Winners are simply willing to do what losers won’t

Frankie Dunn (Clint Eastwood) era el mejor con los cortes, un experto en detener hemorragias; mas pasados los años una herida supura en lo más profundo de su alma. Sólo sabemos que la causante de tal estropicio se llama Katy y que le devuelve, sin abrir, las cartas que éste le manda cada semana. Un escueto "devolver al remitente" sellado en el sobre es la única noticia que tiene de ella. Pese a todo, la tiene presente en sus oraciones («Haz lo que puedas, Señor, para proteger a Katy») porque, para Frankie, Katy es un dogma de fe, es su hija.

Eddie Dupris (Morgan Freeman) ha envejecido junto a Frankie. Desde que perdió un ojo en un combate vive monásticamente en el gimnasio de Frankie. Es un hombre respetado en el desvencijado santuario, situado en la periferia de Los Ángeles. Profundo en sus reflexiones al narrarnos la película en off, cuando escribe una carta destinada a Katy, Eddie deviene la voz interior de Frankie. Nadie como él conoce a nuestro héroe, por eso ha sido el único hombre con el que no ha querido pelear.

Maggie Fitzgerald (Hilary Swank) es puro nervio y tiene muchas cosas en contra para alcanzar su sueño: es una mujer, y demasiado mayor para subirse a un ring. Pero su carácter combativo, herencia de Theodosia, «una ciudad de mala muerte, a medio camino de ninguna parte y el olvido», hace de ella una jabata que se crece ante la adversidad. Comparte con Frankie el dolor por un miembro de la familia ausente —en este caso el padre—, y encontrará en el primero la horma de su zapato. Ni que decir tiene que Maggie renegará del resto de su familia al comprobar que nunca podrán escapar de la mezquindad que ella intentó aplacarles.

La primera parte de la película está centrada en el retrato de personajes y la descripción de los ambientes pugilísticos en los que se mueve el relato. Es la hora de entrenarse física y moralmente para la hora de la verdad. En la segunda parte acompañamos a Maggie y Frankie a combates por Estados Unidos y Europa en pos del título mundial. Puro macguffin. El meollo del film, las sensaciones que Clint Eastwood quiere transmitirnos, no llega hasta el último tercio del metraje (1).

La relación de Frankie con la ausencia es tormentosa. A primera vista parece que retoma el personaje de cowboy insensible y con cara de palo. Pero el corazón del entrenador late de puro dolor. Desde hace 23 años asiste a misa a diario. El padre Horvak (Brian O’Byrne) es quien le ha hablado a Frankie en nombre de Dios durante todos esos años. Aun así, Frankie todavía tiene dudas: «¿Es Jesús un semidiós?», le espeta al cura, y éste le amonesta, aunque no se irrita, porque conoce la superficie del drama de su feligrés. Ante la duda más terrible, el padre Horvak le aconseja que se mantenga al margen, que si al final decide ayudar a Maggie estará perdido, «en algún lugar tan profundo que nunca más volverás a encontrarte». Frankie lo sabe, pero Maggie no le ha pedido a Dios que decida qué hacer, sino que se lo ha pedido a él. El camino hacia la búsqueda de Dios es una persecución personal, Frankie no necesita que su confesor le diga lo que debe hacer, sólo busca consuelo espiritual (2).

Frankie y Maggie, tercos en sus convicciones, van construyendo un vínculo paterno-filial. A pesar de sus antagonismos en las escaramuzas iniciales —que recuerda los Sean y Mary Kate fordianos de El hombre tranquilo (The Quiet Man, 1952)—, la fatalidad se ceba en sus vidas. Para que alguien gane, el otro debe perder. ¿Pero quién gana y quién pierde? ¿Acaso podemos ver a Maggie como una perdedora y a Frankie como un ganador? La chica ha logrado su objetivo, ha llegado a su número máximo de combates. En cambio de Frankie no conoceremos su final. Clint Eastwood lo omite. ¿Habrá comprado el restaurante donde se hace la mejor tarta de limón? ¿Habrá aprendido a expiar sus pecados? ¿Y Katy?

«Todo en el boxeo va al revés»; la vida muchas veces también.

(1) Para más información remito al reportaje especial publicado en esta misma revista (MdC nº 36) con motivo del estreno de la película. Acceder a reportaje

(2) En otra película que trata el tema de la eutanasia, Mar adentro (Alejandro Amenábar, 2004), también aparece la figura del cura (Josep  Maria Pou). A diferencia del padre Horvak, el padre Francisco habla con demagogia, y con grandilocuencia apela a la libertad. «La vida es mucho más», dice. Frankie seguro que le habría pegado un derechazo.

Por Josep Marín Barber
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