Empacho coreano
Tras la estela de Kim Ki-duk, Park Chan-wook, Lee Chang-dong y demás directores coreanos multipremiados en los más dispares festivales de cine, siguen cayendo en nuestras carteleras películas de dicha nacionalidad sin que parezca importar la calidad o el oportunismo de dichos estrenos.
La mujer del buen abogado cuenta la historia de Young-jak (Hwang Jung-min), un abogado que, como reza el título de la película, posee una buena reputación, ganada a pulso en sus intervenciones. El buen hombre, además, no pasa mucho tiempo en su hogar. Su esposa, Ho-jung (Moon So-ri), una bailarina retirada, le espera en el domicilio, cuidando de su hijo, mientras el hombre de la casa dedica sus noches a beber, a follar con su joven esposa o, la mejor de las veces, a trabajar. Ho-jung asume las infidelidades de su marido y se mantiene en forma a través de las clases de baile y de sus paseos en bicicleta. Un vecino adolescente entrará en liza, despertando en ella algo más que ternura. Un terrible accidente será el elemento que hará dar un quiebro imprevisible a la historia.
Im Sang-soo comienza el relato con planos nerviosos, con una cámara inquieta que no cesa de moverse, para ir, poco a poco, demorándose en los personajes a medida que éstos muestran el drama que viven. El gran problema de La mujer del buen abogado es que estos dramas resultan bastante inverosímiles. Los personajes no son creíbles, pero sus respuestas y su modo de relacionarse aún lo son menos. Si el filme se moviese en el territorio de la fábula, sin duda, ganaría en aceptación y credibilidad pero la puesta en escena está bastante lejos de la de Kim Ki-duk en Hierro 3 (Bin-jip, 2004), por poner un ejemplo de nuevo cine coreano en el que la apariencia de verdad del relato, la posibilidad de ser creído por el espectador, queda apuntalada por la excelente labor del director.
No se debe desdeñar el buen gusto mostrado por Sang-soo en algunas de las imágenes de la película. Pienso, en especial, en el plano final del coito entre la mujer, del buen abogado, y su vecino adolescente —la cámara se aleja, lentamente, de la pareja hasta dejarla lejos y arrinconada a la derecha del plano—. Sin embargo, esto no es suficiente para sostener el empaque de la cinta.
La relación del protagonista con su hijo adoptivo, con su madre sermoneadora o su padre enfermo es un tanto surrealista pero más incomprensible resulta que investigue un asesinato múltiple perpetrado años atrás. Resulta incomprensible, sobre todo, porque en ningún momento se nos ofrece una explicación de las motivaciones que llevan al abogado a perseguir tal actuación. Lo que parece interesar al director coreano es enseñarnos cómo, eficiente en su vida profesional, el abogado se manifiesta como un total negado en las relaciones con los seres más cercanos. No importa lo desdeñable del método empleado.
Las relaciones adúlteras del abogado, que siempre acaban con la masturbación de la chica —pues no puede quedar saciada de su deseo— se ven contrapunteadas con los escarceos amorosos de su mujer y el joven vecino. No hace falta ser muy perspicaz para adivinar, mucho antes de que esto ocurra, que la unión de estos dos nuevos amantes será, en el plano sexual, mucho más fructífera y gozosa que las anteriormente comentadas. |