El tren de la vida
Hay pequeñas películas que contienen un gran mundo y Sud Express es una de ellas. Es en estos casos cuando poner estrellitas provoca cierta incomodidad. Porque, ciertamente, a este Sud Express le falta encarrilamiento, orientación, y le sobran algunas vías muertas. Y, sin embargo, luce una potencia asombrosa en algunas de sus imágenes. Es una potencia discreta, humilde, la potencia de la cotidianeidad captada por una cámara sincera; pero es real.
Comenté anteriormente (1) que se está produciendo una mutación histórica en el cine. La ficción se ha diluido lo suficiente como para dar paso a un registro documental en cuanto a captación de la realidad (¿de una realidad, quizás?) mientras que el documental está incluyendo en sus registros no poca cantidad de tramas o escenas ficcionadas. Sud Express se integra plenamente en esta corriente.
Trazada, elaborada, construida, rodada (¡nunca mejor dicho!) y, en definitiva, vivida, por Chema de la Peña y Gabriel Velázquez durante más de dos años, la película es la crónica de este peculiar río de la vida que une la supuestamente moderna ciudad luz con la ciudad del Tajo. Es el lazo que acerca Norte y Sur, los países desarrollados a los fugitivos de la miseria africana. Es, también, la resaca de la marejada vital que arrastra, de sur a norte, a personas que buscan su nueva oportunidad. Los dos directores se montaron en el tren, en múltiples ocasiones y sentidos, oteando apeaderos y husmeando, trazando, líneas argumentales y se encontraron con que su documental sobre la línea férrea tenía muchos ramales. De esta manera fueron incorporando diversas historias en torno al tren. En dirección sur-norte, las historias de Mili y Rashid, en busca de dinero y amor. Pero también la de Tino que trata de recuperar, a través de un amor que se escapó por esas mismas vías, algo de ilusión por la vida. Del mismo modo que, de norte a sur, Lucía hace lo opuesto. Parados en vías muertas, por circunstancias bien distintas, João y Rober ven, simple y dolorosamente, pasar los trenes.
De la Peña y Velázquez consiguen así una propuesta que se ve con agrado y cuya miscelánea tiene momentos francamente sugerentes. La contraposición del lepenista Samuel (¿un nombre un tanto irónico?), grosero, machista y racista, taxista galo que no duda en estafar hasta a los turistas españoles, frente a los demás taxistas, hombres tranquilos emigrados años atrás de Portugal y España, tiene buenos apuntes de guión. La ternura y discreción con que captan la soledad de João y Tino y, a continuación, el encuentro de éste con Lucía es francamente memorable. Como lo es la pequeña odisea de ida y vuelta de un vividor, un tanto ingenuo que, en definitiva, es Mili. Sin embargo, de modo inverso a lo que sucede con Crash (Paul Haggis, 2005), la capacidad de verosimilitud (en este caso proveniente en gran parte del mundo real, no de una ficcionalización) no se da de la mano con una buena construcción dramática. Samuel acaba siendo, por cúmulo de maldades, una caricatura. La ruta de Rashid es intermitente y se querría menos esquemática. La historia de Isa y Rober y la de Julián y José Antonio se intuyen como apuntes para cortometrajes y son vagones de cola que quedan un tanto forzadas en la red viaria de la película, descolgados de la capacidad emotiva de la historia de la pareja adulta y carentes de la inmediatez de la cámara en mano que capta los tiempos muertos de Mili en la pensión, en el tren, su viaje a Europa y su regreso curiosamente triunfal. "Europa no es esto. Europa es grande de verdad", dice el angoleño a su regreso a Lisboa, cuna de exploradores, como quien ha llegado donde muchos otros no pudieron.
Quizás Sud Express habría sido mucho mejor de haber sido realizada por Haggis y con el presupuesto del que Haggis dispone. Pero, por otra parte, me creo más a Mili que a sus colegas raperos de L.A., y a João y Tino más que a las adineradas parejas de la otra película. El esfuerzo de engrasar este convoy cinematográfico merece, como mínimo, un crédito a sus realizadores, maquinistas y viajeros de tan curioso proyecto.
(1) En el artículo «La vida secreta de los documentales», incluido en el especial del cine del 2005.
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| España, 2005. Dirección, guión y producción ejecutiva: Chema de la Peña y Gabriel Velázquez. Fotografía: David Azcano. Montaje: Antonio Lara y María Lara. Dirección artística: Rebeca Ces. Música: José Ángel Lorente. Duración: 103 min. Interpretación: Gerald Morales (Samuel), Tino Guimarães (Tino), German A. João (Mili), Lidia Pinville (Lucía), Javier Delgado (Rober), Pilar Borrego (Isa), Juanma Hernández (Julián), Miguel Martín (Luis Antonio), Hicham Malayo (Rashid), Séverine Batier (prostituta), Fernando Tavares (João). |
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