Sé lo que hicisteis la última Nochevieja

Enero y febrero son meses terribles. En lo que a actividad cinéfila se refiere coinciden con un repunte agobiante, pico sólo comparable al de septiembre-octubre. Aunque con una diferencia sustancial: las películas que desembarcan en este arranque de año pertenecen a la categoría de las "premiables", las "nominables", las "futuribles", merecedoras por adelantado de loas y estatuillas policromadas (o parcialmente bañadas en oro: baratijas, al fin y al cabo).

Se anuncian en las marquesinas salpicadas de lluvia con argumentos de peso: "del director de Chicago", "del cuatro veces nominado", "ganadora de 5 Globos de Oro", "aclamada por la crítica internacional", etc, etc. Sirven además para aprender geografía, porque siempre hay algún periódico de provincias que la ha encontrado obra maestra: el Heraldo de Missouri, el Dallas Post, el Chicago Times. (O algún crítico de Fotogramas, que viene a ser el equivalente patrio).

Pero eso queda para el próximo mes. Vayamos por partes.

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Mizoguchi se va de putas.- Perdonen, soy un auténtico pendejo poniendo títulos a las entradillas. A lo que iba: en un año en el que Aranoa trató de decir la suya sobre un tema tan complicado y silenciado como es el de la prostitución, me sorprendí a mí mismo alucinando pepinillos con el enfoque que le dio al asunto el bueno de Mizoguchi, tiempo ha.

En Japón, tan dados a ponerles nombres a todas las variaciones genéricas posibles, también reservan un apelativo para ese tipo de cine con protagonistas bragadas a pie de calle. Y si alguien podía hablar con un mínimo de conocimiento de causa sobre el tema, ese era Mizoguchi: no en vano estuvo viviendo parte de su adolescencia junto a su hermana geisha (no me crucifiquen: ya se que las geishas y las prostitutas no tenían nada en común, conforme al ideario nipón. Ya saben: las unas recitaban, tañían extraños instrumentos de cuerda, tenían kimonos de primera y sabían servir el té conforme a la puñetera ceremonia, mientras las otras... vamos... tenían menos formación "complementaria").

La película fue la última de su brillante producción posterior a la Segunda Guerra Mundial. Se tituló La calle de la vergüenza y es cualquier cosa menos un filme complaciente. Se llama a las cosas por su nombre, se retrata la sordidez de un mundo que algunos prefieren suponer inexistente y se destapa la hipocresía de unos y de otros, clientes, políticos, familiares y... y las verdaderas víctimas de todo el tinglado, que siguen siendo ellas y sólo ellas (por si alguien lo había olvidado).

Lo dicho: está editada en DVD. Píllenla y no lo lamentarán.

Yo acuso (sección patrocinada por el defensor del consumidor).- Acuso de falta de profesionalidad (por no emplear un apelativo más fuerte) a cierto cine de la cadena Renoir sito en Barcelona. Demonios, ya que disparamos, hagámoslo sin balas de fogueo: a los Renoir Floridablanca, que el domingo 19 de diciembre de 2005, en su sala número 6 (sesión de las 20:35h) pasaron La escurridiza en... ¡¡en DVD!! No hacia falta ser muy perspicaz: no hubo siquiera tráileres y nada más entrar relucía en pantalla la marca del fabricante del proyector (Pioneer). Elemental, querido Watson.

La película me interesaba y la hubiese visto de todas formas. Pero amigos: ¡eso se avisa! Máxime cuando en vuestras hacendosas hojas de sala (je, no confundir con textos creativos: son simples fusiladas de los dossiers de prensa facilitados por las productoras) presumíais del formato (35 mm.) Pero claro, si cuela, cuela...

No soy ningún purista, pero a nadie le gusta que le den gato por liebre. Y luego se mesan los cabellos, extrañados de que el negocio de la exhibición vaya de capa caída... ¿para qué ir ya al cine, si nos pasan la película en peores condiciones que en el comedor de casa?  Eso si: los del top manta son unos delincuentes; ellos, en cambio, los adalides de la creatividad perjudicada.

