento en occidente), ha sido la deliciosa Hana y Alice. Que este director es un gran poeta de la imagen es algo de lo que no tengo ninguna duda, así como uno de los que mejor sabe plasmar el difícil tema de la adolescencia en una pantalla. Si en All About Lili Chou-Chou (Riri shushu no subete, 2001) su visión era desgarradora, ahora abre un camino de esperanza para escapar del desarraigo emocional que encierran muchos adolescentes en las sociedades actuales. Si la incomprensión era la base constitutiva de su anterior film, ahora las dos protagonistas del título, Hana y Alice parecen encontrar consuelo gracias a la amistad que las une, convirtiéndose ésta en una cura para el sentimiento de pérdida que implica el inevitable tránsito de la niñez a la edad adulta.

El incorruptible Takashi Miike nos tiene acostumbrados a hacer varios films al año, sin embargo este 2005 se ha concentrado en la realización de un solo producto, su anhelada revisión de los tradicionales films nipones consagrados a plasmar el  folclore configurado alrededor de las figuras de los Yokai (seres legendarios de su mitología), a partir de una superproducción titulada Yôkai daisensô. Sin embargo, como suele se habitual en Miike (ya le ocurrió en Zebraman), cuando tiene en sus manos un abultado presupuesto, no sabemos bien cómo se las apaña pero siempre termina por realizar una película que parece surgida de la serie B más casposa. Esto no supone un menosprecio para aquellos que admiramos su estilo patoso de culminar todas sus obras (ahí radica su gracia), pero no creo que Yôkai daisensô sea la película que lo catapulte hacia la fama que sin duda ansía. Aún así, al indómito Miike le ha salido una fantasía infantil en la que prima por encima de todo la imaginación y el entretenimiento en su estado más puro. Una aventura que se devora, y que divierte minuto a minuto.

Más críptico resulta el desolado paisaje que construye Shinji Aoyama en la apocalíptica Eli, Eli, Lema Sabachtani?, en la que ofrece un recital de captura hipnótica en el que intenta conjugar la modulación de la imagen a la del sonido. Así, las palabras se sustituyen por ruidos en un experimento radical que puede fascinar a unos e irritar a otros, pero que contiene una interesante puesta a prueba de los recursos sonoros que ofrece cualquier tipo de objeto dispuesto a mostrar su verdadera alma.

El año pasado se habló de Corea como el país foco de irradiación de tendencias, y lo cierto es que la industria coreana se encuentra pletórica en cuanto a la solidificación que ha alcanzado su mercado, no sólo a nivel interno, sino también externo. En realidad, los occidentales asimilamos mejor las coordenadas sobre las que se asientan los films coreanos porque se asemejan más a las nuestras. Así ocurre con Park Chan-wook, que ha creado un sello visual que seguramente se repetirá a partir de ahora hasta la saciedad. Por ejemplo, un film deudor de la estética Old Boy es sin duda A Bittersweet Life de Kim Jee-woon, un potente thriller estilizado, recorrido por un aliento romántico que bebe de las fuentes del noir francés y que se configura como un convulso relato de venganza de un intachable formalismo y marcado por una convulsa visceralidad.

No vamos a hablar de dos de los films coreanos más emblemáticos del año, Sympathy for Lady Vengeance de Park Chan-wook y The Bow de Kim Ki-duk, a la espera de que puedan estrenarse próximamente en nuestra cartelera, aunque debemos señalar que si las expectativas se cumplieron (a pesar de las polémicas) con el primero, no lo hicieron con la nueva incursión del prolífico Ki-duk en el territorio de la poesía hecha imagen. The Bow es un film demasiado esteticista y vacío, siempre pendiente de cautivar a través de mecanismos superfluos antes que de ofrecer una historia que atrape por sí misma.

