Easy Rider 2
Todas las profesiones que pretenden caracterizarse por una agobiante apología de la virilidad han tenido desde siempre un indiscutible potencial gay, muy poco explotado por parte de una Industria obsesionada con hacer películas "normales" para gentes "normales" (es un hecho probado que para muchos norteamericanos los homosexuales nunca han sido ni serán gente normal... y no hace falta irse a la América profunda: basta con escuchar a fiscales del estado, gobernadores y hasta presidentes de la nación). Pero por más que los retratasen siempre con un pitillo entre los labios, rascándose el sobaco y con un tatuaje en el hombro, a mí nunca me engañaron. Me pasaba ya viendo películas de guerra donde efebos sudorosos se pasaban no sé cuántos meses cohabitando en medio metro cuadrado, encerrados en el submarino de turno, mirándose con cara de miedo y escribiéndoles larguísimas cartas de amor a sus novias de Wyoming. No colaba. O esos bomberos, muchachotes del norte, castigándose el cuerpo a abdominales para admiración de sus compañeros de faena. ¿Heterosexuales sin fisuras? Bah, hombre, bah...
Con el western también tenía esta sensación ambigua. El "colega" con el que uno corría mil y una aventuras, se emborrachaba, iba al inevitable burdel fronterizo... todo era tan casto y puro entre ellos que daba un poquito de asco, con todos los respetos. Algo no cuadraba.
Era de esperar, pues, que alguien cogiese estos argumentos "clásicos" y los pusiese al día, ajustándolos al ritmo de los tiempos. Que a alguien se le ocurriese contar, sencillamente, la eterna y consabida historia de amor. Pero —¡por fin y de una vez por todas!— entre dos hombres. Sin convertirlo en cine minoritario sólo exhibible en salas sórdidas o en guetos rosas. Con la misma sencillez y sensibilidad que otros han utilizado para hablar de lo mismo, pues pocas cosas hay tan universales como el amor (perdonen por el arrebato cursi; última vez que me hago el metrosexual en este artículo).
¿Pero he dicho 'amor'? No, no. Brokeback Mountain no es una película de pasiones, sino de soledades. Estoy harto de la estúpida coletilla utilizada en todas partes, «ah, sí, la de los cowboys gays». No. La de los cowboys solos.
Ang Lee ha sido el hombre que se ha atrevido a romper tabúes y darles un poco de su propia medicina a los supuestamente "progresistas" habitantes de la colina más clasista de Los Ángeles. Sólo por la valentía, Ang merece todos mis respetos y le deseo la mayor de las suertes en la próxima ceremonia de los Oscar (creer que esta película no se ha hecho con el ánimo de arrasar en una ceremonia de premios es un acto de suma ingenuidad). Pero vamos a hablar de cine, no de buenas intenciones.
El arranque de En terreno vedado (¿¿quién demonios se encarga de traducir los títulos?? ¡Un poco más y la titulan Maricones en el coto!) es verdaderamente magistral. Una presentación de personajes digna del Bogdanovich de los buenos tiempos (siempre que alguien retrata el Medio Oeste americano, The Last Picture Show acude, indeleble aún, a la memoria). Dos personajes definidos por sus silencios. Uno, circunspecto y parco en palabras (Ennis). El otro, ligeramente más extrovertido —atendiendo a su vocabulario gestual—, acostumbrado a lucirse en rodeos y fiestas de guardar (Jack).
Su encuentro y subida al paraíso (montañas aisladas, picos que huelen a libertad, a salvo de ese valle ultraconservador) se corresponde con los mejores momentos del filme. Los excelentes 45 minutos con los que arranca Brokeback Mountain hacen que el resto del metraje sepa a anticlímax continuo, a epílogo alargado en pos de un verdadero final.
Las bazas con las que cuenta Ang Lee para hacernos tan agradable este periplo son de sobra conocidas: una fotografía espectacular y un acompañamiento melódico de circunstancias (¿un anuncio de Marlboro con más presupuesto?). Tan efectivo como trillado, no lo neguemos. Súmese a esto la mitología propia del western, que hace que nos aumente el ritmo cardíaco cuando vemos a alguien subido a un caballo, con un rifle enfundado en la silla. Funciona per se, sin necesidad de grandes alardes técnicos.
El período de aislamiento y progresivo conocimiento (incluyendo el carnal) de los dos personajes tampoco rompe moldes. La suspicacia inicial deja paso a la confianza, la confianza al intento por comprender al otro y ésta termina por desencadenar el inevitable enamoramiento. Con todos los respetos, lo hemos visto antes en El lago azul (¡qué cabrón que soy!), La balada de Cable Hogue o Lost in Translation.
Tras la separación de los personajes (¡qué gran mediometraje hubiese sido este filme!) comienza la parte más dolorosa. O pretendidamente dolorosa. Nuestros protagonistas —condenados, como tantos otros, a hacer "lo que se espera de ellos"— no se salen del guión, formando la típica familia de clase media (Ennis, con su irrenunciable novia de toda la vida) o alta (Jack, con una desinhibida niña de papá), con todos los "extras" incluidos: enanos llorones, mujeres insatisfechas, suegros estúpidos, monotonía infame.
