Conspiración y paranoia en Londres
«No hay escape del Ministerio del Miedo, donde la amenaza acecha detrás de cada sombra, y una red de terror desvela el terror en las mentes de todos los hombres». Del tráiler de Ministry of fear.
Filmada en Estados Unidos en plena segunda guerra, Ministry of Fear concluye, luego de las anteriores El hombre atrapado (Man Hunt, 1941) y Los verdugos también mueren (Hangmen Also Die!, 1943) la trilogía de propaganda antinazi en la que Lang por fin arremetía directamente contra el Tercer Reich. En 1943 Hitler aún amenazaba con dominarlo todo, y se puede afirmar que el clima de paranoia que se respira en la película refleja en parte los miedos presentes en la idiosincrasia norteamericana, y de amplios sectores de la población mundial no alineada con el nazismo en su momento.
Si bien la palabra "propaganda" puede sonar hoy algo incompatible con una buena película vista la denotación manipulativa implícita en el término, debe comprenderse cómo Ministry of Fear se integra a su entorno histórico. Las arremetidas contra el poderoso nacionalsocialismo desde el arte se podían ver como un acto de valentía, cuando no como un compromiso social que muchos intelectuales creían necesario e imperioso. Como bien afirma el historiador Eric Hobsbawm "...en la segunda guerra mundial la naturaleza del régimen de Hitler y el comportamiento de los alemanes, incluido el del sector no nazi del ejército, en Europa oriental fue de tal naturaleza que justificó su satanización".
Pero lo interesante es que Ministry of Fear trasciende su período histórico concreto y conserva sus atmósferas y su poder de seducción como en el día de su estreno. Si bien la amenaza nazi hoy no es tal, sí los focos fundamentalistas, nacionalistas o xenofóbicos, que hacen muy presente y cotidiana la temática. El nazismo, ligado a conceptos como la intolerancia, la ambición, el autoritarismo o a la imprecisa noción del Mal es un tema atemporal, y las continuas revisiones y aproximaciones que se hacen al fenómeno lo comprueban.
Andrew Sarris afirmaba que una de las características del cine de Hitchcock es que el director creaba personajes sencillos y ordinarios y los exponía a situaciones inesperadas y que escapan a lo común; asimismo, sostenía que Orson Welles hacía lo contrario, creando personajes extraordinarios para situarlos en contextos ordinarios. Siguiendo este criterio, se puede afirmar de Fritz Lang que sus personajes son mayoritariamente extraordinarios, y las situaciones en que se ven envueltos, más extraordinarias aún.
La filmografía de Lang se nutre entonces de ex convictos, aventureros, psicópatas, espías, justicieros por mano propia, violentos por naturaleza. Y cuando uno de estos singulares personajes se confronta a una situación límite las consecuencias pueden llegar a ser funestas, y, de seguro, extraordinariamente cinematográficas.
Al comienzo de Ministry of Fear, Neale, el protagonista, es liberado de un manicomio. Ya este inicio reviste al personaje con un aura de misterio, ¿qué retorcido pasado esconde este individuo? Recién luego de unos cuarenta minutos del comienzo se develará el móvil que lo condujo a esta situación, y Lang disparará aquí sus dardos característicos contra las instituciones. Pese a que Neale no había asesinado a su esposa, y la sentencia que se le había impuesto era injusta por donde se viera, la ley dictaba el confinamiento, y esto debía ser acatado.
Pero la primer mitad de la película, en la que aún no se sabe el porqué del encierro de Neale, y en la que se acumulan en forma asombrosa las situaciones inesperadas, sigue la lógica languiana de personajes y circunstancias extraordinarias y hacen de Ministry of Fear una obra casi maestra. Incluso esta primer mitad es, de la etapa norteamericana de Lang, la que mejor concuerda con las atmósferas expresionistas y oníricas de su período alemán, y tiene muchos puntos en común con algunas películas de Hitchcock, en particular con la espectacular Con la muerte en los talones (North by Northwest, Alfred Hitchcock, 1959) en la que también un personaje perplejo es erróneamente acusado de asesinato por la policía y se ve implicado en una trama conspirativa internacional.
Este primer tramo presenta una escena memorable tras otra, desde la brillante secuencia inicial de créditos con letras góticas e inquietante banda sonora de Victor Young ya se augura algo tenebroso. Luego, la fiesta benéfica, en la que el murmullo permanente y la música de fondo devienen en gélido silencio una vez que Neale se lleva como premio una enigmática torta; inmediatamente, la escena en el tren, en que un espía nazi se hace pasar por ciego, mientras explosiones en off anuncian bombardeos aéreos alemanes. Y para coronar, la sobrecogedora y siniestra sesión espiritista, en la que Neale se ve rodeado de personajes bizarros y de la oscuridad más absoluta, de la que emerge la voz sepulcral de su fallecida esposa.
A la climática y genial primera mitad le sigue una segunda parte que se acerca un poco a un policial más convencional, quizá algo sobreexplicativo por momentos, pero que de todas formas mantiene el interés, gracias en principio a la mano maestra de Lang para dirigir las secuencias de acción, —hay una escena en la que el protagonista se recupera de un desmayo que recuerda a los fuera de foco de la posterior Detour (ídem, Edgar G. Ulmer, 1945)— y a las pistas falsas sembradas, que llevan a sospechar errónea y alternativamente de distintos culpables.
Si bien a Lang le gustaba la novela original de Graham Greene y pensaba comprar los derechos para su adaptación, la Paramount logró hacerse con ellos antes y le ofreció a él mismo dirigirla. Lang aceptó sin haber leído el guión, y cuando al fin dio con él, lo aborreció, e incluso intentó en vano rescindir su contrato con la compañía. El mayor problema radicaba en que Seton I. Miller, el guionista, era también productor del film, y debió haber puesto muchas objeciones a la forma de trabajar de Lang. Filmada la película, como en tantas otras ocasiones, el director quedó muy disconforme con el resultado, e incluso años más adelante en entrevista con Peter Bogdanovich contó que se había quedado dormido una vez que había querido verla en televisión.
Hay quienes aseguran que el abrupto y anticlimático happy ending de Ministry of Fear no fue dirigido por Lang, visto el contraste en la técnica en esta última escena y el resto de la película. Pero es probable que sí lo haya filmado, aunque por obligación y en forma deliberadamente concisa como para que no le pesara demasiado. El hecho es que este brevísimo final, que debe durar apenas ocho o diez segundos, y que consiste en la pareja protagonista radiante de felicidad paseándose en coche cerca de una playa soleada, es absolutamente incompatible con la filosofía del director.
"La muerte no es la solución" había dicho Lang, y esta cita, que fue puesta en labios de Brigitte Bardot por Jean-Luc Godard en su pelicula El desprecio (Le mépris, 1963), contradice lo acontecido en esta película. ¿Cómo puede estar tan feliz la protagonista luego de haber asesinado a su hermano? Los "villanos" en Ministry of Fear son eliminados, y por lo general en las películas de Lang, el asesinato de una persona conlleva un gran peso en la conciencia del ejecutor, y de ninguna manera puede significar un remiendo definitivo para un problema.
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