Quiero la cabeza de Guillermo Arriaga

Sí, hombre, Arriaga: el guionista-Colega habitual de Alejandro González Iñárritu y responsable de las potentes Amores perros y 21 gramos. ¿Se acuerdan de ellas, no? Los recursos que le hemos visto manejar a Guillermo hasta la fecha comienzan a ser de catálogo: fragmentación narrativa, colisión involuntaria o aparentemente aleatoria de personajes contrapuestos, fatalidad a la mexicana…

La técnica funciona y se agradece la irrupción de un escritor —más que guionista— en el terreno de la gramática cinematográfica, vapuleada una y otra vez por quienes pergeñan bodrios "que recuerdan a". Quizás canse un poco la premisa de partida de todas sus historias, esa desconcertante media hora de arranque, batiburrillo caleidoscópico donde se nos presentan personajes a la vez que se adelantan acciones (¿sucede, sucedió o sucederá?) sin aparente orden ni concierto. Un rasgo distintivo muy de "autor" que agradecen los directores con los que ha colaborado hasta el momento (¿deben de creer que contar algo linealmente es lo menos 'cool' que se puede hacer en su profesión?). No crean, pues, que la decisión le correspondió al veterano actor de Texas: «desde el primer momento, Guillermo me dijo que no iba a escribir con una óptica secuencial, porque no le interesaba respetar un desarrollo cronológico».

Tommy Lee Jones se reserva en su primera película tras las cámaras el agradecido rol de ángel custodio de un espalda mojada, el tal Melquíades Estrada. En ese sentido, nos hallamos ante una de las historias menos complejas de Guillermo, hasta el punto de centrarse en su tercio final en dos únicos personajes.

Le falta sutileza a Tommy a la hora de retratar al malo de la 'pinícula': un patrullero fronterizo con todos los tópicos imaginables: pajillero, eyaculador precoz, leñero, racista (vamos, la descripción de un madero crápula por antonomasia; un compendio de "virtudes" demasiado excesivo). Este tontiloco que parece sacado de Jarhead —y que a pesar de todo, está muy bien interpretado por Barry Pepper— va a probar un poco de su propia medicina (¡menudo es Dios cuando se pone!), recibiendo en su camino de redención más guantazos que el Marlon Brando de El rostro impenetrable y La jauría humana juntos.

El chico está emparejado con la reina del baile de todo instituto americano que se precie: rubiaza contundente, tía buena sin matices, sueño húmedo con patas. Juntos conforman la perfecta pareja alienada: mientras él se dedica a zurrar a inmigrantes ilegales, la niña se aburre infinitamente en el infame pueblucho, donde el mayor y único atractivo lo encuentra en el imprescindible bar de carretera, espacio donde se conciertan citas prohibidas, nacen amores de barra y se recitan diálogos de humo y uñas nacaradas... amén del inevitable pellizco en el culo a la solícita camarera.

En esto aparece Melquíades. Lo conocemos a Melquíades: como país receptor de inmigrantes que ahora somos, su drama nos devuelve a una realidad que habita en nuestras calles; la de aquellos que dejaron a los suyos para labrarse un futuro "mejor" acá. Valientes todos, engañados los más. Lee Jones sintetiza muy bien la simpatía que nos despierta el personaje con una frase: «el hombre que está al otro lado del río somos nosotros mismos». (Muy profundo y progre, Tommy: sin duda sabes lo que hay que decir para pasar por indie).

Hay indudables ecos peckinpanianos en la elegía a Melquíades. La necrofilia de Quiero la cabeza de Alfredo García, donde Warren Oates debía cargar con sus pecados —la testa del susodicho— hasta acabar por desarrollar un brote esquizoide que incluía larguísimos monólogos con el finado, preñador de niñas bien con papás demasiado susceptibles. El elogio de la amistad masculina de Duelo en la alta Sierra, Mayor Dundee o Pat Garrett & Billy the Kid, con idéntica carga misógina (las dos mujeres que encabezan el reparto femenino son casadas que no dudan en darle un poco de "vidilla" a sus cuerpos serranos, emparejándose con nuestros héroes... una fantasía masculina que no se sostiene ni por el supuesto aburrimiento que éstas padecen, reduciéndolas a meros instrumentos del placer ajeno, dispuestas a alegrar la bragueta de "machos" libres y sin compromiso). El sacrificio por el compañero mejicano de Grupo Salvaje, aquél «we want Angel» que terminaba con la orgía más sangrienta de la historia del western. La mítica de la escapada, el fuera de la ley al que le asiste la razón y que no por ello logra eludir una persecución empecinada, el vadeado del río Grande y la remisión de los pecados en un país diseñado para perdedores que quieren empezar de nuevo (La huida).

