Punto, juego, set y partido
Y Woody se nos puso serio. Pero que mucho, ¿eh? Incluso un poco más circunspecto que en la ya de por sí severa Melinda & Melinda, trabajo que constituyó un necesario —y largamente ansiado, por gran parte de sus seguidores más veteranos— punto y aparte a tanta gracieta repetitiva y "ya vista" rodada para Dreamworks.
Los más cenizos llegamos a pensar que "lo había perdido". Nos seguíamos riendo con sus chistes y soltándoselos a nuestros compañeros de cafés (¡como si fuesen de cosecha propia!), esas tres o cuatro frases memorables que nos regala por película, por encogida que tenga el alma. Pero Allen estaba falto de forma, desfondado, mirando de soslayo al patrón que soltaba la pasta, esperando su aquiescencia para poder embarcarse en su siguiente empresa anual.
Aunque su prestigio no hubiese sufrido merma alguna, volvía a estar como al principio, pero con mucha menos mordiente que en las inspiradas Coge el dinero y corre, Bananas o La última noche de Boris Grushenko. Sí, Woody seguía siendo uno de mis cómicos favoritos, pero al igual que con Chaplin, esperaba que la madurez trajese consigo esa postrera obra maestra, alejada del ámbito de la carcajada y la réplica titubeante. Aguardaba el milagro: ese drama que pudiese verse con una sonrisa cínica durante la mayor parte del metraje. Una tragedia irónica, por decir algo.
Y eso fue lo que nos regaló en Match Point, su filme más inspirado desde Delitos y faltas. Porque hace falta remontarse en el tiempo nada más y nada menos que quince años hasta hallar un filme igual de extraordinario en su carrera. Y tampoco es casualidad que se trate de este y no otro: Match Point funciona como estrambote ideal a aquel soneto titulado Delitos y faltas, donde se nos cantaba un mundo contrahecho y amoral.
¿Recuerdan el perfil típico de los protagonistas de la comedia 'a la Manhattan'? Burgueses deslumbrados por su buena estrella, practicantes de profesiones liberales, cultos y falsamente extrovertidos, desenfadados con las mujeres de los otros, lenguaraces con las propias; parejas de mediana edad a las que un buen día ya no les basta con el par o tres de visitas mensuales al psicólogo, abocadas a una supuesta "crisis existencial" que se pasa acostándose con el mejor amigo de sus maridos o buscando emociones fuertes en las calles menos transitadas de la gran ciudad.
A los personajes de las películas de Woody Allen —incluido el prototipo interpretado por él mismo— les ocurre algo terrible, pero pasajero: se aburren. Viven con cierto desahogo (la pobreza en los filmes de Woody es siempre moral, nunca material), se emparejan con bellos y bellas, habitan pisos enormes donde pueden apilar con gusto sus carísimos libros de tapa dura... pero —¡ay amigo!— algo echan en falta.
Llega un momento en el que el hastío profundo en el que moran les empuja a complicarse la vida sin remisión: inventarse enfermedades imaginarias, fingir afectos que no sienten, buscar la felicidad junto a estrellas de cine que sólo existen al otro lado de la sábana santa. Sí: un desesperado intento por encontrarle un sentido a la vida, motivo habitual de mofa en los chistes de este judío que dejó hace tiempo de creer en Dioses y monstruos.
El Woody del siglo XXI es un tipo pragmático (así lo demostró con su lote de películas para Spielberg) y profundamente descreído (lo confirma cada vez que recoge premios y halagos por medio mundo, regalando a cambio esa ración habitual de sorna e ingenio con los que maquilla su angustia).
La tristeza del clown y el distorsionado sonido de las candilejas pasadas pueden escucharse en Match Point. Porque sólo a los cómicos se les permite ser tan pesimistas: el Woody londinense ya no cree en la humanidad y no trata de disimular su desazón ni con el más mínimo atisbo de sentido del humor. Pero... ¿es eso cierto? ¿Y razón suficiente para considerarla, en cierta manera, ajena a su estilo?
¡Falacia, señores! La terrible Match Point concluye con la carcajada sorda del destino, como las mejores películas de Mankiewicz. La cosa no se agota con el juego en torno al libro de Dostoievski, no se limita a pervertir "la culpa" primigenia del Raskolnikov de Crimen y Castigo. Va mucho más allá, adentrándose en un sendero tan ambiguo como inédito en la filmografía de este amante de ciudades hermosas con habitantes miserables.
Subimos de categoría: estamos en la city, entremezclados con lo más 'chic' de la 'very' upper class londinense. Una nueva aristocracia todavía más elitista que aquella a la que substituye: mecenas de un arte que distinguen con soltura pero al que desprecian más allá de su mera función inversora, abonados al rito inocuo de la ópera, frecuentadores de pistas de tenis trocadas en los nuevos y selectos salones de baile donde sus cachorros se siguen relacionando entre sí...
Alrededor de tan disputado panal zumban lacayos, amantes y desfavorecidos varios, que merced a los nuevos tiempos "civilizados" tienen ahora la oportunidad de promocionarse y saltar las barreras sociales de antaño, demostrando así los señores su magnanimidad y 'lampedusesca' capacidad de adaptación. No se engañen: aunque el primogénito tontee con la potentísima Scarlett Johansson, para la madre ella no pasará de ser una putilla fracasada, un divertimento consentido de su inmaduro hijo, intermedio hormonal apenas tolerado hasta que éste siente definitivamente la cabeza… junto a alguien perteneciente a su misma casta, se sobreentiende.
