Accidentado cruce de destinos
Alargada ha sido la sombra que ha ejercido sobre el cine americano contemporáneo el film de Robert Altman Vidas cruzadas (Short Cuts, 1993). Su influjo ha levitado de una manera persistente en todos aquellos directores que han pretendido acercarse a la sociedad americana y a los problemas que palpitan en su interior a través de la construcción de monumentales retablos surcados por infinidad de trazos subterráneos que, entrelazados entre sí, intentaban conformar un caleidoscopio de realidades cotidianas que terminaban, por obra y gracia de la ficción cinematográfica, convirtiéndose en reflejo metafórico de un mundo en permanente conflicto y suspendido en una acuciante crisis de valores.
Paul Thomas Anderson aplicó este esquema para su Magnolia (1999), Steven Soderbergh reactualizó la fórmula para teñirla con los colores difuminados del thriller de raigambre documental en Traffic (2001), mientras que Alejandro González Iñárritu desplegaba desde México una contundente y vigorosa mirada realista con Amores Perros (2000).
Precisamente, entre los márgenes de estas tres ambiciosas propuestas bascula la ópera prima del hasta el momento guionista Paul Haggis (conocido esencialmente por haber firmado el texto de Million Dollar Baby de Clint Eastwood, director con el que también colaborará en su próximo y esperado film, Flags of Our Fathers). Es Crash una obra sinuosa, sombría, de gravedad trágica que se sumerge en los recodos oscuros, en las esquinas de la ciudad de Los Ángeles a través de la vida de un puñado de personajes en busca de sí mismos.
El tejido narrativo se configura en torno a las diferentes colisiones que se establecen entre cada uno de ellos; encontronazos que pueden simplificarse en accidentes de tráfico, pero cuya sustancia más profunda de significación nos remite a los golpes que en la vida recibimos cada uno de nosotros en lo más íntimo de nuestro ser. El choque como materia narrativa de primer orden, el impacto, la confrontación entre dos realidades contrapuestas, entre las culturas que habitan un espacio que se encuentra en continuo conflicto por generar en su seno un hervidero de incompatibilidades, de odio, de egoísmo y de violencia.
El panorama dibujado en Crash resulta por ello tremendamente desolador, viéndose reflejado, en un nivel más superficial, en las acciones y comportamientos que caracterizan a los personajes, pero todavía más importante (algo que supone uno de los hallazgos del film) en el ambiente de miseria moral que se respira en la atmósfera turbia y viciada transmitida desde las rendijas de las cloacas de la ciudad de Los Ángeles, erigida como un foco de irradiación de dolor y sufrimiento, un catalizador que polariza cada una de las acciones que se promueven en su interior. Al fin y al cabo, el discurso de fondo del film se conecta con el que intentan exponer alguno de los grandes creadores del universo cinematográfico contemporáneo, como Tsai Ming-liang, y consiste en reflejar las dificultades contra las que deben luchar los ciudadanos inmersos en la progresiva desnaturalización que promueven las grandes concentraciones de población, siendo la soledad, el aislamiento o la incomunicación alguna de sus más visibles consecuencias. Por supuesto el alcance en la postulación de estas ideas no llega en el caso de Paul Haggis al nivel metarreflexivo del célebre director taiwanés, pero resulta sintomático que desde las más diversas cinematografías comience a abordarse este problema como uno de los más insalvables obstáculos que tiene que superar el hombre cosmopolita en su acercamiento al resto de la humanidad.
Como dice el personaje de Don Cheadle al principio del film, «existe tan poca comunicación entre las personas de L.A. que tienen que chocar sus coches para tener la sensación de proximidad y calor». Terrible afirmación que expone y adelanta de un modo contundente y preciso todo lo que vamos a ver a continuación.
Y lo que vemos es un despliegue, a modo de contrapunto, de una estrategia argumental compuesta por varios hilos de sucesos que se entrecruzan, y que dejan tras de sí un apretado tejido rematado de fugaces instantes, de tipos y de acontecimientos que se superponen unos a otros, de forma que se encadenan los episodios, se ensamblan las historias, creándose un estadio superior que los recoge a todos y los aglutina de forma que su resultado es una pieza de carácter único y cerrado.
El problema al que debe enfrentarse Paul Haggis es el de insuflar dentro de esa estructura arquitectónica arquetípica un aliento de autenticidad y verdad, así como una modulación adecuada de cada una de las hebras con las que está trenzando su narración.
