Una historia de venganza
En septiembre de 1972 el joven gobierno de Israel, cuna del pueblo judío, contestó al vil ataque terrorista de un grupo paramilitar palestino, que asesinó a 11 israelitas en la ciudad alemana de Munich durante la celebración de los Juegos Olímpicos, activando una operación de nombre bíblico, la cólera de Dios, que tenía como objetivo la ejecución, uno por uno, de los artífices de aquella matanza. Una aplicación en toda regla del ojo por ojo, que pretendía demostrar la posición y fuerza de los judíos frente al terrorismo palestino, aumentando la presión sobre la comunidad internacional, que no vivió el suceso del mismo modo y cuyas respuestas inmediatas dejaron bastante que desear. Esta triste efeméride de la historia del s. XX se suma a los muchos episodios que ha tenido (y continúa teniendo) el conflicto entre judíos y árabes, palestinos en particular. Un conflicto de raíces, aunque no se quiera reconocer, tanto étnicas como religiosas que se remonta inicialmente a finales del s. XIX cuando apareció el sionismo, que dio pie a la llegada paulatina de judíos a la antigua Palestina, la posterior —tras la segunda contienda mundial— creación del estado de Israel y el continuo rechazo y protesta del pueblo árabe-palestino, cuya legitimidad se encuentra objetivamente fuera de toda duda. El odio engendrado y fomentado desde ambas partes por los fanáticos, los intransigentes, los xenófobos y los ultraconservadores, que ha dejado para el recuerdo —no es bueno olvidar, aunque se pueda llegar a perdonar— miles de muertos, ha ido creciendo hasta límites difícilmente comprensibles y/o justificables. A día de hoy después del avance en el proceso de paz (con la participación decisiva del gobierno moderado del tristemente fallecido —asesinado por un radical judío que le creía un traidor por negociar con el "enemigo"— Isaac Rabin y el ministro Shimon Peres, y la afortunada decisión de Yasser Arafat de abandonar las armas y perseguir a los terroristas) el cual logró, a mediados de los 90, firmar acuerdos para la formación de la nación palestina (la célebre "hoja de ruta"), el escenario no resulta muy prometedor, aunque la prudencia es la mejor consejera en todo caso: hace pocos días Hamás, movimiento radical defensor de acciones terroristas contra Israel, ha vencido por mayoría absoluta las elecciones legislativas de la Autoridad Nacional Palestina; el 26 de marzo se vota en Israel una nueva Knéset, y puede que sea preferible que las extremistas ideas del siniestro Benjamin Netanyahu no salgan reforzadas...
Regreso a Munich
El cineasta norteamericano de origen judío Steven Spielberg recrea en Munich la historia de Avner (Eric Bana), un agente del servicio secreto israelí, el Mossad, que lidera uno de los comandos de la operación "La cólera de Dios". Una historia que adopta las formas aparentes de un thriller político convencional, pero que tras esa capa de "normalidad" esconde una acerada reflexión sobre el conflicto, elevado a una digresión de índole moral válida en cualquier otro contexto, donde se habla de conceptos e ideas como la venganza y la justicia. En este sentido, me parece muy apropiada la solución de puesta en escena escogida por Spielberg de emplear como recuerdo hipertrofiado del protagonista la matanza de los deportistas, que a modo de insertos se le van apareciendo a Avner en determinados momentos de la narración, poniendo en primer término la que es la razón de la venganza emprendida contra los palestinos. Este discutible recurso —al salir de la proyección debo reconocer que no estaba del todo convencido de su idoneidad— y en especial cómo lo introduce al final con un deliberadamente feo montaje paralelo mientras hace el amor con su mujer, resulta, a poco que nos detengamos en él, coherente porque se trata de una proyección del suceso por parte del protagonista (en correspondencia, los insertos son cada vez más violentos e, incluso, más efectistas), que funciona como una especie de activación de esa "cólera", que permite ahuyentar los demonios de la incertidumbre y la duda, o al menos servir de pasajera justificación.