Otras películas coreanas destacables fueron Blood Rain de Kim Dae-seung, un relato detectiveco, ambientado en el siglo XIX, en el que se mezcla la intriga y el terror y que se encuentra configurado como una especie de rompecabezas a través de flash-backs que ayudan a desvelar los misterios; Antartic Journal de Im Pil-seun, que sitúa su acción en las gélidas tierras antárticas a las que se dirige una expedición que deberá enfrentarse a una espiral de miedos, dudas y desconfianzas; o Crying Fist de Ryu Seung-wan, que se introduce en el mundo del boxeo para narrar un eficaz drama en el que dos hombres desesperados se entrenan para ganar un torneo que les haga recuperar su dignidad.

Si el año pasado fue Corea, éste se habla de Tailandia como el próximo país que se convertirá en el máximo exponente del cine oriental a nivel internacional. Su industria es todavía joven, pero su crecimiento está resultando imparable en los últimos tiempos. Varios frentes se abren para el descubrimiento del cine Thai:

  • Por una parte, dentro de su faceta más comercial, nos ofrecen el último grito en cine de acción mezclado con artes marciales, gracias al sello impreso por el director Prachya Pinkaew en films como Ong-Back, El guerrero Muay Thai (2003) estrenada este año en nuestro país con una estupenda aceptación comercial, o  Panna Rittikrai en Born To Fight (2004).
  • Dentro del cine de terror ha destacado la cinta Shutter, firmada por los jóvenes Parkpoom Wongpoom y Banjong Pisathanakun, que si bien rescata muchos de los códigos visuales por los que se ha regido este género hasta conducirlo hasta su casi agotamiento, sí se perciben en ella algunos signos de originalidad que la redimen de su mera condición de producto de entretenimiento.
  • El cine de autor viene de la mano de autores tan dispares como Pe-ek Ratanaruang (autor de Last Life in the Universe) quien tiene pendiente de estreno su nueva película, Invisible Waves, Wisit Sasanatieng (Las lágrimas del tigre negro) quien nos ha traído este año Citizen Dog, una colorista y naïf historia preñada de imágenes surrealistas tocada con un agradable sentido del humor, y sobre todo Apichatpong Weerasethakul, quien sorprendió gracias a su Tropical Malady, erigiéndose como una figura fundamental dentro de la modernidad cinematográfica.

Rescate en DVD

Por último, es necesario hacer una mención a la importante labor de rescate de títulos inéditos que se ha producido en el mercado del DVD español, tarea gracias a la que se han podido recuperar muchas de las películas que, aún constituyéndose como piezas clave dentro de la evolución del cine oriental contemporáneo, no habían tenido la oportunidad de ser estrenadas comercialmente.

Es el caso de la obra de referencia de Takashi Miike, Ichi, the Killer (2001), aquélla que consagró su estética extreme y que nos acercó a una de las visiones más irreverentes del cine de nuestro tiempo. Un film de culto plagado de hallazgos excéntricos y subversivos que, a través de una puesta en escena anárquica y un estimulante ritmo frenético nos introduce en un universo de violencia en el que palpita la transgresión, a través del sadomasoquismo y de un look que bebe del cyberpunk, para reformular y dilapidar los esquemas sobre los que se venía construyendo el tradicional cine de yakuzas.

De Miike también se ha editado su gran oda al género de asesinos mafiosos, la descomunal trilogía Dead or Alive (1999-2000-2002), formada por tres títulos que poco tienen que ver entre sí, pero que sirven para situar a Miike como uno de los grandes creadores de lenguaje del cine moderno. Un auténtico festín que deleitará a los aficionados al cine fuera de toda norma establecida.

Otros títulos de Miike que han visto la luz han sido Cementerio Yakuza (Graveyard of Honour, 2002) el remake de una película firmada por el maestro Kinji Fukasaku en 1975 y sólo en alquiler la desmadrada y alucinógena Izo (2004), la historia de un legendario samurai asesino que, crucificado por sus enemigos, pervive a través del espacio y del tiempo masacrando a todo aquél que se cruza por su camino. Un delirante cruce entre tradición y modernidad que combina la estética manga y la filosofía preapocalíptica y que se encuentra salpicada por delirantes interludios musicales en los que el simpar cantautor Kazuki Tomokawa ejerce de maestro de ceremonias.