La sensación de verdad queda en este caso bastante disminuida, pues en todo momento somos conscientes del artificio al que nos somete el relato; una serie de itinerarios que interseccionan y confluyen para estallar en una situación incontrolada (e inesperada) que trastoca los cimientos vitales de los personajes y de la que extraen una enseñanza moral que los ayuda a resituar su posición ante el mundo que habitan. Así, conviven en Crash momentos que destilan un refinado hálito de tragedia, impregnados de una fuerza visual arrolladora de gran intensidad (en especial aquél que protagonizan Matt Dillon y Thandie Newton tras el accidente de ésta), otros que caen en la autocomplacencia discursiva, sobre todo a raíz de incesantes diálogos que dan la vuelta sobre las mismas ideas una y otra vez, y por último instantes que demuestran la excesiva impericia del realizador a la hora de plasmar y canalizar su propio discurso, ya que éste se ve en ocasiones desbordado en fragmentos que intentan aglutinar demasiadas ideas en un espacio de tiempo que impide su correcta asimilación (como ocurre en el encadenado secuencial que, a modo de epílogo, pretende cerrar cada una de las historias). Esto genera un constante desequilibrio en el seno de la trama coral que se intenta desplegar, generando la sensación de que algo falta para completar el puzzle, de que éste se encuentra incompleto por la ausencia de una pieza fundamental que ayude a descifrar la esencia de los comportamientos de algunos de los seres que en él aparecen (sobre todo me refiero al personaje de Matt Dillon, que pide un mayor peso específico en la pantalla dada la impresionante y reveladora fuerza que en ella adquiere).
En realidad, Crash funciona más a modo de fogonazos intermitentes, y sobre todo halla sus verdaderas virtudes en el plano de referencia simbólica, pues se constituye como un documento valioso lleno de luces y sombras sobre la realidad en que nos situamos.
Resulta interesante el ambiente de crispación constante, de miedo latente que salpica el film, como si en cualquier momento estuviéramos esperando que se produjera un estallido de violencia generado por la inseguridad, la intolerancia, el temor irracional inculcado tras los atentados del 11-S, el racismo, la toma de conciencia de la discriminación... elementos que engendran un polvorín de odio, una espiral de rencor por ambas partes ofendidas. Por eso, Crash se convierte en una desmitificadora visión de en lo que se ha convertido el modelo de vida americano; un modelo de vida que rechaza la diferencia y que demuestra que los procesos de integración multicultural no han servido para enriquecer a la sociedad, sino que lamentablemente la han conducido a llenarse con el germen de la discordia.
Cuando iniciamos el recorrido por la interioridades de Crash, tenemos la impresión de que el film pretende erigirse como un ente supremo capaz de juzgar las acciones de los protagonistas. Sin embargo, a medida que avanza el metraje, nos damos cuenta de que éstos ya tienen bajo sus espaldas un peso con el que han de cargar, y los acontecimientos en los que se vean envueltos sólo servirán para entenderse mejor a sí mismos. Pero no hay salida del círculo vicioso, y el azar puede a veces pasar malas jugadas: aquellos personajes que pretenden llevar un camino recto, terminan topándose de bruces con la terrible y cruda realidad y los que han mantenido su vida siempre a los bordes de la legalidad, pueden descubrir que uno se siente más feliz ayudando a los demás. Entre el pesimismo y la necesidad de abrir una pequeña puerta hacia la esperanza se mueve esta película imperfecta en muchos de sus planteamientos formales y estilísticos, pero que tiene la virtud de transmitir con toda crudeza, evitando tentaciones hacia la galería, el estado de crisis y desorientación en la que nos encontramos todos a la hora de integrarnos con toda normalidad en la sociedad de nuestro tiempo. |
| EE.UU., 2004. Director: Paul Haggis. Productores: Cathy Schulman, Don Cheadle, Bob Yari, Mark R. Harris, Bobby Moresco y Paul Haggis. Guión: Paul Haggis y Bobby Moresco según el argumento de Paul Haggis. Música: Mark Isham. Diseño de producción: Laurence Bennett. .Intérpretes: Sandra Bullock (Jean Cabot), Don Cheadle (Graham Waters), Matt Dillon (agente Jack Ryan), Jennifer Esposito (Ria), William Fichtner (Flanagan), Brendan Fraser (Rick Cabot), Terrence Howard (Cameron Thayer), Thandie Newton (Christine Thayer), Ryan Phillippe (Tommy Hanson). |
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