Los siete magníficos
A pesar de ser uno de los géneros por excelencia dentro de las filmografías orientales desde hace ya muchas décadas, lo cierto es que el wu-xia (o cine de espadachines, magia y fantasía para la gente de a pie) ha sido una gran incógnita en el mundo occidental para los no iniciados, hasta hace poco más de un lustro.
Aún incluso gozando hoy de cierta popularidad entre el público, el wu-xia no es respetado como el género propio que es, con sus constantes, sus temas, sus apuntes estilísticos... y sus estrellas, pero sobre todo, como apartado autónomo cinematográfico que es, lo que podría catalogarse como el western del cine oriental, consta buenas películas y malas películas.
Siendo honestos, hoy en día estamos aún muy lejos de comprender el fenómeno que supone una película de estas características entre sus seguidores más acérrimos, apartándola o despreciándola en la mayoría de los casos por ser una prueba fehaciente de lo que debe ser el cine de ficción puro y duro, aquel que se aleje de la realidad todo lo posible para adentrarnos en otra realidad, aquella que nos proponen sus creadores y a la que nos invitan, siendo el único requisito olvidar los prejuicios y retazos cotidianos para sumergirnos en otra época, en otra cultura, en otra película.
Del mismo modo que al Señor de los anillos jamás se le ha criticado su fantasía, la cada vez mayor popularidad del género ha hecho que se observe a las películas que formarían este homogéneo apartado con una lupa mucho más amplia y estrecha que a cualquier propuesta más tradicional.
Buena culpa de ello es del cineasta Ang Lee, que en el año 2000 nos brindó la maravillosa Tigre & Dragón, que debido al éxito que cosechó y la consecución del Oscar de la academia dio un impulso renovado al wu-xia, similar al que sufrió el western a principios de los 90 cuando Eastwood la lió con Sin perdón.
El problema vino dado cuando Lee dejó una obra maestra que en vez de servir como estandarte y mástil en el que apoyarse para el resurgir de un género y mostrarlo al mundo occidental, fue más un patrón del que se han derivado casi todas las propuestas posteriores siendo incapaces la mayoría de encontrar su sitio y su esencia como largometrajes.
De este modo la acción precisa mezclada con la justificada poética visual y narrativa que desprendía Tigre & Dragón, sobrevino en las vacías muestras pictóricas que Yimou nos dejó, caso de las visualmente magistrales pero inocuas y ridículas Hero y La casa de las dagas voladoras, siendo éstas absurdas propuestas que pretendían aprovecharse del éxito obtenido por la cinta anteriormente citada y que lo único que consiguieron fue manchar el nombre de su director.
Por suerte, el wu-xia cuenta con un respaldo industrial alejado de la poética de la que sólo son capaces los maestros, para fomentar dentro de ese campo propuestas más amenas y dirigidas a un público capaz de disfrutar durante dos horas y media del espectáculo ofrecido.
La gran ventaja con la que cuenta Siete espadas es la voluntaria falta de prosperidad que se convierte en su mayor acierto. La película está planteada como un sano y honesto entretenimiento para disfrutar una tarde, sin pretender pasar a los anales de la cinematografía moderna. Ello viene demostrado, primero en la elección de su director, Tsui Hark, un experto en el cine de acción de Hong Kong que probó suerte al otro lado del Atlántico dirigiendo vehículos para Jean-Claude Van Damme y que ha conocido un renacer de su carrera de vuelta a su patria. La puesta en escena de Hark es notable, dotando al largometraje de un ritmo envidiable en sus (demasiado largas) dos horas y media de duración, creando secuencias de acción impecablemente coreografiadas y realizadas, amparado en una dirección artística y vestuario espléndido, siendo el detalle y el uso del color un elemento inteligentemente usado dentro de la resolución de la película, cuyo poder visual te atrapa desde el inicio sin llegar a adormecer como en el caso de los largometrajes de Yimou.
Consciente de su condición de puro entretenimiento, Hark se sirve de una premisa tan básica que resulta casi risible pero que sortea con clase para ofrecernos un (y van...) remake de Los siete samurais de Kurosawa donde los siete espadas del título, siete guerreros del cielo, ayudarán a una aldea a protegerse del malvado ejército de tierra de fuego. Con el poder que le otorga una trama tan simple Hark se recrea en lo que mejor sabe hacer, potenciando las secuencias de acción y las coreografías de artes marciales, realmente espectaculares en ciertos momentos, olvidándose de la poética de Tigre & Dragón para centrarse en un aspecto mucho más terrenal y mundano como las desmesuradas dosis de violencia que impregnan el relato, alejándolas de la épica fantástica para acercarla en ciertos momentos más hacia el género gore, sin llegar a alcanzarlo, que a la magia.
Las estilizadas peleas que hemos visto este lustro en las películas wu-xia, son sustituidas aquí por carnicerías brutales llenas de sangre donde los villanos son auténticos demonios crueles provistos de armas demoníacas, por otra parte muy originales, lo que unido a su tono cromático más oscuro, potenciando las sombras, la niebla y el fuego por donde se mueve el ejército de tierra de fuego, le otorga un halo de "realidad" dentro de lo que podríamos esperar en una película de este calibre, que la separa voluntariamente de las cintas "de autor" que hemos podido visionar.
De este modo, y a pesar de su ya consabido argumento, peleas ya vistas y una duración demasiado larga para una película destinada al gran público, es de agradecer la honestidad de Hark a la hora de servir un producto de entretenimiento puro y duro, muy digno, que sin duda no defraudará a los aficionados del género.
Pocas cosas mejores se pueden decir acerca de una película. |