¡Y un cuerno!

Las listas de los listos.- Fin de año es sinónimo de recuento: las nuevas canas, las mujeres a las que no hemos logrado enamorar, los libros que nos quedan por leer. Ah, si: y también las películas que hemos visto.

Hacer listas es un pasatiempo algo imbécil, como el ahora tan en boga sudoku. Además, ocurre igual que con este juego: los que las hacen, se consideran inteligentísimos, empeñados en demostrar su memoria y ejercitar su mente (¿?). Qué le vamos a hacer. Lo peor que se puede hacer con las listas es darles demasiada importancia.

Dicho esto... ¡qué divertido es elaborarlas! «Esta la pongo, esta la quito. «Esta sólo me gustó a mí, razón de más para incluirla». «A ver... una francesa, media docena de orientales, tres americanas... sí, ahora está compensado». «Buaaah, fijo que esta no la vio ni Dios... ¡voy a quedar como un Pepe!». Luego la volvemos a repasar con orgullo, cambiamos la posición de unas, invertimos la de otras y nos entran hasta ganas de colgarla en la habitación, junto a la foto de la primera comunión. «¡Brutal! ¡A ver quien supera esto!». Somos como niños: la mejor alineación de la liga, las 12 canciones del 2005, los mejores momentos, el... el tiempo pasa y a nosotros sólo nos queda el consuelo del recuento.

¿Un año más? No te engañes, amigo: un año menos.

Esa piscina dominada por esa beldad...- Hay películas que objetivamente no tienen nada. Nada, o muy poca cosa. Eso podría decirse, en general (todavía sigo buscando la excepción) del cine de François Ozon. Y en particular, de Swimming Pool.

Swimming Pool es un filme angustiosamente academicista, con una intriga criminal que convierte en sofisticadas las tramas de Se ha escrito un crimen. Pero dejémonos de memeces: Swimming Pool merece la pena verse sólo por Ludivine Sagnier, una fémina que hace entender las razones de Adán para jalarse la manzana pasando de eternidades, pecados originales y demás mandangas.

Si andan bajos de libido, sumérjanse en las turbias aguas de esta piscina. ¡Mano de santo!

La pervivencia del código cinematográfico.- Algunas veces me lo he planteado: ¿qué pasaría si enfrentásemos a un espectador de principios del siglo XX con el cine que se hace ahora, en el XXI? ¿Lo entendería? No me refiero a que le pudiesen superar la "modernidad" de las tramas, sino al hecho de que no encontrase coherencia alguna en el orden en que se hallasen dispuestas las imágenes. Un asiduo de las piezas de Méliès, por decir algo, ¿no encontraría absolutamente crípticos los rudimentos aceptados hoy mayoritariamente, los que rigen el 95% de películas comerciales? En cambio, es bastante probable que encontrase más inteligibles algunos filmes de Kiarostami o Rohmer. ¿La imaginería 'high tech' y el montaje 'ruleta rusa' acabarán con un lenguaje, con una gramática?

Ese mismo espectador, ufano tripulante de nuestra hipotética máquina del tiempo, no creo que percibiese una ruptura tan brusca en otras artes. La pintura, la escultura o la literatura vivieron profundas transformaciones en las primeras décadas de 'su' siglo, hasta el punto de no haber cambiado sustancialmente desde aquel entonces. Con lo cual no estoy haciendo sino poner de manifiesto la juventud de eso a lo que llamamos cine, en comparación con otras disciplinas con treinta siglos a sus espaldas. El cine todavía está en plena pubertad y me caben pocas dudas sobre lo absolutamente intrascendental de lo que hemos visto en sus primeros 110 años de vida. Es más: vista en perspectiva, la etapa que arranca a finales de los setenta y que todavía perdura sería el equivalente al más oscuro de los medioevos; miedo, superstición, estancamiento. Jugando con la misma escala temporal, esperemos que este periodo no dure ocho siglos... ¡piedad!

