Cuando el divino marqués se transmutó en galeno

Comencemos por lo que todo el mundo sabe: Fritz Lang estuvo en tratos con el pérfido Mabuse en un total de tres ocasiones, cifra mágica que siempre parece denotar "una intención" en el autor (cuando lo único que revela es el fetichismo crónico que sienten los críticos por números y categorías). Tres eran tres, pues, y se encuentran lo suficientemente espaciadas en el tiempo como para representar auténticas fotos fijas del "estado del arte" de Fritz a lo largo de cuatro décadas: desde la etapa dorada del cine mudo hasta la lenta agonía de todo un modo de hacer y sentir el cine, allá por los 60.

Antes y después de abordar por primera vez las desventuras criminales de este villano sin par, Lang se había ejercitado en intrigas similares: un intrépido Indiana Jones en lucha contra una maléfica organización en las dos de las cuatro partes que debía de constar el serial de Las arañas (Die Spinnen, 1919-1920) y otro Quijote enfrentado a un sindicato del crimen con estructura empresarial en Los espías (Spione, 1928).

¿Quién es Mabuse? Mabuse es un ilusionista, un transformista, un estafador. También es un asesino, un criminal letrado obsesionado por hacer proselitismo de sus medios y habilidades, creando franquicias con su inimitable sello. Aunque realmente podría abrir una fundación con su nombre, pues no busca tanto el provecho personal como el mal ajeno, la jodienda al vecino anónimo. Es un hombre del renacimiento (abarca todas las vertientes luciferinas, deja constancia escrita de sus "hazañas")… lástima que su "misión" consista en tratar de acabar de una vez por todas con la civilización.

Porque Mabuse nos odia profundamente. Sí, a ti y a mí. Por existir, por estar ahí. Los motivos nunca han quedado muy claros, pero el doctor tiene algo personal en contra de la sociedad, el Estado o cualquier institución que trate de coartar su inalienable derecho a hacer daño.

El doctor Mabuse de 1922 (posiblemente, la única de las tres entregas que merezca el tratamiento de obra maestra) sería un fiel reflejo de la circunstancial república de Weimar, inestable invento que un agonizante Hindenburg acabaría sirviendo a los nacionalsocialistas en bandeja de plata. Los alegres años veinte (con su laxitud moral, su descoque previo al crash, la búsqueda compulsiva de emociones fuertes en ambientes turbios donde se mezclaba la crème de la crème con la aristocracia del lumpen) son aprovechados por Mabuse y sus apóstoles para la recolección de almas incautas y la estafa a gran escala. Sus compinches, todo sea dicho, son lo peor de cada casa: politoxicómanos, mujeres neurasténicas, desinformados que no saben muy bien dónde se han metido… más que un gang organizado, da la sensación de que sus más cercanos colaboradores son débiles mentales que han desarrollado una relación de dependencia hacia su Ilustrísima Malevolencia.

Y es que Mabuse deslumbra. No porque sea "un genio del mal" a la manera de las películas de James Bond –al contrario, todos sus golpes tienen algo de chapuceros-, sino por su convicción de que el único modo de hallar la redención es a través de la extorsión, el secuestro y el terrorismo indiscriminado. Hay que matarlos a todos. Fríamente, sin motivos personales. Nobles decadentes aburridos de la vida, policías metomentodos, amantes abnegadas. Todos son prescindibles. Su credo aparece ya claro: «si tengo la capacidad de influir sobre los demás… ¿por qué no la voy a utilizar en mi provecho?». Es más, ni siquiera eso: «¿por qué no voy a utilizar este don en contra de los demás?».

La comparación luciferina ha sido ya mentada, pero es que se trata precisamente de eso. Mabuse busca una transmutación de todos los valores existentes (otro que leyó a Nietzsche y no entendió nada), emprendiendo una cruzada nihilista sin oficio ni beneficio.

Decir que en su momento El doctor Mabuse se presentó dividida en dos partes, con un metraje final (recientemente restaurado por la sacrosanta Friedrich Wilhelm Murnau Stiftung) que sobrepasaba las cuatro horas. Entonces —como ahora— los exhibidores no estaban dispuestos a que el pase de una única película copase todo el programa de tarde, así que proyeccionistas autoerigidos en montadores se encargaron aquí y allá de aligerar el peso de las bobinas.

