Recogiendo los frutos del cine negro clásico

Exhala La cosecha de hielo un profundo sabor a cine clásico, como si se tratara de una muestra tardía de noir, eso que los críticos etiquetadores llaman neo-noir o post-noir, es decir, aquellas películas de ficción criminal hechas a partir de 1958, fecha en la que se sitúa el último film noir de factura clásica, Sed de mal (Touch of Evil, Orson Welles), y que tratan de recuperar el estilo, los temas, la atmósfera y los patrones codificados de serie que caracterizaron este antológico e inspirador género cinematográfico.

Y es que la evolución que ha sufrido esta propuesta fílmica, resulta profundamente representativa de lo que supone el proceso de reciclaje al que se vienen sometiendo los géneros en la actualidad. La postmodernidad alienta la ruptura de barreras, la mezcla de elementos dispares, la síntesis de ideas antagónicas... es decir, intentar deconstruir un concepto para devolver su esencia supuestamente enriquecida por la suma de valores añadidos. Sin embargo, las materias primas con las que se realizan estos mecanismos de absorción genérica siguen siendo las mismas, y La cosecha de hielo, se encarga de recogerlas una por una, de forma que se constituye, ante todo y sobre todo, como un ejercicio de reconstrucción nostálgica de un cine con sabor clásico y que se encuentra arraigado en la memoria de todos los aficionados como parte esencial de su particular historia de amor cinéfila.

Comencemos por la caracterización de roles, la cual corresponde a un arquetipo perfectamente definido. En primer lugar tenemos al héroe patoso, cuyas coordenadas se encuadran dentro de aquellas que acuñaron y desarrollaron los hermanos Coen para los personajes que habitualmente pueblan thrillers como Sangre fácil (Blood Simple, 1994) o Fargo (1996). Se trata de Charlie Arglist (encarnado por John Cusack con su habitual cara de despiste), un abogado metido en asuntos turbios e involucrado con algunos miembros de la mafia que intenta pasarse de listillo desplumando a sus peligrosos jefes. Pero otras connotaciones son esenciales para que el espectador esté seguro desde el primer instante que no se encuentra ante la imagen del típico héroe aventurado capaz de controlar todo tipo de situaciones. Charlie es un desastre en todos los sentidos, el típico mequetrefe al que nadie querría como compinche en un robo a no ser que fuera para utilizarlo como conejillo de indias: se pone nervioso, se comporta de forma improcedente cuando cabría mantener la compostura, lo detiene sistemáticamente la policía por conducir borracho...; además descubrimos que su pasado lo configura definitivamente como la viva estampa de un perdedor, ya que su mujer lo abandonó para casarse con su mejor amigo. Pero Charlie (a pesar de ponernos un poco nerviosos con sus meteduras de pata) nos cae simpático, quizás porque el panorama de degradación moral que alcanzan todos los personajes del film es tal, que las motivaciones de Charlie para llevar a cabo esta empresa suicida, nos parecen incluso revestidas de cierto romanticismo utópico.

En segundo lugar encontramos a Vic (Billy Bob Thornton), asociado en el robo junto a Charlie, constituyéndose como el típico personaje de connotaciones ambiguas que destila inquietud y desconfianza por los cuatro costados.

No podían faltar las figuras de los gánsters (Randy Quaid, Mike Starr), esos inefables matones (siempre con físicos desagradables y con cara de malas pulgas) con los que es mejor no toparse cuando están enfadados..., y por supuesto la femme fatale, la good-bad-girl (Connie Nielsen), esa chica por la que cualquier hombre haría lo que fuera para tenerla entre sus brazos, bella, seductora, distante... pero que destila veneno por cada uno de sus poros.

Ya hemos configurado nuestra plantilla de personajes indispensables. Sólo nos queda por ubicar a Pete (Oliver Platt), dispuesto a modo de contrapunto irónico dentro la narración; pero hay todavía un ente indispensable que condiciona a todos los demás, la ciudad de Wichita, pues como en todo film noir que se precie, el entorno pesa de manera totalmente condicionante sobre el comportamiento y los acciones de los protagonistas.

La América profunda como escenario inmejorable para representar los vicios de una comunidad cuyos miembros están lastrados por la codicia, el egoísmo y la mentira.

El paisaje helado resultará fundamental a la hora de transmitir extrañeza añadida en la conducta de unos personajes que se encuentran enroscados en un bucle temporal de tan sólo unas horas (el film transcurre en una noche) en el que ocurren infinidad de acontecimientos cruciales para el devenir de sus vidas, así como el ambiente navideño, aportará dosis de fina ironía al desplegarse toda una batería de corrupción y amoralidad en plena Nochebuena, donde se supone que reina la armonía, la paz y la felicidad en las familias cristianas.

De raíz turbia es por tanto el substrato argumental de La cosecha de hielo, pero también se encuentra recorrido por un vivificante fondo revestido de humor negro y de un nihilismo que raya en el cinismo. El director Harold Ramis, que lleva toda su vida practicando el género de la comedia pura, ha encontrado una buena forma de convertir en vitriolo sus sarcásticas visiones de la relaciones humanas gracias a la maña de Robert Benton a la hora de teñir con clarososcuros cada una de la ficciones en las que pone sus manos. Recordemos que Benton ha sido el responsable de títulos como Ni un pelo de tonto o Al caer el sol, films crepusculares que transpiraban la esencia de la mejor serie clásica negra.

La cosecha de hielo es un intento más por revivir este tipo de films. Y se disfruta, aunque lamentablemente no aparece perfilada con los trazos de una obra de absoluta contundencia, quizás por ciertas dispersiones en su guión, caídas de ritmo que tienden a la monotonía, un desvelamiento demasiado evidente de las máscaras que cubren las intenciones de los personajes más traicioneros y un tratamiento en la dirección de puesta en escena demasiado aséptico e impersonal, sin la fuerza necesaria para arrancar emoción o despertar un verdadero interés de esta correcta historia de traición, venganza y supervivencia en las tediosas calles heladas del invierno de Wichita.

Por Beatriz Martínez
cartel

USA, 2005. T.O: The Ice Harvest. Director: Harold Ramis Productores: Abert Berger y Ron Yerxa Producción: Bona Fide Produccions para Focus Features Guión: Richard Russo y Robert Benton, según la novela de Scott Phillips. Fotografía: Alan Kivilo, en color. Diseño de producción: Patrizia von Brandenstein Música: David Kitay. Montaje: Lee Percy. Duración: 88 minutos. Intérpretes: John Cusack (Charlie Arglist), Billy Bob Thornton (Vic Cavanaugh), Connie Nielsen (Renata), Oliver Platt (Pete van Heuten), Randy Quaid (Bill Guerrard), T. J. Jagodowski (el teniente), Mike Starr (Roy Gelles), Lara Phillips (Rusty), Ned Bellamy (Sidney), Meghan Maureen McDonough (Francie).