El baile de los malditos.- Hubo un tiempo en el que Sydney Pollack hacía películas interesantes. Me refiero a las consecutivas Tal como éramos, Yakuza o Los tres días del cóndor, amén de mi muy querida Las aventuras de Jeremiah Johnson. Podemos incluir en el lote a Danzad, danzad, malditos, pavorosa traducción del original They Shoot Horses, Don't They?

Sí, hombre, aquella de la Jane Fonda bailando sin parar en una maratón sádica, concursante quemada de la vida en los tiempos de la depresión. Su pareja era el clásico personaje alelado de finales de los sesenta: joven traumatizado no se sabe por qué con muchas ganas de demostrarle al mundo lo que vale, etc, etc. El gato (con forma de Oscar) se lo llevó al agua el maestro de ceremonias, un tal Gig Young (uno de esos actores que conocieron sus 15 minutos de gloria para desaparecer después en el más rotundo de los anonimatos... por cierto, si imdb no me engaña pasó a mejor vida en 1978).

La película —y a mí no me parece ninguna casualidad— es de 1969, un año deprimente en la filmografía americana. Y no por la calidad media de los filmes que se hicieron (abundan los excelentes) sino por la amargura de la mayoría: Cowboy de medianoche, Dos hombres y un destino, Grupo salvaje... uno debía de tirarse de cabeza a por el pastillero de antidepresivos nada más salir del cine. (Y pensar que ahora lo único que provoca el cine made in USA es somnolencia... las farmacéuticas han salido perdiendo, no cabe la menor duda).

Manuale d'amore: ¿qué ha sido del cine italiano?- Sí, los últimos tiempos del cine hecho en la bota son tristes. Pero que muy tristes. Dejando de banda a Nanni Moretti, lo que nos llegan son comedietas insulsas rodadas con medios más próximos a la televisión que al cine. Historias exportables con personajes gesticulantes (ya saben: cerrar el puño izquierdo a manera de racimo de uvas, con los dedos apuntando hacia afuera. Agitar bruscamente en todas las direcciones mientas se dice: "cosa fare?"), adolescentes buenorras (por lo visto la fama de salidos de los italianos sigue intacta: ¡el destape dura ya cuarenta años!) y temas ya tratados una y otra vez en la etapa menos lograda de Vittorio de Sica (aunque se echa de menos a la Loren, qué quieren que les diga).

Manuale d'amore es graciosa a ratos, típica, olvidable. Las fases del amor (enamoramiento, crisis, traición y abandono) a través de unos personajes-caricatura; producto ideal para ver con la pareja, hacer que sí con la cabeza y... esperar a llegar a casa para ver en el DVD una peli que compense tamaña pérdida de tiempo.

La cochina manía de los críticos de leerse entre sí (y a sí mismos).- ¿Existe la más mínima posibilidad hoy en día de que una película nos sorprenda? ¿De acudir enteramente vírgenes a la proyección de un filme del cual —a buen seguro— ya tendremos alguna reseña previa colgada de tal web británica, norteamericana o butanesa? Prácticamente imposible, por mucho que uno lo intente. Antes de verla, ya sabes lo que debes de opinar si quieres ser 'cool'.

Soy partidario de acudir al cine sin haber leído nada en absoluto sobre el filme en cuestión. Odio que alguien me haga la pregunta «¿de qué va?», que se pretenda saber el 75% de la trama antes de meterse en la sala o que me susurren antes de apagarse las luces «esta que viene es buena, ya verás». Y no entiendo cómo se pueden emitir comentarios mínimamente "originales" si uno lee previamente todo lo referente a producción, avatares, intenciones del autor, posibles finales... ¡qué aburrimiento!

Pero la principal razón por la que la crítica es un campo yermo de ideas es por la obsesión que tienen de leerse entre sí. «Ey, que acertado el comentario de pepito». «Bah, como se nota que zutano no entendió una mierda...». «Pues menganito está sembrado, como siempre». Resultado: comportamientos autistas difícilmente explicables desde fuera de la secta. Mesas redondas donde siempre acuden los mismos, para decir lo mismo. Desconexión total entre público y crítica. Necesidad de cubrir las apariencias, sabiendo de antemano lo que a uno "le tiene" que gustar. Tal autor está en boga; con este otro se pude ser cruel, ya no levantará cabeza.

