Descerebrados en acción

«Me cautivó la mezcla de machismo, comedia, surrealismo y observación irónica»

Sam Mendes

Antes de nada, un par de párrafos divulgativos; una breve, amena —y por lo tanto, insuficiente— semblanza del arriba firmante, el otrora prestigioso Sam Mendes. Este niño prodigio llegó al cine avalado por sus montajes teatrales al frente de la Royal Shakespeare Company, con las mismas ganas de comerse el mundo y deslumbrar a mamá que Orson Welles seis décadas atrás (la mera comparación entre ambos resulta indecorosa, lo sé. Quédense con la idea, obvien lo que tiene esta de literal). Lo suyo, desde luego, fue llegar y besar el santo: premios por doquier con su ópera prima, la notabilísima y hasta cierto punto incorrecta American Beauty (no como ese bluff de Ciudadano Kane, que tuvo que conformarse con el Oscar al mejor guión) [Nota para evitar correos hirientes a mi dirección: esa última frase trataba de ser un comentario i-r-ó-n-i-c-o]

Luego vino un filme de género esmerado, con recuperación incluida de vieja gloria: Camino a la perdición, hasta la fecha, la última aparición en la pantalla grande de Paul Newman. Caía en algún que otro exceso formal (¿hasta qué punto era importante la fotografía de Conrad L. Hall en el cine de Mendes?), pero el conjunto era sólido... quizás demasiado sólido e inmaculado.

Hasta llegar a este su tercer largometraje, Jarhead, subtitulado justicieramente en España como "el infierno espera".

Lo reconozco: atendiendo únicamente a la trayectoria previa de su realizador, Jarhead ha logrado descolocarme por completo. Incluso me ha llevado a reflexionar (no lo hago siempre, no me sobrestimen) sobre el cine bélico y su circunstancia. Es más... ¿tiene sentido hacer películas bélicas a comienzos del siglo XXI? Yo creo firmemente que no. Es un género bastante más pornográfico que el calificado X y en un mundo perfecto no tendría cabida en nuestras pantallas, del mismo modo que tampoco echo de menos el no poder ver combates de boxeo por la televisión (en cambio me encanta el cine pugilístico... ¿curioso, no?)

No creo ni mucho menos que se haya dicho la última palabra sobre este jinete del Apocalipsis, un tema tan inabarcable —y por desgracia, inagotable— como es la guerra. Siempre recibiré de buen grado el cine comprometido, dispuesto a colocar en primer plano un conflicto olvidado, una disputa fratricida, una visión personal sobre algo —por desgracia— tan universal. Pero no se puede hablar de ciertos temas sin tomar partido, sin un posicionamiento ético, más allá de la mera enumeración de avatares pretendidamente "profesionales". Por mucho que uno presuma de tener intenciones cuasi-documentales.

Dos ejemplos al respecto. Black Hawk Down, espléndidamente realizada, nos sumergía de lleno en el caótico desarrollo de una acción bélica, en mitad de una confrontación urbana por entre las calles y las casas de adobe de Modagiscio. Se dejaba ver. Hacía subir la adrenalina mediante el recurso de moda —ya lo han apuntado algunos de mis compañeros—: la "violación" del espectador, la conmoción y el estado continuo de shock (uséase: la renuncia a cualquier atisbo de reflexión, la experiencia multimedia, el orgasmo sensitivo y la sedación del intelecto. El ocio porque sí, como finalidad en sí mismo, espacio muerto a rellenar entre dos actividades "lucrativas"). Nada en contra —la realidad también acaba cansando—, de no ser porque aquello que se nos contaba no estaba basado en una ficción: entre el 3 y el 4 de octubre de 1993 un puñado de militares perfectamente entrenados y pertrechados sufría poco más de una docena de bajas (¿se acuerdan del machacón slogan de «ni un hombre queda atrás»?), dejando en el bando contrario un millar de fiambres entre rebeldes y población civil.

Otro ejemplo lo tenemos en la notable El hundimiento. Los últimos días de Hitler vistos "desde el otro lado", con esa voluntad verista (cualquiera que estuviese mínimamente puesto sobre la II Guerra Mundial podía reconocer como certeros el orden en el que se iban sucediendo los acontecimientos) que parece estar tan en boga. ¿Cuál era el problema? Lo apuntó Wenders en su momento, en un artículo bastante duro para con su colega de profesión: ¿hasta qué punto es lícito lograr despertar en el espectador sentimientos de conmiseración hacia Hitler y sus acólitos del partido nacionalsocialista? ¿Me aporta realmente algo o por el contrario abona el terreno para perversas reinterpretaciones históricas?

Jarhead se centra en la guerra del Golfo, aunque sus imágenes nos remiten sin disimulo alguno a películas canónicas del género (Apocalypse Now, La chaqueta metálica, o El cazador), centradas curiosamente en el conflicto traumático por excelencia dentro del imaginario norteamericano: Vietnam. Sus protagonistas, pertenecientes al aguerrido cuerpo de los marines, parecen nostálgicos de la "machada" llevada a cabo en Indochina: imitan el vocabulario gestual de los actores, echan de menos una banda sonora propia para esta nueva epopeya, recitan de memoria la ristra de combates más encarnizados, durante los cuales sus compañeros de antaño se cubrieron de... gloria.

