Oriente es occidente

Una de las caracteríticas más notables de gran parte del cine japonés anterior a la modernidad que significó la eclosión de directores como Nagisa Oshima, Shohei Imamura o Kaneto Shindo era su exclusiva capacidad para fusionar los elementos espacio-temporales con suma naturalidad, conformando un todo unitario de una fluidez pocas veces igualada desde otras latitudes. Es el caso de algunos films de Kenji Mizoguchi, Yasujiro Ozu o Mikio Naruse (no tanto de los de Akira Kurosawa, de una narrativa más cercana a la norteamericana), cineastas en cuyas obras el abismo existente entre la idiosincrasia japonesa y la occidental imponía insalvables diferencias entre los modos cinematográficos de una y otra zona geográfica. Estas propiedades que dificultan la comprensión de las formas sociales japonesas se encuentran totalmente ausentes de Memorias de una geisha, film ambientado en torno al Japón anterior y posterior a la Segunda Guerra Mundial y cuyas imágenes se muestran radicalmente desconectadas de las de los citados Mizoguchi, Ozu o Naruse. La adaptación del best-seller de Arthur Golden orquestada por Rob Marshall y auspiciada por Steven Spielberg desde tareas de producción (1) carece por completo de cualquier atisbo de indagación sobre Oriente. El detalle más claro al respecto es el hecho de que los protagonistas del film hablen en inglés (excepto en el prólogo —2—), quizás para emular los films de aventuras exóticas o guerras lejanas que proliferaban en el viejo Hollywood. Empero, el uso de una lengua cuya cadencia es muy distinta a la del japonés redunda en una gestualidad corporal que nada tiene que ver con la propia del idioma nipón. Otro aspecto a tener en cuenta es que sólo uno de los intérpretes del cuarteto principal, concretamente Ken Watanabe, es japonés, mientras que dos son chinas (Zhang Ziyi y Gong Li) y una malaya (Michelle Yeoh). De igual modo, el maquillaje y el peinado propio de las geishas ha sido alterado para resultar bello a los ojos occidentales contemporáneos (eso sí, evitando todo contenido sexual o incluso sensual para no salirse de las pudorosas pautas que guían a toda producción familiar que se precie), mientras que el vestuario y la decoración mezclan elementos sin ningún rigor histórico.

Alguien podría argumentar que Rob Marshall reintenta poner en práctica el desparpajo artesanal demostrado en Chicago, abrazando el puro espectáculo visual sin pretensiones realistas, pero el resultado dista bastante del de su anterior film, tal vez porque el guión de Bill Condon para aquel musical resultaba más inteligente e irónico que el firmado por Robin Swicord y Doug Wright para Memorias de una geisha, repleto de tópicos y superficialidad. Sus derivaciones argumentales, por ejemplo, son propias de un culebrón anglosajón (3) y distorsionan el sentido de la familia típicamente japonés para sus intereses dramáticos. También procede, en un recurso típico del peor cine de consumo masivo, a hacer que uno de los personajes explique de forma harto simploide cada uno de los vocablos japoneses que aparecen diseminados en el relato. Eso por no hablar del proceso descriptivo de los bailes y el resto de conocimientos necesarios para convertirse en una geisha, que casi parece calcado de las absurdas carreras en pos de la fama que caracterizan a Pop Idol o cualquier otro Operación Triunfo televisivo, el cual contempla la posibilidad de que una geisha se permita corregir y casi humillar a su acompañante con contrarréplicas "ingeniosas" (¡!). Asimismo, destaca el uso de elementos dramáticos a los que se les supone un valor emocional por sí mismos (el recuerdo recurrente de la protagonista, el pañuelo que atesora, etc.), a través de postalitas que pasan por encima de los aspectos más desagradables o incómodos: el sufrimiento de la chica en el período bélico ocupa cinco minutos escasos del generoso metraje; los militares americanos, repeinados e impolutos, parecen auténticos cascos azules, excepto uno que se distingue de los demás porque fuma. Y es que en esta película el tabaco sirve a modo de distintivo para identificar a los personajes negativos, como el mencionado militar o la despiadada dueña de la casa de geishas, e incluso la maléfica influencia del tabaco marca la transformación de la compañera de Sayori en una pécora que se presenta con un cigarrillo en la mano poco antes de traicionarla.

Aunque Rob Marshall se escude en su condición de experimentado coreógrafo, su película no funciona como un experimento naïf al estilo de los de Jean-Luc Godard, Guy Maddin o Seijun Suzuki. En su lugar, recuerda mucho más a títulos como Pearl Harbor, Gladiator o Misión Imposible 2. En el primero, los japoneses poseían calendarios con los días de la semana escritos en inglés. En el segundo, los romanos guerreaban como en la Edad Media y al morir iban derechos al cielo cristiano. En el tercero, los sevillanos quemaban a sus santos en las procesiones. En Memorias de una geisha, la protagonista efectúa un número musical acrobático que diríase inspirado por cualquier oportunista videoclip de un grupo pop postmoderno mientras cae sobre el escenario una nieve muy fotogénica que surge de no se sabe dónde... Son los signos de un cine en el que todo vale para mantener vivo el espíritu de ese fantasma al que se llama "cine clásico" y que, aunque se presente como cándido e inofensivo, esconde la no poco arrogante ambición de anunciar como verdadera una cierta visión del mundo, acompañada de un claro interés por negar las diferencias o disidencias respecto a los modos de organización vital que intrínsecamente propugna. Un cine que da por hecho la imposición universal de un férreo pensamiento único a nivel histórico, cultural e ideológico, el cual, bien que les pese, aún no ha sido posible en gran parte gracias a la labor de un puñado de artistas de toda condición y nacionalidad (algunos de los cuales han sido nombrados en este artículo) mucho menos propensos a los "grandes discursos" que los responsables de Memorias de una geisha.

(1) El presente film formó parte de la agenda del director de Tiburón durante años, aunque finalmente decidió ceder las riendas del mismo al responsible de la oscarizada Chicago.

(2) El cual, al menos en la copia estrenada comercialmente en España, ni siquiera ha sido subtitulado.

(3) La secuencia en la que Hatsumomo advierte a Sayuri su intención de destruirla antes de irse y dejarla sola en primer plano (en un recurso sobado hasta la médula) podría haber sido extraída de cualquier episodio de Dallas o Falcon Crest.

Por Alejandro Díaz
cartel
Estados Unidos, 2005. T.O.: Memoirs of a Geisha. Dirección: Rob Marshall. Guión: Robin Swidord y Doug Wright, basado en la novela de Arthur Golden. Producción: Lucy Fisher, Douglas Wick y Steven Spielberg. Fotografía: Dion Beebe. Música: John Williams. Montaje: Pietro Scalia. Diseño de vestuario: Colleen Atwood. Duración: 145 min. Intérpretes: Zhang Ziyi (Sayuri), Michelle Yeoh (Mameha), Gong Li (Hatsumomo), Ken Watanabe (Presidente), Kôji Yakusho (Nobu), Youki Kudoh (Calabaza), Kaori Momoi (Mamita), Cary-Hiroyuki Tagawa (Barón), Suzuka Ohgo (Chiyo).