Por eso, quizás, con las grandes películas "sin antecedentes" la crítica siempre se ha equivocado. Cuando les quitas los asideros, cuando los enfrentas a algo realmente nuevo o salido de recónditos parajes inexplorados... se cagan por la pata abajo. «¿Qué demonios se supone que debo decir?»

En los pocos (y pequeños) festivales que he frecuentado, me han sorprendido siempre los groseros brainstormings que se producen al terminar la proyección. «Dios, apenas hay tiempo para reaccionar, en 10 minutos empieza la siguiente y me exigen tener una opinión formada... si no, ¿de qué escribiré en la crónica de mañana?» Si la película no es de las "unánimes", el espectáculo es todavía más divertido: la mayoría rebotan contra las esquinas, como pollos sin cabeza, en pos de una opinión "eminente". Se acercan con disimulo a los "creadores de tendencias", a los críticos que les merecen más crédito y ponen la oreja. Resultado: al día siguiente sólo leerás, a lo sumo, dos opiniones realmente distintas sobre lo visto. El resto, seguidistas natos, se adscribirán sin fisuras a la corriente dominante.

¿Y qué hay de ese perdidísimo personaje al que le parece un bodrio lo visto, pero que dos días después sopesa la posibilidad de que "eso" fuese, en realidad, una obra maestra incomprendida? Siempre me han intrigado los súbitos cambios de opinión, el 'pelelismo' manifiesto de algunos. «Ey, si lo dice este influyente crítico francés, será que yo no comprendí nada...» Qué pena.

En su indispensable Mi último suspiro, Buñuel reconoce que leyendo algunas interpretaciones cahieristas de sus filmes había tenido los mayores ataques de risa de su vida. Ahora, cuando los Cahiers parecen haber perdido definitivamente el prestigio que tuvieron durante demasiado tiempo, surgen a mansalva faros-guía del nuevo cine, dispuestos a reclutar discípulos tan receptivos como maleables.

Ignórenles. Cuando termine la película y enciendan el apresurado pitillo a las puertas del cine, contéstense: "¿estuvo bien o no?". Eso es lo único que cuenta. Y nunca falla, a no ser que les guste engañarse a sí mismos.

Eros: una pequeña metáfora en sí misma.- Metáfora referente al estado de salud del que gozan las distintas cinematografías continentales: la europea, la norteamericana y la asiática.

Europa está representada por Antonioni, un director que a principios de los noventa vivió un sospechoso "renacer" de la mano del Wenders más oportunista (uno conoce lo mermado de facultades que anda Antonioni y se pregunta en qué debe de consistir su labor de dirección. Con el mayor de los respetos).

Atendiendo a este episodio y a su firmante podríamos concluir que Europa anda algo perdida, con autores varados en su manera setentera de hacer cine y sin ser conscientes del cambio de escenario que se ha producido en los últimos tiempos. Notarios de una falsa grandeza que hoy queda algo impostada... un cine poético viejo.

El segundo episodio es de Steven Soderbergh, un tipo que cuando se pone "personal" da bastante grima (Kafka, Full Frontal). Y también sirve para enumerar los síntomas de la cinematografía a la que representa: cuando los directores americanos consagrados tratan de reivindicar su autoría, terminan por hacer flojas imitaciones de películas europeas.

El golpe de gracia lo da Wong Kar-wai con su maravillosa The Hand, uno de los grandes momentos de cine del año pasado. Media hora enmarcable, síntesis perfecta de todos sus aciertos y certero representante de una zona del mundo (la difusa Asia) donde se practica el mejor cine del mundo. De largo.