Todo comienza con el periplo de sobras conocido: instrucción, anulación de la personalidad, respeto religioso a la cadena de mando, novatadas consentidas y alentadas desde esa misma jerarquía, ritos iniciáticos cavernícolas, jerga basturra. Si no existiese la película de Kubrick, hasta parecería original.

La película no es abiertamente antibélica (a mi parecer, la única manera consecuente de abordar hoy en día el género), aunque cualquier espectador inteligente sacará sus propias conclusiones sobre el abotargamiento mental de los protagonistas. ¿Trata de denunciar la manipulación sufrida por la parte menos favorecida de la juventud de su país, embarcada en la protección de incomprensibles intereses económicos, engañados y apaleados por los hombres de caqui con la aquiescencia de Washington? Entonces, ¿por qué acompaña cada escena "cumbre" de ritmos musicales excitantes, de fanfarrias que hacen más atractivo aquello que se ve? ¿Por qué la gente se ríe de las barbaridades que sueltan los soldados, de los tacos encadenados, de tanta 'polla' arriba y 'coño' abajo, con el habitual espectáculo homófobo incluido? ¿Por qué me está colando una secuela de El sargento de hierro como si fuese el acercamiento definitivo a la guerra de un liberal de Hollywood?

Se me dirá que es lo que hay, que esa y no otra es la formación que reciben, con el único objetivo de convertirlos en asesinos a cuenta del Estado. Bueno, eso ya lo sabíamos. La película habla —qué duda cabe— con conocimiento de causa; no en vano adapta el libro escrito por alguien que estuvo allí enfangado, hasta el cuello de mierda y petróleo. Alguien que no guarda precisamente un buen recuerdo de su experiencia, sólo faltaría. Pero, francamente... ¿y a mí qué?

Mendes se olvida de aportar algo de su propia cosecha, una visión distinta (y quizás, complementaria) a la de un ex-militar quemado. Confía en que a todos nos interese su temporada en el infierno, pero resulta —como él mismo dice— que todas las guerras acaban pareciéndose y todas las películas alrededor de tamaño horror, también. Así que uno termina por perderse: ¿qué hace ese personaje a lo Michael Moore, más enteradillo que los propios analistas políticos, soltando soflamas en contra de la intervención armada en pleno campo de batalla? Si la guerra es tan mala y el ejército una sinrazón, ¿por qué da la sensación de que esos chicos han encontrado por fin una verdadera familia, que quizás no tienen otro sitio donde ir? ¿A qué viene que Jake Gyllenhaal sepa chapurrear el árabe, resolviendo así una situación harto comprometida? ¿Por qué no vemos morir realmente a ningún iraquí y en cambio sí a soldados americanos? Queda muy lindo que el diseño de producción nos regale paisajes alucinantes, con humeantes pozos de petróleo al fondo y cuerpos carbonizados (pero por eso mismo anónimos, sin nacionalidad). Volvemos a los hechos: durante la operación Tormenta del Desierto murieron 148 soldados norteamericanos en combate y casi 100.000 integrantes de la Guardia Republicana. Hasta la flojita Tres reyes parecía tomarse más en serio este dato inapelable: ¿qué me importa a mí lo mucho que se aburrían y se masturbaban los soldados americanos antes de arrasar a sus rivales? (No, esto no es un discurso antiamericano. Los europeos, como siempre, dijimos que sí con la boca pequeña y formamos parte activa de la coalición —británicos y franceses sufrieron también bajas, 47 y 2 respectivamente—, quedando nuestra "integridad" a salvo, porque los trastos de matar se los cedemos siempre a los expeditivos yanquis, para luego poderles gritar "¡malos, más que malos!")

En definitiva, que uno ya está harto de lo de siempre: que las novias de los soldados movilizados sean tratadas como zorras en potencia, que la masculinidad desbocada resulte tan vomitiva, que me tengan que importar las vidas de unos anormales y que la basura y la deshumanización se conviertan en espectáculo. Si a usted —como diría uno de los muchos "filósofos" de esta película—, todo esto "se la pone dura", no lo dude: ¡esta es su guerra!

Por Jorge-Mauro de Pedro
cartel

EEUU. 2005. Título original: Jarhead. Dirección: Sam Mendes. Guión: William Broyles Jr, a partir del libro de Anthony Swofford. Producción: Bobby Cohen, Lucy Fisher, Pippa Harris, Sam Mercer y Dougals Wick. Fotografía: Roger Deakins, en color. Música: Thomas Newman. Montaje: Walter Murch. Vestuario: Albert Wolskey y Albert Wolsky. Diseño de producción: Dennis Gassner. Duración: 123 min. Reparto: Jake Gyllenhaal (Swoff), Scott MacDonald (D.I. Fitch), Lo Ming (Bored Gunny), Peter Sarsgaard (Troy), Jamie Foxx (sargento Sykes).