Desde El Túnel nos complacemos en presentar una reseña de Christian León, investigador, crítico de cine, y Jurado de Documentales, Animaciones y Carteles en el Festival de Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana, en la que analiza las películas premiadas en la última edición de dicho festival, especialmente para esta sección. Que la disfruten. Desde el insufrible verano porteño, Sebastián Russo.
Los Premios Coral al documental
Por Christian León (*)
En diciembre del año pasado fui invitado a integrar el Jurado de Documentales, Animaciones y Carteles en el Festival de Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana. La experiencia de revisar 31 documentales de quince países, así como la grata tarea de premiar 3 películas tan complejas como polémicas me dejaron muchas ideas en la cabeza. Para quitármelas de encima, ofrezco a continuación una reseña de los tres Premios Corales concedidos en orden de importancia a la película mexicana Toro negro de Carlos Armella y Pedro González-Rubio y a los filmes brasileños Entreactos de João Moreira Salles y Estamira de Marcos Prado.
Como se ha dicho muchas ocasiones, existe un consenso sobre el auge del documental en la actualidad. El retorno del cine directo, el cinema vérité y la marca de autor abrieron posibilidades experimentales y concedieron un prestigio intelectual al género. La incorporación de la dramaturgia clásica y de la estética posmoderna le otorgaron una dosis de seducción antes reservada al cine de ficción. En América Latina, como en el resto del mundo, el documental no es más el patito feo esquivado por la crítica y el público. Los documentales premiados en La Habana son un ejemplo claro. Por distintas vías, los tres exploran el lenguaje fílmico para liberar la potencia de los acontecimientos y revelar el lado inédito de personajes tan singulares como cotidianos.
Toro negro, presentado en el último BAFICI, retoma cierta tradición mexicana que privilegia el sabor y el acento local a través de la potencia del registro directo y del relato abierto. En la misma dirección que Del el olvido y el no me acuerdo, o La canción del pulque, el filme tiene la virtud de revivir el aliento alegórico y demencial de la cultura popular persistente en el entorno rural. Sin embargo va más allá de la crónica social o del relato de ambientes para internarse en el infierno interior de Fernando Pacheco, un joven torero de pueblo que se gana la vida en un permanente desafío a la muerte. Pacheco alias “El Suicida” es presentado sin embellecimiento ni paternalismo. Es un ex drogadicto, ladrón y violador, capaz de golpear brutalmente a su mujer embarazada que sin embargo guarda una profunda heroicidad. Como salido de una película de cine negro, este villano de carne y hueso honra un código de honor que está del otro lado de la razón y la moral. En medio de alcohol, la pobreza y el caos, su pasión enfermiza por el toreo le confiere una dignidad paradójica. Alejada de todo juicio moral, Toro negro tiene el mérito de testimoniar la complejidad de la vida en sus lindes a partir de un realismo desenfrenado que no respeta nada, excepto la complejidad del personaje. Al espectador sólo le queda la tensión constante, el angustioso círculo que junta la repulsión y la atracción.
Entreactos, por su parte, ofrece una serie de registros grabados a lo largo de los últimos 30 días de la campaña electoral que llevó a la presidencia a Lula da Silva en octubre de 2002. Lo interesante del asunto es que Salles recupera las imágenes tras bastidores del periplo electoral. Partiendo de 240 horas de filmación en bruto, hace una antología de tiempos muertos sucedidos antes y después de los actos públicos de la campaña. El resultado ofrece un retrato íntimo y jovial de Lula rodeado de muchas de las figuras que hicieron noticia en los recientes escándalos de corrupción de su gobierno. Las conversaciones cotidianas captadas en la peluquería, en un set de televisión, en la cabina de un avión alcanzan momentos de verdadera intensidad. Son deliciosos los relatos del actual Presidente del Brasil sobre sus años de overol como obrero metalúrgico, la adquisición de su primer auto y la conquista de su esposa. Interesantes los parlamentos en donde zanja sus diferencias con el líder polaco Lech Walesa y con el movimiento Sin Tierra. El brillante perfil de Lula conseguido por el filme se ve opacado en algo por varias escenas redundantes que no se compadecen con el público y tornan innecesariamente larga la película.
Estamira es uno de esos filmes elogiados por unos (hay varias voces a su favor en la revista El Amante) y cuestionados por otros. Sin negar los méritos del documental de Marcos Prado me ubico del lado de los otros. La película, un ambicioso relato de fotografía preciosista, reconstruye la vida de una minadora esquizofrénica que padece de delirio místico y trabaja en un basurero en las afueras de Río de Janeiro. Ella es Estamira, hija de una enferma mental y víctima de un padre violento. A sus sesenta años de edad, con dos matrimonios a cuestas, tiene tres hijos que la admiran y la aman por su sabiduría desconcertante, mezcla de lucidez y delirio. Los mejores momentos del filme empalman los exacerbados soliloquios de Estamira con bellísimas imágenes del basurero. La anciana enajenada reflexiona sobre la violencia de Dios, la hipocresía de las instituciones educativas, la inteligencia de la naturaleza. Sin embargo con el transcurso de la película estos sabios parlamentos poco a poco se convierten en la impotente vociferación de una loca. La narración del filme, algo desordenada, no se compromete con el punto de vista del personaje. El director contempla desde fuera el sublime espectáculo de la locura y la pobreza, mientras el drama interior de Estamira se torna fútil, confuso.
Christian León es investigador y crítico de cine. Actualmente realiza una investigación sobre el documental indigenista en el Doctorado de Ciencias Sociales de la UBA
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