«Conocí a una italiana durante la última guerra...»
Truffaut.- ¿Había visto usted M?
Hitchcock.- Sí, pero no me acuerdo muy bien. ¿No había un hombre que silbaba?
Encuadrada dentro del pelotón de películas antinazis, junto a Man Hunt (íd., 1941), Los verdugos también mueren (Hangmen Also Die, 1943) o El ministerio del miedo (Ministry of Fear, 1944), en esta tardía muestra de cine peleón (en el que a los imprescindibles requisitos propagandísticos, se unía en el caso de Lang una férrea convicción moral) encontramos nuevamente temas característicos a lo largo de su filmografía, encuadrados todos ellos dentro de un filme decididamente menor.
Empezando por el personaje algo autista de Gary Cooper, especie de empollón superdotado metido a intrépido agente secreto (sí, hay cosas que sólo ocurren en las películas), dispuesto a patearse los Alpes y lo que haga falta. ¿La razón? El gobierno requiere de sus patrióticos servicios ante la posibilidad de que los nazis hayan reclutado a lo más granado de la materia gris del viejo continente para desarrollar la temida bomba...
El meollo del asunto pasa por entrar en contacto con un profesor brillante, colaboracionista forzoso de los alemanes al contar estos con un valioso elemento de canje: la vida de su hija. La huida del atormentado y chantajeado progenitor pasará, lógicamente, por garantizar la integridad de la niña de sus ojos, retenida Dios sabe dónde por vaya usted a saber quién.
El panoli metido a superhéroe perderá por el camino la inocencia (aunque como la mayoría de los personajes de Lang, da la impresión de que ya venía algo "tocado" de fábrica), amén de conocer a una italiana terremoto (inverosímil Lilli Palmer, polaca de nacimiento), convenientemente traumatizada por el conflicto bélico y el mal de amores (se nos insinúa que su currículum en estos menesteres dista mucho de estar tan limpio como el del casto y virginal Gary) y dispuesta a rehacer su vida entre los brazos de tan brioso doncel norteamericano. ¿Y quién no?
No parece gran cosa, a pesar de que el material de partida prometía: casos extraídos de los archivos de la mismísima Oficina de Servicios Estratégicos del ejército norteamericano. Los personajes no resultan especialmente memorables aunque se relacionen entre sí de un modo bastante singular, al erigirse la desconfianza en el patrón principal de comportamiento en tiempos de guerra. Desconfianza hacia los fines pretendidamente honorables que persigue tu país (en el caso de Gary Cooper), hacia el recién llegado (los partisanos), hacia cualquiera que trate de modificar nuestra rutina diaria, por insoportable que esta sea (que sería una manera de describir los sentimientos encontrados del doctor secuestrado con respecto al profesor joven, envalentonado y seguro de la supremacía moral de su cruzada... pero que no se juega en el intento ninguna otra vida que no sea la suya).
Pregunta capciosa con la que tratar de justificar el diálogo que abre este escrito: ¿copiaba Lang a Hitchcock? ¿O Hitch a Lang? Debate tan baldío como tratar de dilucidar algunas de las aportaciones bidireccionales que se hicieron Hawks-Ford. El caso es que hay varios momentos genuinamente Hitch, empezando por la intriga hotelera con Matahari incluida, siguiendo con la entrada a pecho descubierto en el lugar donde tienen retenido al sabio de marras y acabando con el asesinato en el portal de un edificio —¡grandísimo momento de cine!—, que me recuerda tanto a ciertos pasajes de Extraños en un tren (Strangers on a Train, 1951) como a la famosa escena de Cortina rasgada (Torn Curtain, 1966). De hecho, se me hace difícil creer que el británico no tuviese en mente el original e interminable forcejeo rodado por Lang en el angustioso pugilato de Newman junto al horno de gas... ¿recuerdan? ¿Y qué me dicen del niño jugando con la dichosa pelotita, preludio del "inocente" acusador de El tercer hombre (The Third Man, 1949)?
El desenlace de Cloak and Dagger dista mucho de ser convencional. Para empezar, Lang nos reserva un soberbio golpe de efecto, que evidentemente no cometeré la indelicadeza de desvelar aquí. Súmese a esto que la historia de amor tampoco tiene visos de tener una continuidad en el tiempo: el reencuentro de los enamorados queda pospuesto hasta el cese de hostilidades, dejando un genuino poso de amargura —y que a mi entender no debe de confundirse jamás con un impostado final feliz—, de esos tan abundantes (y engañosos, repito) en el cine de Fritz.
A pesar de todo —y para variar— ese no era el final que Lang tenía en mente. Nos falta el último rollo, en el cual a Lang se le iba la pinza cosa mala: las investigaciones conducían a los aliados hasta un gran sótano utilizado para diversas pruebas nucleares, donde yacían... 60.000 obreros esclavos muertos (1). Una cifra demasiado similar a las bajas que por aquel entonces se creía había causado la "demostración de poder" sobre Hiroshima y Nagasaki. En definitiva: Lang volvía a pegar patadas en la espinilla y Warner volvía a ejercer su derecho a hacer lo que le diese la real gana con el material rodado.
Película hecha "de memoria", eficaz y algo convencional teniendo en cuenta la trayectoria del que la firma, en Clandestino y caballero Lang utiliza el McGuffin atómico (¿casualidad que sea contemporánea de Encadenados (Notorious, 1946), con la famosa coartada argumental del uranio?) para contarnos otra cosa: el inverosímil romance entre dos inadaptados. Es en esos momentos cuando la película trasciende, con los dos protagonistas retenidos en el reducido espacio de una habitación, en escenas cargadas de pulsión sexual que, ¡oh, casualidad!, vuelven a recordar al Hitch de Los 39 escalones (The 39 Steps, 1935) o Inocencia y juventud (Young and Innocent, 1937).
(1) Fritz Lang, de Quim Casas. Editorial Cátedra. Colección Signo e Imagen / Cineastas. Pág. 176.
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