Munich se estructura, por tanto, en dos niveles, uno superficial, vibrante y tenso donde se dan cita con ligereza las reglas del thriller, y otro, llamémosle interno, donde se expone, en varias capas introducidas progresivamente, el drama ético que persigue a Avner y su equipo. Si el primero produce una sensación continua de inmediatez y se articula gracias a una virtuosa narración, sustentada básicamente en una admirable concepción del suspense (el realizador obtiene un excelente rendimiento a la aplicación de las líneas maestras de este medio de expresión), el segundo esparce el lado más amargo y cruel, imprimiendo una notable carga de tribulación e inestabilidad al relato, que resulta lo más interesante del mismo. Spielberg triunfa con su planteamiento, gracias a la imbricación de ambos niveles en un corpus completo y compacto, que otorga a cada escena, incluso me atrevo a decir a cada plano, varias lecturas complementarias, teniendo siempre presente el conflicto moral base alrededor de la venganza y la justicia. Seleccionando, por ejemplo, aquellos momentos que se adscriben más fácilmente a los cánones de un thriller convencional, como pueden ser las secuencias —todas ellas una lección de economía descriptiva, espléndidamente planificadas y montadas— de las ejecuciones, se encuentran detalles que les inyectan significados adicionales, en algunas ocasiones turbulentos, desasosegantes: la antológica secuencia del ataque en un hotel griego, en la que uno de los agentes del Mossad decide solucionar "manualmente" la situación tras fallar el mecanismo a distancia de la bomba, pone de manifiesto la necesidad y creencia de la unidad en "hacer justicia"; no es casualidad que precisamente durante aquel episodio crezcan en Avner, tras una conversación previa al asalto, con un terrorista palestino al que luego en el tiroteo mata, las dudas sobre la misión. Extrañamiento existe, al respecto, desde el comienzo del film, en el que un grupo de deportistas ayudan a los terroristas palestinos, se entiende que sin saber de sus intenciones, a saltar el alambrado que da acceso al hotel de concentración de la expedición de Israel: ignoro si sucedió de tal manera o si ya está presente en el libro de Jonas, Venganza, en el que se inspira el film, pero es indudable que se puede hacer un rápido silogismo, tal vez más cercano a la realidad de lo que se querría creer: este momento representa el apoyo de algún modo (armamento, por ejemplo) de los Estados Unidos a grupos terroristas (con el fin de mantener un statu quo favorable a ciertos intereses). En esa misma línea se podría entender el capitulo que introduce a Avner en el círculo de Papa (Michael Lonsdale), el patrón de la organización criminal que les vende la información que precisan para encontrar a los objetivos, en el que también destaca la falta de escrúpulos y de moralidad alguna (no dudan en vender información al otro bando), justo todo lo contrario que se supone defienden Avner, sus colegas y el gobierno que les financia.
No obstante, y por fortuna, Munich, no se limita a proporcionar un entretenimiento brillante, acomodado a una determinada tendencia liberal con sentido crítico. Es una propuesta mucho más ambiciosa como señalaba anteriormente, que se interroga sobre diversas cuestiones de orden sociológico, filosófico y también religioso a través de una excelente escritura cinematográfica. Munich es un film lejos del desequilibrio (a pesar de un metraje algo excesivo), pero lo cierto es que durante su última hora se encuentran, a mi entender, los mejores momentos del mismo, cuando la progresiva evolución de Avner y sus hombres, llega a un callejón sin salida y el film ingresa en terrenos de abstracción tan fascinantes (por la especificidad en la puesta en escena, concretamente en la planificación y la fotografía) como inquietantes (por lo que subyace tras esas imágenes). Uno de los más llamativos momentos, que funciona como punto de inflexión, es la venganza de carácter esencialmente personal de Avner y sus compañeros contra la asesina de Carl (magnífico Cirián Hinds), ejecutada, sin embargo, de forma fría y calculada (cfr. las sofisticadas armas que usan), como si se tratara de un mero encargo (como el de ella misma, una asesina a sueldo), y cuyo cuerpo inerte y desnudo Hans (Hanns Zischler) prefiere dejar descubierto, en un acto de menosprecio, sobre el que más tarde le entrarán remordimientos (ese plano inolvidable en el que le encuentran muerto sentado en un banco parece indicar que estaba esperando su final, porque no merecía más). Poco después Avner tendrá un acceso de paranoia, incapaz de confiar en nadie que, primero, le hace (en una referencia a La conversación de Coppola) buscar en su habitación algún explosivo en aquellos lugares que ellos mismos habían empleado anteriormente, y luego, le obliga a dormir horrorizado en el armario (al igual que en esa anécdota que se cuenta en un momento del film)... todo ha acabado, la misión se ha cumplido: han asesinado, en acciones tan salvajes como las que cometen contra ellos, a casi una decena de objetivos, sospechosos de participar en la matanza de Munich. ¿Una satisfacción? ¿Y para qué?
Antihéroes en fuga
Hace poco más de siete meses tuve la oportunidad de escribir, en estas mismas páginas (Miradas de Cine nº 40 – junio 2005), sobre Steven Spielberg a raíz del estreno de su magnífica e incomprendida La guerra de los mundos (a pesar de las buenas críticas recibidas, la mayoría de comentaristas creo que no entendieron correctamente un film subversivo, mordaz e inteligente, que alcanzaba cotas bastante más altas que las de un simple divertimento veraniego). Poco nuevo puedo añadir a lo dicho entonces, si bien me parece oportuno a la vista del desenlace de Munich, destacar las concomitancias en el arquetipo del héroe presente en los más recientes films de Spielberg, en las antípodas de los Indiana Jones o Martin Brody.