Para la hija, a la que reservan proyectos menos ambiciosos, les basta con el apuesto profesor de tenis, ese chico hermosote y con ganas de aprovechar su momento. Un hombre de esos que dentro de veinte años presumirá de "haberse hecho a sí mismo", cuando ya sean pocos los que recuerden lo calculado de su braguetazo. ¿Un trepa? Indudablemente, al más puro estilo Un lugar en la cumbre. ¿Dispuesto a todo por conservar su recién estrenado status? No saben ustedes hasta qué punto...
Así pues, este depredador de hierba sintética con revés a dos manos y potente smatch, elegirá con gran esmero a su víctima-verdugo: la hijísima del gran hombre. Y también la llamo verdugo a ella, porque me parece que aun sospechando la existencia de una infidelidad, es capaz de supeditar cualquier posible (e inconveniente) crisis matrimonial a su histérica necesidad procreadora.
El instinto maternal desatado choca con la desaforada libido del nuevo niño rico, del mendigo convertido en príncipe que se resiste a no poder saborear otras frutas igualmente jugosas que aguardan en el cesto. Y es que la lozana manzana interpretada por la Johansson es algo más que apetitosa: la onanista cámara de Woody —como hizo con Mira Sorvino en Poderosa Afrodita, con Elisabeth Shue en Desmontando a Harry, con Charlize Theron en Celebrity o con Elizabeth Berkley en La maldición del escorpión de Jade— la mima, la acuna, la envuelve en una turbadora atmósfera de film noir.
Pero no se engañen: aquí los roles están intercambiados. La mujer fatal resultará ser el personaje más vulnerable de todos, dispuesta a darse realmente por amor, sin entender el doble juego que practica su contendiente al otro lado de la red.
Porque aunque a él el cuerpo le pida retozar a todas horas con la lúbrica rubia, pronto entenderá que está poniendo en peligro su privilegiada posición... y es que un buen polvo no es moco de pavo, pero un suegro desprendido que cubra sin titubear nuestras nefastas inversiones bursátiles... amigo, ¡eso no tiene precio!
Nuestro héroe homicida (sí, demonios: ¡el prota de este filme es un asesino inconfeso!) planea fríamente la solución más sencilla a sus problemas. Y es que su doble crimen dista mucho de ser perfecto: el tipo no es ningún profesional, más acostumbrado a esgrimir raquetas de marca que escopetas de cañones recortados. Pero a todo se acostumbra uno en esta vida.
El tramo más brillante de Match Point corresponde a la ejecución sumaria de su preñada y empecinada amante, acompañada al cadalso por ese "daño colateral" con forma de vecina entrada en años. Nuestro ángel justiciero restaurará el orden de las cosas: los más débiles irán de cabeza al hoyo, los menos escrupulosos se podrán zampar el bollo. Por más verdadero que sea, no deja de resultar menos cruel.
Pervirtiendo sólo en apariencia los postulados de Hitch («cuando un personaje pasea una bomba sin saberlo, como un simple paquete, se crea un suspense muy fuerte con relación al público (...) No se pide al público que tenga miedo, sino, francamente, que tenga ganas de matar»(1)), Allen pretende que nos pongamos de parte del inexperto matarife, que suframos con él y con la proximidad de su detención. Pero el tiempo transcurre y... demonios... ¡no lo cogen! Perdonamos al malo sus fechorías porque nos han acostumbrado (en el Universo fílmico) a que al final acabe teniendo su merecido. Nuevamente, crimen y castigo. Crimen sí, pero... ¿qué tal si nos ningunean el castigo?
No. Al igual que el desencantado Judah Rosenthal de Delitos y faltas, nuestro Chris Wilton no recibe "su merecido" y se pregunta intrigado a qué se deberá su cochina suerte. Porque uno no puede si no quedarse maravillado —como el propio autor— ante la demostración, por reducción al absurdo, de la no existencia de un Dios nivelador, justiciero, ecuánime. ¿O quizás nos esté revelando en esa última mirada más allá de la espectacular vista de su exclusivísimo loft la verdadera penitencia que le aguarda hasta el final de sus días? Saber tú y sólo tú lo que has hecho y tratar de continuar como si tal cosa, como si el peso de la culpa pudiese aliviarlo una familia, una incuestionable bonanza económica, un trabajo intocable bajo el ala de papá.
Pero... ¿y si después de todo los remordimientos no fuesen más que una figura literaria? ¿De qué deuda hablamos si nuestro culpable no recibirá mayor justicia que la terrenal?
Inquietante, maligna y desasosegante, Match Point sería el broche final perfecto a la trayectoria de cualquier otro director. No en el caso de este nómada del viento, a medio camino entre Londres, Nueva York, París, Barcelona o Venecia, sobrado de facultades y dispuesto a convertir su periplo heptagenario en un nuevo renacer, esta vez del brazo de una musa de mirada seductora, labios carnosos e impertinentes pezones con los que alegrar a ese miope que la acaricia desde el otro lado de la cámara.
Esta vez, Woody, la pelota ha salvado la red, yéndose a posar suavemente al otro lado de tus neuras. ¡Menudo golpe ganador!
(1) François Truffaut, El cine según Hitchcock. Alianza Editorial. Cine y comunicación. Pág. 100-103.
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