¡Dios es cineasta!
El peso de lo transitorio se percibe en Liliom (Francia, 1934), película de carácter alimenticio —creo que en esta ocasión el término es especialmente apropiado debido a la situación de Lang en ese momento: recién llegado a Francia, de camino a EE.UU.—, en la que se aprecia si no tanto la falta de interés del director, sí una lógica falta de estabilidad y de confianza en su nuevo entorno, con lo que a este respecto suponen el trabajar por vez primera en otro país o la incertidumbre de su porvenir como cineasta… factores que hasta el momento Lang desconocía al ostentar el rango de director-estrella en la UFA y que, evidentemente, repercuten en el resultado global de la película.
Film, por tanto, a caballo entre las dos etapas geográficas, que no estilísticas, del director (1): la alemana y la estadounidense, y lo que es más determinante: realizada entre El testamento del Dr. Mabuse (1933) y Furia (1936), dos de los tótems de la filmografía languiana. Parece que de acuerdo a esta premisa dual, de obra frontera entre etapas, la película se nos presenta también en su estructura interna en dos partes bien diferenciadas, que para bien o para mal la definen y la enmarcan: la primera, y a la postre más interesante, es la etapa terrenal de las andanzas de Liliom (encarnado por Charles Boyer), de corte realista y trazo poético (un poco en la línea del cine de Carné, Duvivier...); y una segunda etapa celestial, casi podríamos hablar de un epílogo sobre la redención, basada en lo fantástico, lo sobrenatural, y de corte más abiertamente humorístico (más al gusto de un René Clair pesimista, por ejemplo) en la que tras su trágica muerte, Liliom llega al cielo donde será juzgado por sus faltas terrenales.
Esta división en dos registros bien diferenciados ya repercutió en su día sobre la escasa aceptación de la película entre el público francés, del que Lang decía no había captado la ironía de la segunda parte del film, y que él, dicho sea de paso, encontraba muy divertida y de la que se mostraba orgulloso. Pero quizá en este caso el problema no estuviese tan sólo en el público.
La primera parte, en la que Lang trata de hacer suyos unos personajes marginales de los bajos fondos parisinos, apaches y vagabundos en palabras de Méndez Leite y condenados a la fatalidad (sí, ahí está Lang), presenta apuntes interesantes; un ejemplo es la larga secuencia de presentación de Liliom como el simpático caradura encargado de atraer al público, esencialmente femenino, a un tiovivo de feria. Secuencias iniciales de un tono entre sórdido y picaresco muy del gusto de la época; en el que Lang es capaz de introducir una atmósfera muy atractiva, llena de personajes ambiguos y ya marcados desde el inicio por sus frustraciones y deseos.
Pero estos apuntes terminan por no ser suficientes ante la falta de consistencia dramática que se mostrará en la exposición de las relaciones hacia las que deriva el film entre Liliom y su mujer (la frágil Madeleine Ozeray), y en las que se suceden peleas y reconciliaciones más al antojo de unos preconcebidos esquemas de guión que del tratamiento más o menos verídico de los personajes (2).
Charles Boyer se nos muestra convincente en esa primera faceta de pícaro y caradura, pero no así en su vertiente más humana, en la que ni actor ni director consiguen darle las modulaciones necesarias al personaje para que el espectador pueda comprender o encariñarse con el personaje. Así, cuando Liliom se ve abocado al robo como único medio de subsistencia posible para mantener a su creciente familia, su consiguiente suicidio al verse acorralado por la policía, termina por no resultar creíble, haciendo de uno de los momentos de supuesta mayor intensidad de la película, uno excesivamente patético, y que de nuevo suena a impostura de guión.
La segunda parte, la celestial, es la que peor sustento dramático presenta. Con unas dosis de humor más bien faltas de chispa, y un tanto obvias en algunos momentos nos dan la impresión de que Lang no confía demasiado en sus propios recursos.
A su llegada al cielo, las más altas instancias analizarán las faltas de Liliom que se encontrará así en el cielo como en la tierra a los personajes que ya conocía en su vida terrena: lo reciben un funcionario de policía (eso sí, con unas pequeñas alas de ángel) y una atractiva secretaria de transparente blusa, en una imagen muy burocratizada del más allá. Aquí ensayará Lang por vez primera la celebrada utilización del cinematógrafo integrado dentro del film como instrumento definitivo para el análisis del comportamiento humano, y que al año siguiente repetirá en Furia, aunque aquí el lugar de los periodistas es ocupado por la propia divinidad (¡!) que se ocupa de grabar en celuloide todos nuestros actos, incluyendo nuestros pensamientos más oscuros (¡glups!). Precisamente será gracias a un buen pensamiento que a Liliom se le conceda la gracia de poder regresar a la tierra por un último instante y ver de nuevo a su mujer (y por vez primera a su hija, ahora ya crecida y vivo retrato de aquélla). Pero da la impresión que el grado de apasionamiento necesario para realizar reencuentros post-mortem con credibilidad, no lo alcanza aquí Lang; su mirada es más irónica y distanciada, con lo que el clímax del film termina por desarmarse por sí mismo (3).
Siendo Fritz Lang uno de los autores que más han huido de la clasificación genérica tradicional en sus films (4) —y ello pese a haber rodado westerns, cine negro o trabajado en los esquemas del cine social—, parece que señalar como principal defecto del film, precisamente, el cruce de géneros sea una acusación de escaso valor. Pero quizás los mayores problemas de la película vengan dados no tanto por su carácter dual o por sus interconexiones genéricas, como por la falta de engarce entre los distintos tonos que ésta maneja, que, podríamos decir, se nos presentan por separado, alternativamente: ahora dramático y realista, ahora cómico y fantástico, sin que se llegue a establecer una conexión real entre los dos modos de representación más allá de la inserción de algunos apuntes cómicos en la primera parte del film, generalmente reservados para la segunda.
Pese a todo quedan para el recuerdo algunos momentos, como la conseguida atmósfera en la presentación de Liliom en la feria, y las escenas protagonizadas por la silenciosa y asustadiza Madeleine Ozeray; la presentación de un cielo todavía más terrible y privado de libertad que la tierra (Lang también está ahí) y por supuesto la breve pero siempre grata aparición de Antonin Artaud como ángel de la guarda de Liliom.
(1) En todo caso habría que hablar de etapas diferenciadas en cuanto a sistemas de producción o en cuanto a criterios de valoración con respecto al propio director.
(2) Escenas matrimoniales en las que el personaje de Boyer se revela incapaz de la convivencia en pareja que remiten a la Barbara Stanwyck de Clash by Night, otra isla en la filmografía languiana, pero sin alcanzar la intensidad de ésta.
(3) La sombra del Borzage de El séptimo cielo planea sobre el film, y es además autor de una anterior versión cinematográfica de la misma obra, que no conozco.
(4) Leer a este respecto el artículo de Jose María Latorre, en Nosferatu 47, "Fritz Lang en América", 2005.
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