El romance continúa a trompicones, espaciado en el tiempo. Encuentros donde aprovechan para quererse apresuradamente, siempre a escondidas, bajo el amparo de su montaña redentora... y que concluyen con la habitual retahíla de recriminaciones mutuas. Porque les guste o no, están condenados a no poder formalizar jamás su relación. Y a hacer infelices también a quienes estén a su alrededor. Jack parece llevarlo mejor, consciente de su homosexualidad y dispuesto a obrar conforme a su Naturaleza, aunque para ello tenga que conformarse con chaperos poco elocuentes. Ennis es quien se lleva la peor parte, atrapado por las circunstancias, lastrado por esa cerrazón provinciana que le provoca un ridículo complejo de culpa.
El histórico atavismo de la sociedad frente a la homosexualidad (y valía tanto para Norteamérica como para Europa, Asia o el Antártico) lo abordó con oficio Todd Haynes en Lejos del cielo, en clave años 50. Y la intolerancia en la Texas profunda para con las opciones sexuales menos masivas ya había sido retratada en Boys Don't Cry. El resultado también era parecido al de este filme: el martirologio, que nos remite forzosamente a los cadáveres en la cuneta de Easy Rider. Allí también se hablaba de horizontes abiertos. También había soledad, búsqueda de nuevas experiencias, pánico ante la diferencia. Motos en lugar de caballos, maría y sexo libre en lugar de homofobia.
Brokeback Mountain, con ese "toque" pictórico que oscila entre el costumbrismo mitológico de Frederic Remington y el realismo americano de Edward Hopper, es una película efectiva, vívida y sentida, aunque no tan sincera en lo que se refiere a sus pretensiones. En una década en la que Hollywood parece aprovechar cada edición de los Oscar para deshacer un agravio (contra los actores negros, contra las películas fantasiosas que nunca se llevaban premios grandes, contra la eutanasia, contra Polanski), ha llegado la hora de contentar al lobby gay.
Me parecerá genial que Brokeback Mountain se imponga, si realmente atesora los suficientes merecimientos frente a sus rivales. Pero resulta algo cargante la necesidad imperiosa de encumbrarla como obra maestra (ya saben: cada viernes se estrenan cuatro de ésas), cuando no deja de ser una película apenas original sobre un tema —eso sí— desgraciadamente poco visto en las pantallas norteamericanas. Quizás sea por eso (¿influencia de nuestro desbocado Almodóvar?) que hasta me parezcan castos los encuentros sexuales, empeñado Lee en llevarnos por la vereda sentimental. Es más: me resulta excesivamente bienintencionado y timorato en su plasmación de la homosexualidad, como aquellas películas "con moralina" y "para hacer pensar" que hacía Kramer, relacionadas entonces con el racismo y otras lacras. O los americanos están muy atrasados o nosotros muy adelantados, no lo sé.
Alejada de cualquier exceso que pueda hacer bajar su recaudación (riesgo que si corría Nagisa Oshima en la curiosa Gohatto) y a años luz de películas europeas de los setenta (firmadas por Pasolini o Fassbinder) donde ya se hablaba de la homosexualidad sin florituras ni serenas composiciones de cámara.
El camino pretendidamente "vedado" por el que transita Lee ya nos lo conocemos. Me hubiese gustado una película rompedora, con la capacidad de escandalizar todavía a algún paleto, de abordar con voluntad de polémica una realidad (el movimiento gay ya cuenta con unas cuantas décadas a sus espaldas, no hace falta ser tan contemporizador con el público hetero). Y Ang Lee, además, hace lo imposible porque sintamos compasión por sus personajes, porque ejerzamos de Dioses misericordiosos y nos apiademos de sus almas. Y a mí no me parece que sean dignos de lástima; al contrario: los considero muy afortunados, en tanto y cuanto aman y son amados.
La historia concluye —estúpido es el negarlo— con un plano para el recuerdo, una instantánea enmarcada a su vez dentro de una fotografía, en el interior de la hoja de un armario que se cierra (espero que Ang Lee no buscase una metáfora pedestre). Sin llegar a ser tan profunda como algunos pretenden, con esmeradas soluciones en cuanto a la planificación y puesta en escena, Brokeback Mountain es una solvente muestra de melodrama, sin estúpidas exclusiones por razones de sexo.
Y eso, viniendo de donde viene, posiblemente sea todo un logro. Pero no un hito. |
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EEUU. 2005. Título original: Brokeback Mountain. Dirección: Ang Lee. Guión: Larry McMurtry y Diana Ossana, basado en un relato corto de E. Annie Proulx. Producción: Michael Costigan, Tom Cox, Scott Ferguson, Michael Hausman, Larry McMurtry, Murray Ord, Diana Ossana, William Pohlad, James Schamus, Jordy Randall. Fotografía: Rodrigo Prieto, en color. Música: Gustavo Santaolalla y Marcelo Zarvos. Montaje: Geraldine Peroni y Dylan Tichenor. Vestuario: Marit Allen. Diseño de producción: Judy Becker. Duración: 134 min. Reparto: Heath Ledger (Ennis Del Mar), Jake Gyllenhaal (Jack Twist), Randy Quaid (Joe Aguirre), Anne Hathaway (Lureen Newsome), Michelle Williams (Alma), Valerie Planche (camarera), Graham Beckel (L.B. Newsome), David Harbour (Randall Malone). |
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