En los rituales japoneses, y en el arte en general, la belleza es hija de la sencillez. La música, la danza o el canto conmueven más cuantos menos elementos tienen. Por eso un solo de violín enmudece a una orquesta; por eso un bailarín eclipsa a un ballet; por eso una vocalista entierra a una banda. Por eso una geisha enamora con una caída de ojos. A sus 74 años, John Williams se ha convertido en un compositor de olas, no de mareas. Ha desnudado su tradicional sinfonismo hasta su esencia más pura, convirtiendo cada nota en un verso con significado propio, más allá del motivo del poema. La transición empezó en Inteligencia Artificial, coincidiendo con el inicio de la etapa más oscura de Spielberg, y alcanza en Memorias de una geisha una perfección tan abrumadora que bien podría valerle el Oscar el próximo 5 de marzo (también está nominado por la conmovedora Munich).

Pero al margen de la evolución musical de Williams, se nota que el proyecto le era muy querido. Admirador confeso de la novela homónima de Arthur Golden, el músico se ha rodeado de dos de sus colaboradores más insignes, el violinista Itzhak Perlman (La lista de Schindler) y el cellista Yo-Yo Ma,  (Siete años en el Tíbet). Entre los tres han creado una banda sonora sutil y contenida, de gran diversidad temática y, lo más importante, perfectamente ajustada a las preciosistas imágenes de Rob Marshall. Sin embargo, frente a los convencionalismos folclóricos del director de Chicago, el compositor ha escarbado en la música tradicional nipona para reflejar fielmente el espíritu del Japón milenario; y en particular el mundo de las geishas. Al menos, hasta donde permite su formación clásica y su sensibilidad occidental.

El trabajo de Williams en este sentido ha sido doble. En primer lugar se ha apoyado en instrumentos típicos, como la flauta de bambú shakuhachi, los tambores taiko o el koto (suerte de cítara de 13 cuerdas), para recrear la música japonesa. Y en segundo lugar ha estudiado las técnicas de composición de estos instrumentos para que las melodías no quedaran reducidas a meros popurrís de sonidos orientales. En otras palabras, para que la inserción del koto o los taiko en una pieza de cuerda convencional no pareciera un parche. La suma de ambos esfuerzos, técnica y conceptualmente, es impecable, hasta el punto que Memorias de una geisha es la mejor aproximación de un compositor no japonés al universo sonoro del país. Una partitura de una belleza asombrosa, que crece a cada nueva escucha y descubre matices de una inusitada frescura y creatividad para un músico tan veterano.

Con todo, la composición arrastra un pequeño hándicap. La forma de tocar de Perlman y Yo-Yo Ma, particularmente en los solos, provoca a veces la sensación de estar oyendo temas de La lista de Schindler o Siete años en el Tíbet. Pero esto se debe más a su estilo personal de tocar el violín y el cello, que a la repetición de melodías o ideas musicales por parte de Williams. Con el razonamiento opuesto, el mismo "problema" se podría achacar a un guitarrista como Brian May (Queen) o a un bajista como The Edge (U2).

En el plano temático, la obra crece alrededor de la melancólica y romántica Sayuri's Theme, pieza para cello que encapsula a la perfección el drama de la historia: las geishas tienen prohibido enamorarse y sentir las mismas emociones que encienden. Williams practica distintas variaciones de esta melodía a lo largo de la partitura, destacando por encima de todas Becoming a Geisha y la inasible Confluence, auténtica síntesis sonora de la película y una de las mejores creaciones del compositor por su emotividad, lirismo y, sobre todo, esa capacidad para expresar la contención emocional de Sayuri que al final acaba desbordándose. Esa lucha contra el condicionamiento de la educación y la costumbre, ese ansia por descubrir qué hay más allá de lo que nos han enseñado, es la clave de la banda sonora. La vida siempre se abre camino. Y por ello, con o sin Oscar, Memorias de una geisha es una obra maestra.

Por Raúl Álvarez
caratula

Música de John Williams. Sony Classical (EE.UU., 2005). 61:02. Un film de Rob Marshall.

1. Sayuri's Theme (1:31) • 2. The Journey to the Hanamachi (4:06) • 3. Going to School (2:42) • 4. Brush on Silk (2:31) • 5. Chiyo's Prayer (3:36) • 6. Becoming a Geisha (4:52) • 7. Finding Satu (3:44) • 8. The Chairman's Waltz (2:39) • 9. The Rooftops of the Hanamachi (3:49) • 10. The Garden Meeting (2:44) • 11. Dr. Crab's Prize (2:18) • 12. Destiny's Path (3:20) • 13. A New Name... A New Life (3:33) • 14. The Fire Scene and the Coming of War (6:48) • 15. As the Water... (2:01) • 16. Confluence (3:42) • 17. A Dream Discarded (2:00) • 18. Sayuri's Theme and End Credits (5:06) •