Otro hecho histórico ha supuesto la edición de la mayoría de las películas que conforman la filmografía de Wong Kar-wai, alguna de las cuales permanecían inéditas en nuestro país. Sendos packs, el primero conteniendo As Tears Go By (1988) y Days of Being Wild (2001), y el segundo con Chungking Express (1994), Fallen Angels (1995) y Happy Together (1997), que completan casi de forma definitiva la visión que teníamos hasta ahora del célebre director hongkonés, permitiéndonos acceder a las claves evolutivas mediante las que ha ido construyendo su estilo.

De Hong Kong llegó la primera parte de la famosa trilogía Infernal Affairs, aquí rebautizada con el poco comercial título de Juego sucio. Antes de que Martin Scorsese perpetre su remake americano con Matt Damon y Leonardo DiCaprio, podemos deleitarnos con el enfrentamiento entre los auténticos y genuinos héroes de esta ficción elevada a los altares de la reverencia cinéfila, interpretados por Andy Lau y Tony Leung Chiu-wai, bajo la batuta de los directores Andrew Lau y Alan Mak. La eterna lucha entre el bien y el mal (toda la trama bebe de las enseñanzas kármicas, y de la contraposición entre el cielo y el infierno budista) materializada en un relato de identidades encubiertas que se dispone a modo de fuego cruzado entre conceptos como la lealtad, la ambición y la confusión espiritual a la hora de respetar los propios ideales. Un guión intrincado repleto de vueltas de tuerca que obliga a reconsiderar a cada momento el papel de los personajes en la acción, un ritmo de intriga que nunca decae, una depurada puesta en escena, y el inmenso carisma que desprenden los dos actores protagonistas, son los mayores hallazgos de este estupendo film.

Desde HK también nos llegó Breaking News de Johnnie To, en la que no me detendré por aparecer convenientemente reseñada en el extenso artículo dedicado a la figura de este gran director que ahora, tras cuarenta títulos, comienza a ser conocido en España.

Por último resaltar una pequeña película que seguramente habrá pasado desapercibida y que merece la pena recuperar. Se trata de Go de Isao Yukisada, un relato social y juvenil, furioso a la par que sensible y teñido de un leve dramatismo, que pone de manifiesto las tensiones culturales que se viven, aún en la actualidad, entre los japoneses y los inmigrantes de origen coreano.

Ah, y se me olvidaba la fantasía futurista de Mamoru Oshii en imagen real, Avalon, y el pack de Kitano inédito que incluye Kids Return, Escenas en el mar y Getting Any?

Y eso ha sido todo dentro de este pormenorizado repaso a lo que ha dado de sí el cine oriental visto por esta apasionada redactora. Mis disculpas si he dejado de reseñar algún film que ustedes, lectores, crean destacable, como la conmovedora historia de El ocaso del samurai de Yogi Yamada, o La casa de las dagas voladoras, de Zhang Yimou, films que ya tuvieron en su momento su correspondiente espacio en estas páginas.

También ha habido más films importantes que pasaron por festivales internacionales, pero los dejamos en la recámara a la espera de que puedan comercializarse en nuestro país: Princess Raccon del veterano Seijun Sukuzi, Shanghai Dreams de Wang Xiashuai, Three Times de Hou Hsiao-hsien, Bashing de Masahiro Kobayashi, Tale of Cinema de Hong Sang-soo, The Buried Forest de Kohei Oguri, The President's Last Bang de Im Sang-soo, Loft de Kiyoshi Kurosawa, Sa-kwa de Kang Yi-kwan, Initial D, la nueva película de Andrew Lau y Alan Mak, Perhaps Love de Peter Chan, Sunflower de Zhang Yang, Everlasting Regret de Standley Kwan, Takeshis' de Takeshi Kitano y cómo no, la última fantasía de Hayao Miyazaki, Howl's Moving Castle.

Como veréis, el cine oriental tiene en la recámara muchas sorpresas que ofrecernos y seguramente con ellas conformaremos la lista del año que viene. Hasta ese momento, iremos disfrutando y devorando vampíricamente aquello que caiga en nuestras manos. Esperemos que sea mucho.

Por Beatriz Martínez
Old Boy