De la Tierra a la Luna

La Luna, y por añadidura el insondable universo, ha sido siempre fuente de inspiración y cuestionamiento para el hombre. En el plano artístico, ya escritores como Edgard Allan Poe o Cyrano de Bergerac crearon obras que tenían como elemento principal de sus ficciones el viaje del Hombre a la Luna. Estas aproximaciones, evidentemente, se realizaban desde una óptica básicamente fantástica. El paso del tiempo unido al incipiente avance industrial y tecnológico, provocaron más tarde el nacimiento de obras con un trasfondo más científico. De la Tierra a la Luna de Jules Verne y Los primeros Hombres en la Luna de H. G. Wells, son buenos y conocidos ejemplos.

Los acercamientos que ha hecho el cine al tan manido viaje lunar tampoco ha sido tan diferentes. El pionero francés George Melies filmó en 1902 el Viaje a la Luna (Le Voyage das la lune, 1902), donde la sombra de Verne toma cuerpo con la utilización de un cañón como método de propulsión. Como referentes claros que son, en estos albores de la ciencia-ficción, cabe mencionar que las dos obras anteriormente mencionadas de Verne y Wells también fueron llevadas al cine.  Así, se realizó De la Tierra a la Luna (From the Earth to the Moon, 1958), y en 1964 una versión de Los primeros Hombres en la Luna, aquí titulada como La gran sorpresa (First Men on the Moon, 1964), donde el dato más chocante resultaba ser que era ahora la primera expedición a la Luna la que descubría que los primeros hombres habían llegado en 1899 y la peculiar relación que establecían los expedicionarios terrestres con los selenitas. No es este el lugar adecuado para detallar y repasar los títulos y las constantes del género pero sí que cabría señalar que no es hasta la llegada de 2001: una odisea del espacio (2001: A Space Odyssey, Stanley Kubrick, 1968) que el cine abandona esta percepción a medio camino de lo ingenuo y lo pre-científico que se vislumbra en todos estos títulos citados.

Centrándonos más en La mujer en la Luna, el desarrollo, todavía embrionario, de los cohetes en el periodo de entreguerras permitió vislumbrar que éste sería, y nunca mejor dicho, el medio más eficaz para conseguir la llegada del Hombre a la Luna. En este sentido, la primera película realista fue la producción de Fritz Lang. El filme ofrece imágenes que podríamos definir como anticipatorias, y no es de extrañar ya que Hermann Oberth —guionista— y otros colaboradores que trabajaron para Lang eran científicos que habían sido colaboradores del programa de investigación del gobierno alemán para la elaboración de cohetes. Escenas como la del lanzamiento de la nave espacial, que nos resultan tan comunes actualmente, debieron ser una verdadera conmoción en la época en que se realizó la película. Es famosa la anécdota que atribuye a Fritz Lang la invención de la, ahora habitual,  cuenta atrás. El director señalaba que «si empezamos a contar a partir de uno, no sabremos cuándo terminar. Pero si empezamos desde diez hacia atrás, todos sabrán que la cuenta acabará en cero. Eso da un dramatismo inusitado a la situación». Diseñada, por lo tanto, como medio para  aumentar la tensión dramática, la estrategia de Lang terminó siendo asimilada por los profesionales del medio al que la película representaba y posteriormente universalizada a infinidad de situaciones. Además, más tarde, la verosimilitud de lo narrado por Lang hizo que las autoridades alemanas confiscaran las copias con el objetivo de no revelar el estado de sus investigaciones. Una vez llegaron al poder, los nazis también se encargaron de destruir todas las maquetas de la nave espacial porque, al parecer, ponía en peligro sus programas secretos.

La mujer en la Luna fue la última película silente de Fritz Lang. El futuro realizador de M hacía grandes filmes-espectáculo, como Los nibelungos, ya que opinaba que el cine mudo estaba basado en la acción. Producida por el propio director, viene a ser una continuación de la senda explorada en Metrópolis, aún siendo mucho más contenida y menos fantastique que ésta última. Ambas obras comparten un corpus temático común, que el propio Lang prolongaría en muchas de sus películas: el retrato de los mecanismos del poder económico y social, el avance positivo que supone el desarrollo de la ciencia y el efecto que ésta supone para el Hombre del futuro.

La película consta de dos partes muy bien diferenciadas. En la primera de ellas, se nos muestran los entresijos económicos y de poder que propician el viaje, en realidad un empresa económica más. Quienes ostentan el poder desean obtener beneficios económicos para perpetuar su situación social, haciendo sucumbir a los científicos y expedicionarios a sus exigencias. Mucho más cercana a Spione o a las correrías del Doctor Mabuse, es la parte más interesante de la cinta ya que consigue entretener, y de paso cimentar los pilares de las futuras producciones de espías, sin obviar lecturas más hondas acerca de la condición humana. Por otro lado, la segunda parte muestra el viaje en sí y es en ella donde se concentran la mayoría de los elementos de ciencia-ficción. Esta segunda parte comienza con una clara intención de retratar la parte más científica de la trama pero, a medida que va transcurriendo la acción, el folletín más caduco y naif se va haciendo un hueco hasta llegar a un final totalmente cursi. Si en el comienzo de la segunda parte Lang nos muestra de manera detallada como se realiza, fase por fase, un viaje espacial, a partir del alunizaje la credibilidad científica desaparece. Una vez llegados a la Luna, los cosmonautas pueden desplazarse por ella con sus ropas terrestres, dejando apartados los trajes espaciales, ya que la atmósfera lunar parece ser la misma que poseemos en la Tierra.

Lo peor de la película viene dado por el rígido esquematismo que sustenta a los diferentes personajes. Éstos no son más que meros arquetipos al servicio de una historia tan trillada como previsible: así nos encontramos con el héroe guapo, inteligente y de una pieza; la chica inocente y pura, el científico loco, etc. Tan sólo el buen quehacer de Fritz Lang por lo que respecta a la creación de imágenes y cuidado del suspense logra que el interés de la película no caiga en picado en el último tramo de La mujer en la Luna.

Por J.A. Souto Pacheco
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