Y quizás la clave de todo esté en el adjetivo que acompañaba al personaje en la primera parte del original alemán: 'Spieler', traducible como 'jugador' o 'actor'. Eso es Mabuse: un tipo al que le gusta apostar doble o nada, vivir emociones fuertes, burlarse de la justicia, pasar por quien no es…

El Mabuse más politizado es el de 1933. Y es que a caballo pasado, todo el mundo se anima a encontrar relaciones algo forzadas. Tampoco se puede negar una cosa: el reinado del terror del que hablaba Lang, aquel clima de incertidumbre colectiva que serviría de caldo de cultivo para que el "espíritu" de Mabuse instaurase sin oposición su dictadura totalitaria, tenía dolorosas y obvias concomitancias con el nazismo.

Súmese a ello sus circunstancias personales, así como sus desavenencias con el recién nacido Tercer Reich (sí, el que debía de durar 1.000 años) y tendrán la lectura considerada válida hasta el momento: El testamento del Doctor Mabuse es una obra visionaria que alerta sobre todo lo que habría de acontecer en años venideros.

Sí, de acuerdo: no hace falta leer mucho entre líneas. La propia censura del régimen se encargó de subrayar —mediante su amputación traumática— cuáles eran los fragmentos que más le tocaban las narices, no siendo hasta muy recientemente que hemos podido disfrutar, en su extensión más o menos original, del "verdadero" testamento.

Con todo, la categoría maligna de este personaje es suficiente per se, para no tratar de circunscribirla a ningún totalitarismo en particular. Lang vuelve a hablarnos subrepticiamente del estado moral por el que atraviesa su país, sí, pero Mabuse sigue siendo básicamente el mismo: un loco de atar dispuesto a escribir la Biblia del anarquista resentido, las 1.001 recetas para convertir este mundo en una sucursal del infierno. Utiliza nuevamente sus poderes telepáticos para doblegar voluntades y se sirve de profesionales de prestigio para llevar a cabo su Obra. Lástima que al final el bien siempre se acabe imponiendo… ¡qué aburrimiento!

Tiene algo de paradójico el que la última película de Lang fuese también de la serie Mabuse. De vuelta a su patria chica, Lang nos devuelve a la intriga acostumbrada: un policía perspicaz tratando de desarticular una estructura criminal con un modus operandi muy particular (aquí Fritz se permite calcar alguna de sus escenas más celebradas, como la del asesinato desde un coche situado en paralelo al de la víctima). La intriga se concentra aquí en un gran hotel: vuelve a existir una sub-trama amorosa, un juego voyeurístico bastante morboso y un sótano tenebroso al que se accede a través de un ascensor con truco.

La película —al igual que sus dos anteriores, El tigre de Esnapur (Der Tiger von Eschnapur, 1959) y La tumba india (Das Indische Grabmal, 1959)— tiene el encanto de los seriales de principios del siglo XX, el aliento de la serie B autoconsciente (con el valor añadido, claro está, de estar rodada por un superclase como era el señor Lang). El crítico Serge Daney lo clavaría: "son filmes vulnerables, obtusos a fuerza de lógica, que conciernen a lo que pomposamente se llama 'la esencia del cine', que hace que algunos filmes sean idiotas cuando se los cuenta, y perturbadores cuando se los ve. A lo que hace que un film no sea su guión, ni el cine la literatura" (1).

Su retorno a Alemania se vio refrendado por un relativo éxito de público (curiosamente, sus tres últimas películas funcionaron bien en la taquilla europea) y por la total incomprensión de la crítica, convencida de que el viejo estaba ya un poco gagá. Menos mal que los chicos malos de la nouvelle vague estaban ahí para alabarle el gusto…

El mito de Mabuse fue retomado y explotado por otros. En Italia se perpetraron una especie de spaghetti-mabuses bastante deleznables e incluso nuestro ínclito Jess Franco dirigió títulos como La venganza del doctor Mabuse (1974), en las que el principal atractivo recaía en la catarata de tropelías que iba cometiendo el muy animal hasta ser apresado por la autoridad competente.

En el mundo de hoy, Mabuse no pasaría de ser un esforzado aficionado, con una vocación innata —eso sí—, pero con menos peligro que la delantera del Alcoyano. Aunque a los nostálgicos siempre nos quedará su mirada estrábica, su voz dominante, su hipnotizante meneo de manos… el Dr. Mabuse seguramente encontraría hoy su hueco en algún canal local, echándole las cartas a una señora de Cáceres que quiere saber cómo le va a ir en la cosa del amor. Otra manera como cualquier otra de hacer daño, mucho más zafia —y menos imaginativa— que las empleadas por este hijo legítimo del marqués de Sade.

Por Jorge-Mauro de Pedro