Tras retratar al crisol que creíamos nos iba a acompañar hasta el final del filme, el director opta por desembarazarse paulatinamente de secundarios de cierta enjundia y que no servían —a los hechos me remito— más que para desencadenar la acción: la camarera, la esposa joven, el policía local que elude sus obligaciones (más morales que legales)...

Todo se concentra pues en ese periplo por territorio ignoto, la mitificada jornada tras la cual las vidas de nuestros protagonistas —¿cuántas veces hemos visto ya eso?— jamás volverán a ser las mismas. El amigo, obligado por un pacto algo difuso a devolver el cuerpo de Melquíades a su tierra chica, decidirá echarse como compañero de fatigas al mismísimo asesino de Estrada. Todo muy didáctico —demasiado—, con algunos encuentros tan moralizantes como forzados: el que se tope precisamente con uno de esos grupos de inmigrantes a los que antes perseguía, el que su curación de una picadura de serpiente dependa de la misma chica a la que agredió en otro tiempo... casi tan increíble como algunas declaraciones del director, claramente trastornado por la belleza de la entrevistadora (¡digo yo!): «mi sentido del color procede de Mondrian, Matisse, Jean-Luc Godard, Akira Kurosawa… así es como veo el color. Así es como soy».

Pero en algunas ocasiones sí que logra arrancar simbolismos menos maniqueos: la incomunicación entre las dos naciones vecinas quintaesenciada en ese norteamericano ciego que escucha sin entender una radio mejicana o en esa cuadrilla gaucha de sobremesa frente a un televisor que emite un culebrón en una lengua —la inglesa— que tampoco comprenden... ¡menuda torre de Babel! O esa postrera llamada desde la cantina de Pete (ese es el nombre del capataz dispuesto a encontrarle una sepultura decente a su maloliente carga), ofreciéndole una tabla de salvación a una mujer incapaz de correr el riesgo de ganar siquiera una vez.

Racismo en la mayor frontera entre dos países del mundo, vaqueros sedientos de algún que otro vínculo emocional, un muerto cuya última voluntad hay que cumplir, una venganza redentora con lectura edificante... destellos a lo Sayles, Leone o Cimino (¿por qué me recuerda tanto a Sunchaser?), que no es decir poco de la primera película de alguien. En próximas entregas veremos si la coyuntura —tener un amigo como Arriaga, cuya cabeza reclamo y envidio desde el mismísimo título de esta crónica— fue o no fundamental en el look y las aspiraciones trascendentales de Los tres entierros de Melquíades Estrada. Aunque... ¿se imaginan acaso una película de Iñárritu sin Arriaga?

Por Jorge-Mauro de Pedro
cartel

EEUU / Francia. 2005. Título original : The Three Burials of Melquiades Estrada. Dirección: Tommy Lee Jones. Guión: Guillermo Arriaga. Producción: Luc Besson, Michael Fitzgerald, Tommy Lee Jones, Pierre-Ange Le Pogam y Eric A. Williams. Fotografía : Chris Menges, en color. Música: Marco Beltrami. Montaje: Roberto Silvi. Diseño de producción: Merideth Boswell. Dirección artística: Jeff Knipp. Duración: 121 min. Reparto: Tommy Lee Jones (Pete Perkins), Barry Pepper (Mike Norton), Julio Cedillo (Melquíades Estrada), Dwight Yoakam (Belmont), January Jones (Lou Ann Norton), Melissa Leo (Rachel), Mel Rodríguez (capitán Gómez), Cecilia Suárez (Rosa), Ignacio Guadalupe (Lucio), Guillermo Arriaga (Juan).