El niño-robot, David, de Inteligencia artificial, el policía John Anderton de Minority Report, el falsificador Frank Abagnale de Atrápame si puedes, el turista que no puede salir del JFK, Viktor Navorski, de La terminal, Ray el padre de La guerra de los mundos, y el último, el agente Avner de Munich, guardan diversos puntos en común, aunque en ningún caso se parecen. Se trata, en todos los casos, bien al principio, bien al final, o incluso en ambos casos, de personas desarraigadas, de algún modo perdidas, a causa de una tragedia aún por superar (Anderton), por ser un inmigrante sin dinero de un país en guerra (Viktor), por ser un mal marido y un mal padre (Ray), por convertirse en un asesino (Avner), debido a que es un robot (David), por unas determinadas condiciones familiares y sociales (Frank). Unos huyen bien por necesidad para sobrevivir (Ray), bien porque necesitan aferrarse a una ilusión, a un ideal (Frank) o incluso simplemente para olvidar (Anderton); otros van en busca de respuestas que les aclaren por qué y para qué hacen lo que hacen (Avner, Frank) o por qué están donde están (David); por último están los que intentan estoicamente adecuarse y sacar provecho a una situación extraña (Viktor)...

Son auténticos antihéroes en fuga. Y los desenlaces que el destino les tiene reservados, en lógica, resultan amargos, tristes, profundamente melancólicos (con excepción tal vez de Anderton, cuyo final es el menos ambiguo de todos): David, en el memorable epílogo de Inteligencia artificial, viviendo una última noche —virtual— con su madre adoptiva; Frank acepta abandonar su sueño y es reciclado para la sociedad (significativo aquel momento, poco antes del final, en el que, absorto de la realidad, emite miles y miles de cheques falsos en una imprenta de su propiedad); Viktor despidiéndose de la preciosa mujer de la que se ha enamorado desde el taxi que toma para cumplir la última voluntad de su padre: es en realidad una amarga derrota pues nunca volverá a verla; Ray despidiéndose del relato en contraplano, fuera de un núcleo familiar al que ya no pertenece, en bella referencia a Centauros del desierto... y el extraordinario final de Munich, desgarrador, hiriente y seco, en el que Avner, que sigue oscurecido en un océano de incertidumbre y dudas, que cuando hace el amor con su esposa encuentra dolor y sufrimiento en su mente resquebrajada, ofrece a Ephrain (Geoffrey Rush), en respuesta a su insistente petición para que regrese a Israel, que cene en su casa, que le ofrece su pan porque así cree que debe hacer un hermano con otro: Ephrain responde con un "no" demoledor, que puede entenderse de muy diversas maneras, entre ellas, la negativa continuada de Israel a reconocer, a pesar de las declaraciones y revelaciones de militares y dirigentes, la existencia de aquella operación; sin embargo cobra más fuerza y sentido que ese "no" haga referencia a que Israel ha sido siempre muy reticente al diálogo, negándose reiteradamente a entablar conversaciones en busca de la paz, porque de algún modo no le ha interesado (esto concretamente se insinúa en la conversación completa que mantienen los dos). Con este "no", que personalmente me resulta escalofriante, concluye este espléndido film, cuyo último plano está una inolvidable imagen de Nueva York, con las desaparecidas Torres Gemelas erguidas en lo mas alto, y ambos hombres desapareciendo del encuadre por lados opuestos.
Coda
El dramaturgo y poeta inglés William Shakespeare hacia finales del siglo XVI creó a Shylock, el judío, un character antológico de las letras universales. Shylock es maltratado y vejado, como era norma en la época, por su condición de judío, por aquellos que se supone vivían en armonía y de forma ordenada (por ejemplo los católicos). Las circunstancias, y el azar como catalizador, ponen en manos del usurero (prácticamente el único medio de vida que se le permitía a los judíos) la vida del comerciante Antonio; su deseo de vengarse por cómo ha sido tratado durante, se intuye, mucho tiempo (incluso también como respuesta a las injusticias y el racismo contra su pueblo), le lleva a exigir que se aplique la ley, lo que, con seguridad, implicaría la muerte del mercader...
Shylock es una víctima, sin duda, del odio, pero no solamente del que sus propios conciudadanos y vecinos le profesan, también del que manifiesta él mismo. Shakespeare, que se reserva un escarmiento para el deseo de venganza de Shylock, pone un momento en su boca el siguiente diálogo no sólo admirable, sino pedagógico, al menos para el que quiera entenderlo: «(...) Soy un judío. ¿Es que un judío no tiene ojos? ¿Es que un judío no tiene manos, proporciones, sentidos, afectos, pasiones? ¿Es que no está nutrido de los mismos alimentos, herido por las mismas armas, sujeto a las mismas enfermedades, curado por los mismos medios, calentado y enfriado por el mismo verano y por el mismo invierno que un cristiano? Si nos pincháis, ¿no sangramos? Si nos cosquilleáis, ¿no nos reímos? Si nos envenenáis, ¿no nos morimos? Y si nos ultrajáis, ¿no nos vengaremos? Si nos parecemos en todo lo demás, nos pareceremos también en eso. Si un judío insulta a un cristiano, ¿cuál será la humildad de éste? La venganza. Si un cristiano ultraja a un judío ¿qué nombre deberá llevar la paciencia del judío, si quiere seguir el ejemplo del cristiano? Pues venganza. La villanía que me ensañáis la pondré en práctica (...)»
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