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El éxito del film de Ang Lee ha colocado en la lista de candidatos al Oscar a la Mejor Banda Sonora a Gustavo Santaolalla. Habitual en la filmografía de Alejandro González Iñárritu (Amores perros y 21 gramos), el compositor argentino ya sacó la cabeza el año pasado con Diarios de motocicleta, que al final sólo fue nominada —con triunfo— a la Mejor Canción Original por Al otro lado del río, de Jorge Drexler. Pero esta vez, el compositor argentino suena con más fuerza por su efectivo retrato de la historia de amor de dos vaqueros homosexuales. Una partitura breve, apenas 15 minutos, pero de gran calado dramático y profundamente evocadora, que en su versión discográfica viene acompañada de un puñado de canciones country.
En sintonía con el contexto de la película, la América rural de los años sesenta y setenta, Santaolalla se ha decidido por ese mismo estilo, el country, para describir la relación entre Jake Gyllenhaal y Heath Ledger. Una elección de lo más acertada porque se trata de un estilo polisémico, capaz de transmitir drama, romance, frustración, desengaño y decadencia, los cinco pilares emocionales del film. Así, a lo largo de las siete piezas de la composición, Santaolalla retrata 20 años de amor furtivo y pasión evanescente, celos e infidelidades, intransigencia monolítica y confesiones al filo del abismo. Dos décadas de recuerdos que nacen y mueren en las laderas de Brokeback Mountain, principio y fin de un romance imposible en esa América de machos postizos y hormonas edulcoradas, pero nunca en los corazones de sus protagonistas.
Para enfatizar ese amor perenne, la partitura da vueltas alrededor de un único tema del que Santaolalla practica distintas variaciones, según los sentimientos que el director de La tormenta de hielo desea resaltar en cada momento. Una melodía melancólica, íntima, de poso romántico, compuesta para pedal steel guitar (típico instrumento de música country), que el propio Santaolalla interpreta junto a Bob Bernstein, especialista en dicho instrumento. Tres ejemplos de esa ductilidad o polisemia emocional son los temas Brokeback Mountain 1, Brokeback Mountain 2 y Brokeback Mountain 3. Cada uno de ellos ilustra un momento de intimidad entre los personajes a lo largo de esos 20 años de relación vedada. El primero —descubrimiento del amor— tiene un tono inequívocamente romántico; el segundo —reencuentro— es melancólico; y el tercero —separación— adopta un demoledor tono trágico.
Impresiona la habilidad del argentino para convocar diferentes estados de ánimo a partir de un mismo tema. Eso sí, Ang Lee le hace la mitad del trabajo con su impresionante manejo de los escenarios naturales en los tres momentos señalados. El taiwanés filma los mismos paisajes en diferentes condiciones climatológicas y de luz para contar la evolución de la relación. Así, las montañas de Brokeback pasan de ser un nuevo Jardín del Edén, al principio de la película, a un lugar solitario, triste y casi sin vida, cuando ambos personajes se ven por última vez. Es obvio que Lee se ha empollado a John Ford.
En cualquier caso, la obra de Santaolalla tiene identidad propia, carácter, y evoca las imágenes del film con fuerza, que es lo más importante que se puede decir de una banda sonora. Si, como ya ocurrió en 2001 con Inteligencia Artificial y la primera entrega de Harry Potter, la doble nominación de John Williams (Munich y Memorias de una geisha) acaba por dividir los votos al compositor neoyorquino, Santaolalla es la opción más firme para llevarse el Oscar el próximo 5 de marzo. A esas alturas de la ceremonia, y si no salta la sorpresa, sería la tercera o cuarta estatuilla para la cinta de Ang Lee.
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