Más allá del cine negro

Uno de los elementos que mejor definen la etapa norteamericana de Lang es su implacable destrucción y remodelación de los géneros tradicionales. Concretamente, en el cine negro, Lang no plantea la ironizada desmitificación llevada a cabo en sus westerns, al igual que tampoco opta por el acerado dramatismo de sus films antinazi. Éste género representa para él algo mucho más personal, menos vinculado a las convenciones que intenta hacer volar por los aires. El cine negro es una oportunidad de oro, no sólo para denunciar los vicios y miserias de una sociedad a la que constantemente pone en tela de juicio a través del cristal de su monóculo, si no también  la ocasión para enjuiciar la moralidad de la propia condición humana. Amén de ello, el cine negro significa una vuelta a los orígenes del cineasta, un contundente retorno a las formas y bases de Las arañas (Die Spinnen, 1919-1920), El dr. Mabuse (ídem, 1922) o Spione (ídem, 1928) que representa, dentro de la relativa incomodidad que suponía para el cineasta el estar a los designios de la industria estadounidense, uno de los caminos más seguros a la hora de intentar realizar un cine más vinculado a sus orígenes expresionistas.

La mujer del cuadro (The Woman in the Window, 1945) es, por todo ello, un film referencial a la hora de tratar las particularidades estilísticas del cineasta vienés. El film, concretamente, es la traslación visual de una perturbadora pesadilla, con la influencia de las teorías psicoanalíticas de Freud sobre las represiones sexuales, el sentimiento de culpa y, sobretodo, la importancia de la interpretación de los sueños. Ya desde el primer plano, accedemos con una intensidad poco común a un universo enrarecido en el que somos incapaces de discernir el sueño de la vigilia (como bien demuestra la conclusión del film), arrastrándonos a través de un abismo onírico a la desgraciada suerte del profesor Richard Wanley. Todo ello convenientemente recubierto en un impresionante concierto de sombras y luces, gracias a la excelente fotografía de Milton Krasner. La importancia de La mujer del cuadro, por ello, es bipartita y responde tanto a  su herencia estrictamente germana como a sus propios planteamientos transgresivos dentro del film noir.

Si la llegada de los cineastas europeos a Estados Unidos en el primer lustro de los años treinta se caracteriza por teñir la aséptica iluminación de los pioneros norteamericanos de un desquiciado tenebrismo, casi una plasmación pictórica del apocalíptico momento histórico que se estaba gestando en el viejo continente, Lang, concretamente, (y a diferencia de varios de ellos) otorga un potente significado dramático a cada foco de luz y a cada elemento oculto en la oscuridad. Crea y establece un cosmos neoexpresionista en el que, aprovechando el espacio y los diferentes términos del plano como pocos, define las características de la historia, a la par que redondea la caracterización de sus personajes. Todo ello sin perder, ni por un momento, el pulso creativo y la mentalidad arquitectónica, concibiendo una puesta en escena tan meticulosamente calculada que todo lo que en ella se representa adquiere significación propia. Esto, que puede ser constante en el cine de Lang, adquiere una especial trascendencia en sus películas negras y, más concretamente, en La mujer del cuadro, donde el clima de ensueño ya esbozado más arriba se ve potenciado por la dirección de Lang, aparentemente fría e incluso en algún momento distanciada, pero tan perfecta en la consecución del ritmo y en el clima de lasitud progresivamente reinante (que alcanzaría su cenit un año después en la no menos lograda Perversidad, Scarlet Street, 1945) que, sin ningún género de dudas, remiten al mejor Lang alemán.

Por lo que respecta a sus raíces genéricas, La mujer del cuadro supone una desmembración más que notable de las convenciones del género negro. Más cercana al melodrama que a lo planteado por John Huston tres años antes en El Halcón Maltés (The Maltese Falcon, John Huston, 1941) (1), la película, en el fondo, queda excluída de cualquier tipo de vinculación genérica. Si bien formalmente, puede responder a unas ciertas tendencias básicas del film noir (sobretodo a nivel de atmósfera) y argumentalmente se encuentra al límite de este tipo de cine (personajes arquetipo), lo cierto es que La mujer del cuadro no es más que otro ejemplo (y no de los más sobresalientes) del sincretismo de Lang, de su extrema facilidad para conciliar esquemas narrativos y características formales en un todo verdaderamente arrebatador. Si Metrópolis (ídem, 1927) era la simplificación de  expresionismo, híbrido con otras tendencias que adquirían una mayor importancia y trascendencia, en La mujer del cuadro nos encontramos con una pieza de características marcadamente fantásticas e irreales, envuelta en un manto de cualidades, paradójicamente, veristas.

Prueba irrefutable de la genialidad de Fritz  Lang y una de sus mejores películas estadounidenses, La mujer del cuadro es una de las mayores experiencias del clasicismo cinematográfico

(1) Siempre y cuando entendamos éste film de Huston como el nacimiento (por llamarlo de alguna forma) del cine negro y, lógicamente, no teniendo en cuenta todo el cine de gangsters realizado en los años treinta con James Cagney y, curiosamente, Edward G. Robinson como principales estrellas.

Por Joaquín Vallet R.
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