Un extraño entre nosotros
Fritz Lang, además de ser un realizador obsesivo, puntilloso, muy exigente con sus colaboradores, que le llegaban a acusar de tener un carácter de "general prusiano", era por encima de todo un hombre apasionado. Es una recurrencia. Su apasionamiento, sobradamente marcado en su exilio norteamericano de más de veinte años, le llevó a sobreponerse a cada uno de los extraños proyectos que los, entonces productores magnates de Hollywood, le iban imponiendo. Lang pasó de ser el mejor director de Alemania a convertirse en un asalariado de la poderosa maquinaria hollywoodiense. No le fue fácil al realizador de M (1931) su trabajo en Norteamérica, tenía problemas con los guionistas, porque les obligaba a hacer múltiples cambios en los escritos; tenía problemas con los actores, a los que exprimía para obtener la interpretación que él quería; tenía problemas con los productores, que no sólo le imponían los actores sino que le obligaban a cambiar finales o reducir el metraje cortando escenas en contra de la opinión del realizador. Y luego estaban las temáticas: a Lang, no sabían cómo encasillarle, muchos de los magnates ni siquiera sabían quién era el Dr. Mabuse, así que optaron por convertirlo en un artesano de la serie B: cine negro, melodramas, películas de "suspense"... y westerns nada épicos, en las antípodas de los guiones que podían recibir Ford, Hawks o Mann.
Pero Lang era mucho Lang. Siempre conseguía llevar a su terreno los tratados argumentales. Modificaba personajes e historia para que la angustia, esa poderosa "angustia" tan languiana, se hiciera presente en cada una de sus obras. Lang demostró que los falsos culpables no eran exclusivos del cine de Alfred Hitchcock y casi todas sus obras en Norteamérica poseían alguno, aunque fuera tangencialmente. Esa capacidad de levantar proyectos imposibles, como el que ahora nos ocupa, es lo que diferencia a Lang de artesanos más insulsos como Henry Hathaway o George Stevens. Que se me entienda. Uno puede disfrutar como un enano con Los cuatro hijos de Katie Elder (The Sons of Katie Elder, 1965) y con Raíces profundas (Shane, 1953), pero es injusto que durante años William Wyler fuera un director puntero y Lang un desterrado olvidado.
El caso que nos ocupa es bastante paradigmático. Lang, un apasionado por la mitología del western, podía por fin realizar un film afín al género. Aunque éste fuera una secuela, concretamente, la de la correcta Tierra de audaces (Jesse James, 1939) de Henry King. ¡Qué ciegos debían estar Zanuck y compañía cuando consideraban a Lang por debajo de King! —no tengo nada contra Henry King, todo lo contrario, siento auténtica devoción por su film El pistolero (The Gunfighter, 1950)—, sobre el popular personaje de Jesse James, todo un icono dentro de la mitología del western.
Lang reunió al reparto del film original y empezó La venganza de Frank James con la escena final de Tierra de audaces: aquella en la que los hermanos Ford matan por la espalda al mayor de los James. El protagonista, así, del film, tal como indica el título del mismo, es Frank James que, como cuenta la leyenda, era el más dócil e ¡intelectual! de los dos hermanos. Un Henry Fonda lacónico, que igual que tantos otros héroes del western, se veía atrapado por una espiral de violencia, pesa sus intenciones de retiro total en una granja con la única compañía del joven atolondrado Clem y el bonachón sirviente Pinky. Lang y Fonda habían formado un par de años antes un excepcional tándem con la magnífica Sólo se vive una vez (You Only Live Once, 1936), aunque la relación entre ellos fue, digamos, distante.
Los resultados resultaron contradictorios. No es que Lang se sintiera perdido en la tipología del western, quizás es que había demasiados elementos extraños para que el film llegara a buen término. Para empezar el argumento era endeble, sólo poseía una secuencia realmente vibrante —hablo de la muy fordiana escena del juicio con un jurado claramente imparcial formado por confederados—, y las respuestas emocionales de los protagonistas o resultaban previsibles o, por inesperadas, demasiado absurdas. En Espíritu de conquista (Western Union, 1941), su segundo western, ocurría algo parecido, un guión demasiado obvio para que las turbulentas relaciones de los personajes protagonistas llegaran a traspasarse del guión a la pantalla. También se trataba del primer film en color rodado por Lang, pero aun así los tonos pastel pálido están muy alejados de los brillantes logros expresionistas que obtuvo en Encubridora (Rancho Notorious, 1951), su western más completo, por complejo e interesante.
Lo mejor, así, de La venganza de Frank James es el encontrar a un realizador que se divertía al conjugar las figuras iconográficas de la Norteamérica del siglo XIX. La mejor prueba de ello es la secuencia en el teatro: en ella los hermanos Ford representaban el asesinato de Jesse James de una forma totalmente caricaturesca —como hacían otros ilustres cowboys de la época, como el mismísimo Buffalo Bill—, entonces Frank, irritado, salta al escenario, emulando la huida de John Wilkess Booth tras asesinar al presidente Abraham Lincoln. Frank James, está claro, es un prototípico héroe languiano, con la diferencia que al final de la obra, esta posee un happy end tan poco creíble como buena parte de los pasajes de la misma. No es que para poder disfrutar del cine uno tenga siempre que esperar finales como los de Sólo se vive una vez o Perversidad (Scarlet Street, 1945), pero no hubiese estado mal que parte de la sangre que recorre estos films se hubiera hecho presente en el espíritu de Frank James. Estoy convencido que Lang hubiese disfrutado mucho más con un duelo final Bob Ford/Frank James en el que ambos hubiesen expiado sus muchas culpas muertos a balazos el uno contra el otro.
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