Eros (y 2). A vueltas con Antonioni.- Para terminar con el tema Eros, recibo en días pasados un sugerente y sugestivo análisis sobre Antonioni de Rubén Osuna, un sufrido lector que me saca los colores con su erudición sobre la materia. No vean lo que se puede llegar a aprender leyéndoles a ustedes... reproduzco literalmente (¡Gracias mil!)

«En Antonioni hay siempre una historia sugerente, pero suele ser sencilla, y a veces una mera excusa para organizar el material. Es lógico que a principios de los años 60 el cine de Antonioni  pudiera resultar desconcertante, pero hoy día no tiene sentido una  reacción así, con lo que ha llovido. Sin embargo, sus películas impactan de tal modo que permanecen dando vueltas en la cabeza durante días. Por medios no convencionales, no narrativos, lineales,  causa-efecto o novelísticos, como se prefiera, Antonioni ha transmitido cosas que nos resulta muy difícil explicar verbalmente.  Él siempre decía que no se puede preguntar a un poeta qué significa un verso determinado de un poema suyo, y que de la misma forma él no podía explicar el porqué o el qué de una escena en una película suya.  En buena medida improvisa durante el rodaje, decide sobre la marcha, y hay menos de planificado y racional en sus películas de lo que parece, a pesar de la bellísima factura de todas ellas. Es poesía  visual.»

»Me sorprendieron algunas críticas al episodio de Eros leídas por ahí, pues caer a estas alturas en los tópicos de siempre es inexplicable en un crítico versado. Es el mismo cine que Antonioni hacía a principios de los 60, la misma belleza visual, la misma sugestión y sugerencia de percepciones imposibles de encerrar en un diálogo o de explicar en una trama. Me parece el episodio más desconcertante y fascinante de los tres, lo que no está nada mal para un anciano de 90 años.

La muerte del señor Lazarescu.- El festival se llama Posible, plataforma para la recuperación / reivindicación del cine de Europa central y oriental (cine judío, cine africano, cine alemán, cine japonés... ¿estamos imbéciles o qué? ¿A quién se le ha ocurrido esta hooliganizacion del arte?).
Sea como fuere, oportunidad única de ver una de esas películas donde el boca a oreja ha funcionado, de festival en festival. Ya saben lo desconfiado que soy en estos menesteres: experimento un rechazo patológico hacia las recomendaciones "sublimes", y vivo una eterna relación de amor-odio con nuestro Manuel Yáñez, frecuentador de festivales y perpetrador de recomendaciones infaustas.

Pero esta vez, el acierto fue pleno. Apúntenla, por si algún siglo de estos pueden rescatarla: La muerte del señor Lazarescu, de Cristi Puiu. La película es una coproducción entre Rumanía y Francia y... y es una pequeña joya. No se esperan nada más que lo que promete el título: las últimas dos horas y media en la vida de un hombre solo, atacado súbitamente por uno cualquiera de sus múltiples achaques. El paso a mejor vida será una auténtica carrera de obstáculos, rebotando de hospital en hospital, secundado por una batalladora trabajadora del SAMUR versión rumana. Si Bergman se colgase la cámara al hombro, haría algo tan honesto como La muerte del señor Lazarescu, el Gritos y susurros del siglo XXI. Porque hasta la muerte ha acabado siendo algo... ¡tan vulgar!

Crash o porqué un buen guión no lo es todo.- Salto a la dirección del guionista de Million Dollar Baby, Paul Haggis. El resultado es esta discreta colisión, cruce de caminos altmaniano y que parece estar localizado en la City of Hope o el Sunshine State de John Sayles: conflictos raciales, personajes carismáticos, encuentros imprevisibles, casualidades con moraleja.

Lo mismo, pero mejor, ya nos lo contaron otros dos grandes guionistas: Lawrence Kasdan en Grand Canyon y Paul Thomas Anderson en Magnolia. Estos, además, poseían un aliento narrativo mucho más desarrollado que este novato tras la cámara, con recursos más bien limitados aunque capaz de regalarnos algún momento memorable (el rescate de la automovilista accidentada por parte de Matt Dillon).

