El creciente goteo de películas orientales que se estrenan en España no sólo permite descubrir a actores, directores y guionistas ninguneados por las distribuidoras. También ofrece la oportunidad de valorar el trabajo de compositores muy notables que de otra forma sería imposible apreciar. Así conocimos en el pasado los universos sonoros de Tan Dun (Tigre & Dragón, Hero), Shigeru Umebayasi (Deseando amar, 2046) o el maestro Zhao Jiping (La linterna roja, Semilla del crisantemo). Tres grandes que han influido, y mucho, en cómo los músicos norteamericanos conciben las partituras de aire oriental, como la reciente Memorias de una geisha de John Williams.

Election nos acerca ahora la figura de Lo Tayu, casi tan desconocido en China como aquí. Ésta es su segunda incursión fílmica acreditada tras la cinta de acción The Big Heat (1988), título en inglés de Cheng shi te jing, codirigida por Johnnie To, Andrew Kam y Tsui Hark. Eso no ha sido obstáculo, sin embargo, para que su trabajo fuera uno de los más nominados en su categoría en varios festivales durante el pasado 2005, especialmente en China y Taiwán, sus dos mercados naturales. Y no es para menos. El score de Tayu atrapa desde los títulos de crédito iniciales, cuando el director introduce al público en el escurridizo mundo de las Tríadas hongkonesas, las organizaciones mafiosas que controlan la antigua colonia británica.

No hay sorpresas en la instrumentación, neta y lógicamente de raíz china, pero sí en su significado como refuerzo de las vibrantes imágenes que brinda Johnnie To. El estilo directo y brutal del realizador encuentra su perfecto copiloto en una partitura sorda, atmosférica y contundente, a base de percusiones, que aumenta el calado dramático de la narración. Los disparos visuales de To tienen su eco en los aldabonazos sonoros de Tayu. Una relación inquietante que, como la historia, desemboca en un clímax de una crudeza insólita, apuntada durante el metraje en una sucesión de escenas que explican el regocijo confeso de Tarantino por la obra de To. La explícita violencia visual y musical del filme no es, nunca puede, ser hermosa; pero tiene en su presentación descarnada un poder de atracción tan fascinante que obliga a reflexionar sobre su peso en los actos del hombre. Esa calidad indescifrable y malsana demuestra hasta qué punto el ser humano sigue los dictados de su instinto animal.

En ese contexto de "matar para vivir", la banda sonora es el hilo de cobre que transmite la descarga eléctrica, el percutor que activa la bala, la fuerza que impulsa a Lok (Simon Yam) a descargar una y otra vez la piedra con la que machaca la cabeza de su rival al final del filme. Golpe a golpe, sin misericordia, como la gota de agua lejana que vuelve loco al condenado, Tayu y To transforman la violencia en un poema de amor y veinte canciones desesperadas. El erotismo del poder y la lujuria del asesinato se convierten, así, en un espectáculo mórbido que arrastra al ojo sin necesidad de esposas. Ese efecto sonoro acumulativo recuerda al creado por las notas de piano que enmarcaban el viaje alucinatorio de Tom Cruise en Eyes Wide Shut, o al impecable crescendo —también sobre piano— que orquestaba James Newton Howard en Señales.

Con una diferencia. Mientras que éstos conducían al público-oyente hasta los fangos de la sorpresa —Cruise, atónito ante la máscara depositada en su cama; Gibson, alucinado por la invasión que dinamita aún más su fe—, Tayu lo abofetea con notas del calibre 38 con la punta mellada. A falta de un machete o un bate de madera, las Tríadas marcan así las balas para matar lentamente a su enemigo, que se desangra entre horribles estertores

Por Raúl Álvarez
caratula

Música de Lo Tayu NO HAY EDICIÓN DISCOGRÁFICA. Un film de Johnnie To.