Cuando el director es sólo un nombre
Una de las grandes virtudes que posee el cine es el hecho que se haya erigido en el arte popular por excelencia del pasado siglo XX, continuando con su estatus en el presente siglo XXI, relegando y desplazando a otras manifestaciones artísticas a un segundo plano.
No es de extrañar que un instrumento como el cine haya sido utilizado para sus más diversos usos a lo largo de su historia. Desde entretenimiento popular hasta denuncia política, el cinematógrafo encontró en la propaganda política un arma que cada gobierno explotó según sus intereses bélicos, para ejercer una influencia masiva en el pueblo, que conscientemente sabían que no podrían alcanzar con medios más convencionales.
De este modo, según los regímenes acaecidos en el convulso siglo pasado, el cine ha servido para mostrar las diferentes posturas e ideas que florecieron durante ese tiempo, así mismo como vehículo de enseñanza y asentamiento de grandes cineastas.
Desde el servilismo de Leni Riefenstahl al partido nazi, pasando por la apología de la cinematografía soviética al comunismo, al partido y a la madre Rusia con Eisenstein a la cabeza (capítulo aparte merecería nuestro entrañable No-Do), la exaltación patriótica del gobierno norteamericano en las décadas de los años 40-50 fue sin duda la más productiva en cuanto a número de largometrajes y cineastas que lo abarcaron, siendo éstos nada más que un nombre en los créditos.
Desde directores que rodaron obras al servicio de su país por voluntad propia, que abarcaron desde el documental (John Ford y su genial Batalla de Midway, Battle of Midway, 1942, o Frank Capra por ejemplo), hasta la ficción (otra vez Ford, con No eran imprescindibles,They Were Expendable, 1945), muchos cineastas se vieron obligados a transigir en obras para los grandes estudios que despacharon con tanta profesionalidad como falta de interés, y que sin duda alguna no aportara nada a su trayectoria vital de directores de cine.
Nicholas Ray tuvo que ceder entregando la mediocre Infierno en las nubes (Flying Leathernecks, 1951) con John Wayne y Robert Ryan, así mismo como Fritz Lang, quien no sólo tuvo que ver como añadían una conclusión innecesaria a su excelente El hombre atrapado (Man Hunt, 1941) sino que rodó la presente película que nos ocupa.
Paradigma del cine de propaganda del ejército norteamericano, el largometraje constituye un claro ejemplo de película prefabricada y dirigida a ensalzar los valores del ejército así como sus intervenciones militares. Cuidada en extremo y rodada con una solvencia y profesionalidad digna de elogio (los estadounidenses pueden presumir de su inteligencia al encargar esta clase de trabajos a sus mejores cineastas), y amparada en el reclamo popular que supone contar con un par de estrellas en su elenco (en este caso con el señor Tyrone Power a la cabeza), la película narra las vivencias de un comando en Filipinas semanas antes de la intervención de los Estados Unidos en Corea, mientras esperan la vuelta del general MacArthur, siendo ayudados por la guerrilla nativa contra la invasión japonesa en 1942.
De argumento simple y masticado para hacer más directo y digerible su visionado, con el technicolor ayudando en su grandilocuente vistosidad que realza su propósito, la película no es más que un vehículo de lucimiento para sus actores y orgullo de los norteamericanos, que no supone ningún tipo de acercamiento a la obra de Lang, quien se deshizo del proyecto con la sabiduría que ostentaba y la frialdad que se le suponía.
Frente a reflexiones más serias en torno a la guerra de la misma época, (Raoul Walsh y su insuperable Objetivo Birmania, Objective Burma!, 1945), es una pena que Lang como cineasta extranjero en Hollywood, no aprovechara la ocasión como otros sí han hecho (y si no que se lo pregunten a Billy Wilder o Ang Lee), para diseccionar la vida y costumbres norteamericanas desde un prisma privilegiado, apoyándose en el prisma que su condición le ampara.
A pesar de ello, Guerrilleros en Filipinas supondrá una curiosidad cinéfila para aquellos amantes y estudiosos de la obra del cineasta alemán, que de nuevo demuestra su capacidad para abordar cualquier género (drama, noir, thriller, western, épico...), pero que no supone ningún eslabón perdido (debido a su hoy nula distribución) para aquellos que ni siquiera la conozcan.
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