Joyas ocultas del cine japonés.- Bajo este pretencioso título se paseó por Venecia el año pasado un ciclo que trataba de desenmascarar los referentes tarantinianos (y que él mismo nunca ha ocultado) tras los cuales se sustentaba Kill Bill.

Un cine barcelonés (los Scope) le puso muchas ganas y consiguió traer las catorce pelis del lote, supuestamente inéditas en nuestro país. Una apuesta doblemente suicida (los filmes venían subtitulados en inglés), que a tenor de la afluencia observada (entre triste y patética) demuestra que por más apuestas "distintas" que se hagan, estas fracasan estrepitosamente si no van acompañadas de una promoción, de un respaldo mediático. No fue el caso.

Me comí dos de Kinji Fukasaku (conocido en estas latitudes por la desmadrada Battle Royale): una de yakuzas ultraviolentos (Battles Without Honor and Humanity, 1973) y otra de conjuras por el sogunato (Yagyu Conspiracy, 1978). La primera convertía la reciente Election de Johnnie To en un episodio navideño de La casa de la pradera y la segunda nos llevaba a sospechar que 'ranes' hubo muchos antes del Kurosawa canónico.

Lo más curioso: un filme de Kenji Misumi (¿les suena el Shogun Assassin, fatalmente remontada para su "disfrute" en Occidente?) titulado On the Road Forever (1964). Una especie de spaguetti western (es difícil saber en qué momento exacto comenzaron a influenciarse ciertas cinematografías entre sí) con un espectacular encuentro padre-hijo.

Esperemos que alguna alma caritativa rescate este ciclo que debió de tener mejor suerte en Barcelona, ciudad pretendidamente 'in' que pincha estrepitosamente cuando El país de las Tentaciones o el Culturas de La vanguardia no nos dice qué hacer con nuestro fin de semana. Qué fuerte, qué fuerte, qué fuerte...

En contra del director-cinéfilo.- ¿Debe de ser el director un devorador compulsivo de cine? ¿Debe de conocer en profundidad la historia de su oficio? ¿Los referentes, los ancestros, las tendencias?

¿Les pedimos acaso a los ingenieros que sepan decirnos quién invento el motor de explosión? ¿A los médicos que conozcan los textos de Hipócrates? ¿Queda algún economista que haya leído algo de John Maynard Keynes, aparte de los pertinentes extractos con finalidades académicas? (No digo que no fuese conveniente o incluso recomendable... pero está claro que uno no es mejor mecánico por conocer la biografía de Ferdinand Porsche).

El recíproco vale también para los críticos. ¿Acaso se le pide al encargado de asignar estrellitas Michelin que sepa hacerse algo más que una tortilla o un huevo pasado por agua? ¿O al crítico taurino que haya tirado de capote alguna vez en su vida? Pues eso.

Ocurre, sin embargo, que el gremialismo (como en tantas otras profesiones) existe y lo enturbia todo. No vean la expectación que hay cuando alguien de la crítica salta al ruedo y se pone a hacer cine (casi siempre el resultado es un fiasco enorme. Recuérdese que en la actual Cahiers es todo un deporte nacional despellejar al compañero transmutado en creador de imágenes). O cuando se descubre que un director del montón conoce a Murnau e incluso ha visto alguna película anterior al 1950. La ostia, vamos.

Ridículo. El director no tiene ninguna obligación de ser una rata de filmoteca. Que se arriesgue, que meta la pata. Sé que eso en ocasiones da lugar a atrevimientos risibles, a la utilización de recursos o ideas ya vistas (pero que el director desconoce). Puede. Pero no se puede vivir constreñido por los logros de nuestros antecesores. La labor del director no es convertirse en una coctelera de cine 'ya visto', sino servirnos nuevo material, nuevos enfoques de asuntos y temas viejísimos.

Y si no es capaz de hacer que una imagen valga más que mil palabras, que se dedique a escribir... el ego lo agradece igual.

 

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Jorge-Mauro de Pedro es redactor jefe de Miradas de Cine, lector empedernido y cinéfilo compulsivo, de gustos más que discutibles...