Éstos son los condenados

A principios de los años 20 del siglo pasado, Fritz Lang ostentaba en Alemania el estatus de estrella del cine. El director gozaba del reconocimiento de crítica y público por inolvidables películas como Las tres luces  (Der Müde Tod, 1921) y El doctor Mabuse (Dr. Mabuse, der Spieler, 1922), y tenía el suficiente poder como para poder elegir, aceptar o rechazar cualquier proyecto que se le ofreciese. Con anterioridad, el director había rodado películas ambientadas en localizaciones exóticas y sentía la necesidad de rodar un documento que sirviera para difundir la cultura alemana en todo el mundo. Se ha repetido hasta la saciedad que el director quería ofrecer la respuesta a películas como Intolerancia, pero el propio Lang reconoció en más de una ocasión que no era su deseo competir "con las enormidades externas de las películas norteamericanas de la época". Su intención  no era otra que la de conseguir una obra suficientemente representativa del espíritu alemán. Este empeño le llevó la friolera de dos años, siempre bajo el paraguas de la productora Decla-Bioscop, que se había fusionado con la carismática UFA.

Pese a que el nombre de la película puede inducir a equívocos, lo cierto es que el guión de la película combina con total libertad fuentes históricas y leyendas. La responsable del libreto, Thea Von Harbou, a la sazón esposa de Lang, se basó en fases determinadas del ciclo nibelúngico. En concreto, se inspiró en El Fin de Los nibelungos, redactado entre 1160 y 1170, y El Poema de los nibelungos, fechado entre 1200 y 1210. Además, en el guión se pueden apreciar efluvios, como señala Quim Casas en su libro sobre el director, de leyendas escandinavas, "diversas adaptaciones teatrales, la trilogía de Karl de la Motte y la obra de Richard Wagner" (1).

Las leyendas nibelúngicas han sido glosadas desde hace siglos en novelas, y se han intepretado innumerables veces en los escenarios teatrales, contribuyendo así a forjar uno de los mitos más definitorios de la cultura germana. Sin embargo fue el compositor Richard Wagner, con su magna obra, Anillo del nibelungo, el que les dio la fama de la que gozan desde entonces.

Los nibelungos se estrenó en dos partes, en febrero y abril de 1924, y aún así tuvo que sufrir severos recortes de metraje. En la primera entrega, Sigfrido, el  homónimo héroe protagonista se encamina a la corte de Burgundia para pedir la mano de Crimilda, hermana del rey Gunther. Por el camino se las verá con el dragón Fafnir. La sangre del dragón muerto le hará invulnerable, con excepción de una parte de su espalda en la que ha caído una hoja de tilo.  Gunther pone como condición para el matrimonio que Sigfrido le ayude a conseguir la mano de Brunilda. Sigfrido, con ayuda de una caperuza mágica que le proporciona invisibilidad, ayudará a Gunther a vencer a Brunilda en una serie de pruebas atléticas, debiendo incluso disfrazarse de rey posteriormente para cortejarla. Al conocer Brunilda la verdad, manda a Hagen dar muerte a Sigfrido.

Con el título de La venganza de Crimilda, la segunda parte muestra los planes de Crimilda, que había jurado vengar a su esposo en la primera parte. Para ello se casa con Atila, rey de los hunos, y le insiste para que invite a su hermano Gunther, acompañado de Hagen y todo su séquito. Crimilda convencerá a los hunos para que ataquen a los burgundios, sucediéndose después una carnicería sin parangón hasta entonces en la pantalla grande. Al final, Crimilda apuñala a Gunther y Hagen, desplomándose poco después en el suelo sin vida.

Las diferencias entre La muerte de Sigfrido y La venganza de Crimilda son evidentes. En la primera parte, Lang se vale de dragones, enanos que custodian tesoros, cavernas inexpugnables e imposibles fortificaciones resguardadas por un mar de llamas para narrar el ciclo heroico de Sigfrido. El realizador crea un mundo que respira con aliento propio, como más tarde haría Kurosawa en películas como Trono de sangre (Kumonosu Jo, Akira Kurosawa, 1957), donde no importa la verosimilitud de la acción sino el placer de abandonarse al deleite estético y visual.  Pero es que además, las mil y una aventuras por las que pasa el bravo héroe están rodadas con un sentido del ritmo que sorprende por su frescura y su atemporalidad, y que invita a visionar la cinta una y otra vez.

