Breve Intensidad
Comienza bien el año cinematográficamente hablando (ya que no en otros aspectos más importantes, al menos para quien esto escribe, a quien los Reyes Magos le han traído una hernia —también es cierto que podría haber sido peor, sobre todo después de vista la película de la que voy a hablar tras esta absurda digresión en contra de esos degenerados fetichistas que visitan disfrazados a los niños por la noches todos los 5 de enero—) pues estrena de nuevo uno de los directores franceses más interesantes del momento. Tal vez sería el más interesante (con permiso de Rohmer y los hermanos Dardenne y alguno más) de no ser por maestros como Godard o Chabrol, que todavía tienen bastante que decir, afortunadamente. Repite en el drama que tan buenos resultados le dio el año pasado en la excelente 5x2 tras unas obras anteriores en las que parecía experimentar con géneros con los que antes no había ensayado (la comedia musical de Ocho mujeres y el suspense hitchcockiano de Swimming Pool), y en los que también obtuvo resultados más que notables.
Años después de Bajo la arena (2000), El tiempo que queda supone la segunda parte de la trilogía que Ozon tiene pensado dedicar a la muerte (otros se la dedican a su señora, pero cada uno es libre de hacer lo que quiera). La película nos presenta a Romain, un joven de 31 años que tiene un buen trabajo como fotógrafo que le permite viajar de vez en cuando, un novio algunos años más joven que él, y una familia que le quiere. Pero también es egoísta, desapegado, y ahora, además, tiene un tumor y con suerte unos meses de vida.
Ozon no ahonda en la sensiblería, no intenta forzar la empatía con el personaje, no hay subrayados innecesarios que profundicen en su recuperación moral, incluso la banda sonora, que pasa casi desapercibida, es de una perfecta sobriedad que se adapta como anillo al dedo a la historia. Todo va apareciendo con naturalidad, y eso se lo debe el autor sobre todo a la excelente y contenida interpretación de Melvil Poupaud. Él es quien finalmente logra conmover al espectador, que éste le compadezca por su desgracia, que su redención resulte creíble y que se le perdone su comportamiento egoísta y despreocupado. En definitiva, que se le comprenda. La gente no cambia de la noche a la mañana y Romain no es ninguna excepción. Él sabe que no es un modelo a seguir, y así se lo explica a la camarera (Valeria Bruni, protagonista de 5x2) que le hará una proposición indecente. Y le costará cambiar, y se preguntará si realmente quiere cambiar, ¿Para qué? ¿Tal vez por los que le sobrevivan?
La película se va construyendo a base de pequeños episodios de los últimos momentos de Romain que puede dar una sensación de fragmentación en la historia a ojos del espectador. Comienza en su trabajo, donde sufre un desfallecimiento que le hará visitar al médico para descubrir la terrible noticia que le hará replantearse su vida, o más concretamente, preguntarse si le merece la pena replanteársela. Luego, las secuencias se van sucediendo de una forma esquemática pero con pulso firme. La familia, donde se descubre la incomunicación existente entre Romain y su hermana Sophie (Louise-Anne Hippeau). La conversación con su padre (Daniel Duval) en el coche, el último polvo con Sasha (Christian Sengewald), y la discusión que dará por finalizada su relación, el determinante encuentro con la camarera, la visita a su abuela, una sorprendentemente hipnótica Jeanne Moureau (la musa de Truffaut y Godard hace ya ¡más de cuarenta años!, ¿me estaré volviendo gerontófilo?), la única a la que confesará su enfermedad, en lo que podría verse como un último acto de egoísmo («te lo cuento porque también morirás pronto»). El encuentro con la abuela supone el punto de inflexión de la historia. A partir de ahí, reencuentros, reflexiones, incertidumbre y miedo ante la eterna soledad que le espera, el eterno vacío, por eso busca de nuevo a Sasha, y en el fondo tal vez es por eso que al final toma su gran decisión, en el difícil proceso de la aceptación.
Se intercalan también pequeños instantes de la infancia de Romain (jugando con su hermana, su primer encuentro con la muerte) y en ocasiones con el Romain adulto como testigo en directo de sus propios recuerdos, e incluso se introduce en la historia un leve toque onírico-fantástico al permitirse la inclusión de vivencias compartidas (no ya recuerdos) entre ambos, no tanto por el sueño del que el protagonista habla al doctor como por el emotivo encuentro final, que de nuevo, igual que en 5x2, se desarrolla en la playa. El broche perfecto para la crónica de esta muerte anunciada, breve, pero intensa, como la vida de su protagonista.
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| Francia, 2005. Título original : Le temps qui reste. Dirección y guión:
François Ozon. Producción:
Olivier Delbosc y Marc Missonnier. Fotografía:
Jeanne Lapoirie. Música:
Marc-Antoine Charpentier, Arvo Pärt y Valentin Silvestrov. Montaje:
Monica Coleman. Duración: 90 min. Intérpretes:
Melvil Poupaud (Romain), Jeanne Moreau (Laura), Valeria Bruni-Tedeschi (Jany), Daniel Duval (Padre), Marie Rivière (Madre), Christian Sengewald (Sasha), Louise-Anne Hippeau (Sophie), Henri de Lorme (Doctor), Walter Pagano (Bruno), Ugo Soussan Trabelsi (Romain [Niño]). |
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