Un nuevo tumor viejo
David Cronenberg era un realizador incontestable mucho antes de que en el 2005 le loaran hasta los espectadores impúberes. Es apasionante cómo este filósofo de escritura en B mayúscula ha vivido al margen de todo tipo de consideraciones desde sus variaciones mutantes a codearse con Clint Eastwood en las listas de lo más preciado de la crítica cinematográfica internacional —también lo es el hecho de que las mejores películas de este 2005 sean perfectas películas imperfectas como Million Dollar Baby (Clint Eastwood), Saraband (Ingmar Bergman), Old Boy (Chan-wook Park), Entre copas (Sideways, Alexander Payne), Gerry (Gus Van Sant) o Hierro 3 (Bin-jip, Ki-duk Kim). Prácticamente desde la absurda polémica sobre la genial Crash (1996) Cronenberg había sido un realizador postrado a la sombra de los clichés de la crítica. Ni eXistenZ (1998) ni Spider (2002), pese a su incontestable calidad, habían resultado lo suficientemente llamativas para que nadie las reivindicara con suficiente vehemencia. Es por ello que no considero Una historia de violencia una suerte de obra cumbre, es simplemente una nueva muestra del alucinante talento de Cronenberg para retratar, primero en plano largo, luego en plano corto y finalmente en panorámica general, una sociedad poseída por un mal endémico, esta vez, sin enfermedades orgánicas, y sí diseccionando con furia el hábitat violento germinado cuando los EEUU aún eran los Estados de la Unión. Para entendernos entre metáforas cinéfilas, ha robado la obsesión principal de Martin Scorsese y la ha presentado de la misma forma que disfruta la dramática David Lynch: mediante la intrusión de lo extraño en un contexto hogareño.
El punto de partida argumental es anecdótico, una novela gráfica, firmada por John Wagner y Vince Locke, expositivamente violenta, que Cronenberg reinventa, elimina parafernalia gratuita más digna de un producto de acción mainstream y se centra en la destrucción del pilar de la sociedad contemporánea occidental. Tom Stall es Perico el de los Palotes, camarero, padre de familia y bla-bla-bla, un ejemplo para la sociedad, un firme candidato a la presidencia de la comunidad de vecinos. Pero el cine, la literatura y la música norteamericanas nos han ido contando a lo largo de los años que el bienestar estadounidense lo es a costa del cadáver escondido en la alacena. Así, mediante un acto fortuito y, cómo no, violento, se viene abajo la torre de naipes construida por Stall, su pasado se hace presente (y futuro), y es ese retrato de adaptación el que interesa narrar a David Cronenberg, y lo hace en forma de western urbano de serie B con el sabor a tabasco del que gustaba Sam Fuller, por ejemplo.
Tratado sobre la hipocresía y la mentira, Una historia de violencia es una película sin ningún tipo de héroe, por no haber, casi no hay ni personajes positivos, como mucho, paletos despistados o gángsters dicharacheros. La violencia es hiperbólica, contundente, no interesa en sí misma, sino los resultados. Es fugaz como la usada por Kitano en Sonatine (1993), pero Cronenberg aguanta el plano fijo en los rostros destrozados de las víctimas, en las vísceras esparcidas por el suelo. No se trata de lo que huimos, se trata de lo que vivimos. Stall, a su pesar, ha mostrado sus cartas, pero sin perder la partida. La paradoja es más agresiva que la realidad, la familia se mantiene unida, aunque el pilar de la misma se haya descubierto como un monstruo, pero lo importante es la familia, y esta vez sí que no estamos entre gángsters italoamericanos, como mucho, ex mafiosillos de una Philadelphia sin ningún tipo de estética. El triunfo final es desolador, la aceptación por parte de la familia de los hechos consumados no son menos deleznables que los aceptados por los protagonistas de Mystic River (2003, Clint Eastwood). Algo huele a podrido en el país de las barras y las estrellas, y como siempre, los que mejor nos lo cuentan, son los propios enfermos terminales. Ahora Tom Stall, de nuevo un dopplegänger en la obra de Cronenberg, posee una tercera oportunidad, porque al fin y al cabo vivir no es reponerse de los golpes, es saber taparse las heridas con el mayor disimulo posible. Y si no importa dentro de nuestro círculo de confianza, ¿a quién le importa? La mezquindad es tal que incluso un serial killer puede convertirse en ídolo de masas.
Una historia de violencia es así una de las obras clave del último cine norteamericano. Desde su magnífico arranque, con ese plano secuencia en travelling lateral, que, como dije antes, haría las delicias del David Lynch firmante de Terciopelo azul (Blue Velvet, 1986), hasta el demoledor plano final con toda la familia sentada alrededor de la cena. Dije antes que éste era un film imperfecto, por supuesto, la sorpresa viene cuando la mirada del espectador empieza a disfrutar de estas imperfecciones como parte de una obra indiscutible en su totalidad. Vehiculada a través de un perfecto Viggo Mortensen, sostenido en todo momento por Harris y Bello, es de un verdadero disfrute esa confrontación final a lo Brando que nos hace un exultante William Hurt. Cine con mayúsculas este pequeño cine independiente que, junto a Jarmusch, Van Sant, Payne y Eastwood, se ha erigido como el más necesario de este finiquitado 2005.
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