En cambio, La venganza de Krimilda responde a la obsesión del director por las pasiones más elementales. Krimilda es una víctima del destino, pero también está consumida por un deseo de venganza que satisfará a toda costa, aún a costa de la espectacular masacre con la que se cierra la película. Sin duda, una de las escenas más recordadas de la película, además del fiero combate entre Sigfrido y el dragón que le otorgará la inmortalidad (o casi), es aquélla en la que Krimilda contempla con gesto imperturbable la matanza final, ataviada como si se tratase de la misma diosa de la muerte. A su lado, futuras femmes fatales de Lang como la Joan Bennett de Perversidad (Scarlett Street, 1945)  resultan poco menos que hermanitas de la caridad.

Ambas partes tienen como eje fundamental y nexo la inexorabilidad del destino. La propia Harbou reconocía que la película había sido concebida para mostrar de qué manera la primera culpa lleva irremediablemente a la sanción final. Desde el momento fatal en que una hoja de tilo se posa sobre la espalda de Sigfrido, la progresión dramática de los personajes está regida por los designios del destino, sin que quede un mínimo resquicio para la acción del azar.

Ya en su anterior película, Las tres luces, el director reflexionaba sobre la idea de la inviolabilidad del destino. Las acciones de los personajes están regidas por sus instintos y pasiones más primarios, a los que no pueden escapar, y que acabarán provocando la orgía de sangre en la que se consumen finalmente. Quizá por esta razón, Lang no se decanta en ningún momento por ninguno de los personajes. Les enjuicia y comprende por igual, sabedor de que están condenados de antemano por pasiones ingobernables. Y es que en Los Nibelungos el director anticipa algunas de las constantes que se repetirán de forma cíclica en su filmografía, como la furia, el deseo de venganza y la búsqueda de la justicia por encima de las leyes y convenciones escritas.

La presencia del tirano Hagen Tronje ha sido interpretada por no pocos historiadores y críticos como un anticipo de los futuros dictadores que asolarían el Viejo Continente en la primera mitad del siglo XX. Señala Siegfried Kracauer en su libro «De Caligari a Hitler», que determinados elementos escénicos de la película subrayan la omnipotencia de la dictadura, en especial "adornos" humanos, como la pasarela de desembarco por la que desciende Brunilda o la imagen de unos enanos encadenados que actúan como pedestales decorativos de una urna gigantesca. La autoridad absoluta de los dictadores se refleja, considera Kracauer, "disponiendo a la gente bajo su dominio en diseños agradables", en lo que supone el triunfo de lo puramente artificioso sobre lo humano. Como se refleja en una de las película nazis por excelencia, El triunfo de la voluntad (Triumph des Willens, 1935) de Leni Riefenstahl, los decorados nacionalsocialistas estaban más que inspirados en Los Nibelungos, desde interminables escalinatas a edificaciones construidas expresamente para resaltar la sensación de autoridad.

A Lang le traía sin cuidado la fidelidad a la leyenda. El director vio siempre Los nibelungos como una obra eminentemente estética.  No es extraño encontrar momentos en que los personajes conforman composiciones ornamentales, como en la secuencia en que Sigfrido acude por primera vez al castillo del rey Gunther. El director filma formas arquitectónicas desmesuradas, estancias enormes rodeadas por interminables cortinajes y figuras geométricas perfectas que contrastan con unos personajes imperfectos atrapados en la rueda del destino. Lang subraya esta idea filmando en ocasiones desde una parte muy superior a donde se desarrolla la acción, empequeñeciendo adrede por igual a unos personajes que no pueden librarse de su destino con independencia de lo nobles que sean sus intenciones.

Es tanta la atención que Lang prodiga al detalle que en ocasiones los personajes dan la impresión de estar deslavazados, al servicio de un diseño de producción excepcional. Los dibujos geométricos que aparecen en el vestuario y armamento de los personajes beben por igual de la antigüedad y el Medioevo (la figura de Sigrido aventurándose con su caballo en los bosques neblinosos recuerda al Gran Pan de Böcklin) como de las vanguardias artísticas de los primeros años del siglo XX.

Si bien la película provoca la sonrisa en ocasiones por su encanto naíf, lo cierto es que sigue extraordinariamente viva después de más de 80 años. Los nibelungos ha sido el espejo en el que se ha mirado gran parte de la filmografía de espada y brujería de hoy y de siempre. Además, como apuntaba el compañero Jorge-Mauro de Pedro en su recomendable estudio sobre la película en Miradas de Cine, constituye una referencia confesa para realizadores tan míticos como Kurosawa y Eisenstein, que tomaron buena nota de la maestría con que Lang encuadra multitudes enfrentadas entre sí a cara de perro.

(1) Casas, Quim. Fritz Lang. Ed. Cátedra. Signo e imagen/cineastas. Pag. 106

Por F. Javier Pulido
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