Colección rota y acabada
Hace, concretamente, cuatro años, se estrenaba en nuestras pantallas Kamchatka. La película, dirigida por Marcelo Piñeyro, utilizaba el nombre de la provincia rusa situada en la Siberia Oriental, como metáfora de esa quimera o pretexto que nos puede hacer continuar viviendo, a pesar de las amarguras de la vida. Una partida de "Risk", interminable, con el padre del protagonista enrocado en la citada península, ofrecía al niño la lección de su vida y, de paso, servía de vehículo a Piñeyro —éste también se hacía eco de otras reminiscencias infantiles tales como la serie televisiva Los invasores o un libro para niños sobre el escapista Houdini— para narrar el proceso de aprendizaje y crecimiento del niño, con el incipiente levantamiento de los militares en la Argentina de 1976.
Ahora, Santiago Tabernero realiza una operación similar al titular a su opera prima de la misma manera que una notoria y célebre colección de cromos de mediados de los años setenta. En ella, de un modo ameno y didáctico, se ilustraron los despertares al saber y al conocimiento de muchos niños de la época. El paso a la edad adulta del niño protagonista será el eje vertebrador de Vida y color, al tiempo que seremos mudos testigos de los últimos estertores del régimen fascista de Franco. Así, mientras el dictador agoniza en otoño de 1975, Fede (Junio Valverde), un niño de catorce años que ya deja entrever los sinsabores de la adolescencia, intenta relacionarse con los chicos de la pandilla de su barrio, un arrabal obrero de tantos que nacieron en aquel periodo al calor de la ligera bonanza económica y del babyboom de finales de los sesenta. Olvidado y ultrajado por el grupo, ya que no estudia en el colegio del barrio sino que asiste a clases con los Jesuitas, Fede tiene como compañera de fatigas a Sara (Nadia de Santiago), amiga y confidente a pesar de que ésta guardará un oscuro secreto que comparte con Ramona (Natalia Abascal). Sus ilusiones son tan pueriles como difíciles de conseguir por parte de su familia: dejar de compartir la habitación con su abuelo republicano y poder disponer de un espacio íntimo y personal, disfrutar en casa de las recién aparecidas televisiones en color, conseguir el cromo que le falta para finalizar su colección de "Vida y color"... Otras vidas cruzadas irán dando forma a un tejido narrativo en el que, tras la estampa costumbrista de la película, se deslizará un misterio, negro y confuso, que se convertirá en la llave de la madurez para Fede.
Todos los cambios implican ganancias y pérdidas. Naturalmente, Fede no será ajeno a esta afirmación. Su tránsito a la vida adulta, la madurez de su yo, se formalizará al poder cerrar las heridas de la infancia sin contrariarse por las cicatrices que éstas dejan. De este modo, un cromo —el de la calavera— se muda en alegoría de lo dicho. A Fede, únicamente le falta este cromo para finalizar su colección de "Vida y color". De él, se dice que sólo existen diez en el mundo y, sin embargo, dos de ellos llegarán a manos del protagonista. Primero en un intercambio de cromos con uno de los chavales de la pandilla del barrio; el cromo terminará hecho añicos por la actitud déspota del cabecilla del grupo. Después, será Fede quien lo robe, a hurtadillas, en la habitación de Ramona; y el cromo volverá a acabar destrozado, esta vez debido a que su madre mete el pantalón de Fede en la lavadora sin mirar lo que había en sus bolsillos. Así que Fede se ve obligado a pegar el cromo en el álbum, recomponiendo los trozos que de él quedaron. Fede madura, acaba su colección de "Vida y color", pero el precio de este proceso conlleva algo más que un doloroso descosido y Tabernero sabe, y lo logra, comunicar todo este flujo interior a través de las imágenes de la película.
La mayoría de críticos han apuntado lo deslavazado y disperso que llega a resultar el guión de Tabernero. No estoy de acuerdo en esas apreciaciones, el guión es rico en historias y personajes. Además, los principales tienen la hondura suficiente como para resultar verosímiles. El problema, si es que lo hay, viene seguramente de una cierta sensación de déjà vu que se arrastra tras el visionado de la cinta. No obstante, Tabernero es honesto con su propuesta ya que lo único que le interesa, y desde luego no es poco, es ilustrar una historia, contarnos un cuento. Probablemente no se trata de uno de los proyectos más originales que nos podamos echar a la cara pero, sin prejuicios, cumple más que dignamente su cometido.
Por otro lado, hay que reseñar que la historia de iniciación hasta ahora esbozada en este artículo se propaga en dos direcciones. Una de ellas es, evidentemente, la de Fede; la otra es la del colectivo, la de un país que se despierta del sueño de angustia y temor que supuso la dictadura de Franco. La historia del abuelo de Fede o la de su hermano ausente son muestra de las miserias de esos tiempos. Pero Tabernero, ayudado por la labor de José Luis Alcaine, otra vez hábil con las metáforas, sabe sacar partido de los elementos físicos del relato —véanse las escenas en las que Fede atraviesa un túnel— para contarnos todo esto mediante el uso del encuadre y la luz, de lo pictórico.
Vida y color es un cuento gótico, iniciático y lúgubre. El árbol, seco y solitario; el edificio abandonado, con tan sólo los cimientos construidos al que todos llaman "el esqueleto"; el subsuelo del barrio, rico en cuevas y recovecos que se transforman en auténticas grutas del horror; el demente padre de Ramona, el ogro de la función... todo este elenco de elementos góticos insuflan al relato una pátina de romanticismo y terror camuflado que conforman el espinazo de lo que Tabernero nos cuenta. A caballo del melodrama social realista y del cuento fantástico, Vida y color se ve con más deleite que aburrimiento. Y ello es así gracias a su estupenda dirección artística, a la gran labor de los actores, al espléndido trabajo de Alcaine, al cuidado gusto por la imagen y los encuadres del que hace gala la película y al astuto manejo de las metáforas visuales. Todo ello es más que suficiente como para aplaudir Vida y color y esperar con ganas el siguiente filme de Santiago Tabernero. |
| España, 2005. Dirección y guión: Santiago Tabernero. Producción: Loris Omedes, Gaizka Urresti y Luis Ángel Ramírez. Música: Matthew Herbert. Fotografía: José Luis Alcaine. Montaje: José Salcedo. Dirección artística: Soledad Seseña e Íñigo Rotaetxe. Vestuario: Pepe Reyes. Duración: 97 min. Intérpretes: Junio Valverde (Fede), Silvia Abascal (Bego), Joan Dalmau (Abuelo), Miguel Ángel Silvestre (Javi), Ana Wagener (Sole), Carmen Machi (Leo), Andrés Lima (Marciano), Nadia de Santiago (Sara), Natalia Abascal (Ramona), Maru Valdivielso (Ana), Adolfo Fernández (Ángel). |
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