Sendas paralelas

Con el mismo reparto (Edward G. Robinson, Joan Bennett y Dan Duryea) que protagonizó su anterior película, La mujer del cuadro (The Woman in the Window, 1945), Fritz Lang rodó en ese mismo año Perversidad, una película que en su día pudo haber hecho Ernst Lubitsch, que finalmente terminó por abandonar un proyecto que, por avatares del destino, terminó cayendo en las manos del director de El ministerio del miedo (Ministry of Fear, 1944). El filme es un remake de la segunda película sonora de Jean Renoir, La golfa (Le chienne, 1931), creada a su vez a partir de la novela de Georges de La Fouchardiere de título homónimo.

En Scarlet Street (me permito utilizar el título original para no causar innecesarias redundancias) se contrapone la perversidad que anticipa el tal vez desafortunado título español (aunque tampoco es excesivamente revelador dado que la naturaleza perversa que acecha al protagonista es rápidamente desvelada) a la inocencia a priori impensable en un tipo como Edward G. Robinson, que, sin embargo, poco a poco irá descubriéndose, efectivamente, como un personaje inocente y desvalido ante la crueldad sin límites de la mujer fatal que se cruza en su camino.

Pero esto no es así desde el comienzo. Entonces Kitty (Joan Bennett) prácticamente se escandaliza cuando Johnny (Duryea) le propone que le de un sablazo a Chris Cross (Robinson). A pesar de ello, y como no podía ser de otra forma, finalmente termina sacándole el dinero, en lo que será el principio de una espiral de malicia que para ella culminará tras los insultos que le lanza a Cross, burlándose de él hasta humillarlo, pues cae bajo el puñal de éste, cegado por la furia y la rabia. Podría decirse que en ese mismo momento también todo termina para Johnny, acusado del crimen y condenado a muerte. Pero peor aún será la condena de Cross, que, lejos de ver terminada la pesadilla, y víctima de un destino fatal, se verá condenado a un infierno en la tierra, con dos cadáveres sobre sus espaldas que le atormentarán hasta el fin de sus días. La secuencia de cierre es auténticamente escalofriante, con la voz de ultratumba de Kitty llamando repetidamente a su amado Johnny en la cabeza de Cross que, convertido en un vagabundo, comprueba como sus pinturas se venden por una fortuna en la que él ni siquiera puede pensar.

Pero, repitiéndome como la cebolla, pues ya me da igual ser redundante, esto tampoco es así desde el comienzo, pues es únicamente el terrible desenlace de una historia que transita por dos sendas paralelas (esto es, circulan muy cerca una de la otra, pero nunca llegan a tocarse, salvo en el infinito, en la eternidad de las dos citadas muertes y en la del eterno tormento del protagonista).

La primera es la que recorre Cross, un empleado ejemplar que acaba de recibir una fiesta en honor de su aniversario trabajando varios lustros para el banco (lo que muchos que tan sólo llevamos un año trabajando para uno de esos chupasangres consideraríamos que es tirar su vida por el retrete), y que en su hogar se encuentra subyugado por una tiránica esposa que tiene en el salón un enorme retrato de su primer esposo (desaparecido y dado por muerto años atrás). Probablemente Cross opinaría también que su vida es un auténtico escombro, de no ser por la pintura. El protagonista pone «líneas alrededor de lo que siente», con lo que no hace sino confirmarse a sí mismo que siente. Pinta, luego existe, podríamos decir.

En la otra senda paralela se encuentra Kitty, la femme fatale, que en estrecha colaboración con su novio Johnny se las apañará para aprovecharse del arte de Cross en beneficio propio, haciendo creer al pobre diablo, porque ciertamente no puede dársele otro nombre, que está enamorada de él, para hacerle sentirse culpable por no haberle dicho desde un primer momento que era un hombre casado, para hacerle creer que Johnny es el novio de su compañera de piso, para hacerle creer, tras ser descubierto parcialmente el engaño, que el dinero de los cuadros será para los dos. Y es que siempre habrá una mentira tapando otra mentira tapando otra mentira, y siempre habrá un pobre diablo enamorado dispuesto a creerse que España ganará el Mundial de Fútbol si se lo dicen en un suave susurro con los ojos entornados.

Así, recapitulando, tenemos dos sendas. La primera es la de la verdad. Pero la verdad sería, y de hecho termina siéndolo en el citado infinito, muy dura para el protagonista. Entonces él circula por el camino del engaño, por la senda de la trampa que le han preparado. O mejor (o peor), Cross recorre el camino de la verdad, la que el cree a pies juntillas, la que le da la felicidad y la satisfacción que hasta entonces le era negada, y la pérfida pareja conduce por una mentira (una capa de mentiras superpuestas) que terminará por desmoronarse, desviándolos a la eternidad con un plumazo del destino y alguna que otra puñalada.

De nuevo nos encontramos en ese punto, en el punto previo al desenlace de la historia, y el punto previo al desenlace de este artículo, en el que revelaré que yo también he seguido una línea paralela a otra (porque el concepto de paralelismo es así de caprichoso, puede haber muchas líneas paralelas, tal vez más de dos, pero nunca una sola). Por un lado está el camino difícil, el de hablar de una película de 1945 (apenas han llovido cuatro gotas desde entonces) de la que se ha hablado ya mucho, nunca demasiado, pero sí mucho. Y sí, podría comenzar a hablar, si yo hubiese elegido este camino, quiero decir, de los paralelismos con el resto del cine de Lang, de las fatalidades del destino que persiguen a sus torturados personajes, de su precisa puesta en escena, de los insertos de los que tanto me gusta hablar y que a Lang tanto le gustaba incluir (el cruce de dedos de un Cross que se revela significativamente como alguien supersticioso, el cuchillo que se clava en el suelo tal vez en una premonitoria revelación), del tenebroso final que nos recuerda los tiempos de Mabuse o Los nibelungos o del inusual humor que nos presenta en algunos momentos con un Edward G. Robinson en delantal atemorizado por su parienta.

Por el otro, está el de cumplir con mi obligación de completar el artículo dando vueltas en círculos concéntricos (el camino fácil, y el que yo, que siempre suelo tomar el camino del medio, he escogido), sin hablar especialmente de la película, al menos en lo que a concienzudo análisis se refiere, sino simplemente hablando de líneas paralelas y círculos concéntricos. Como ven, me sigo repitiendo, pero ya he dicho más arriba que me daba igual. Y es que a veces, de trabajar en el jodido banco, o de beber como un condenado los fines de semana, ya sea en ese botellón del que tanto hablan últimamente los medios de incomunicación (que parece que se ha inventado ahora, aunque creo que yo hice alguno ya hace más de diez años —poco más de diez, no se vayan ustedes a pensar), o en un bar atestado de humo (bendito humo para los fumadores pasivos, nos descuidamos y casi nos lo quitan) se me olvida que soy matemático, con lo que a mí me gustan esas cosas.

Así pues, concluyo agradeciendo infinitamente a Jesús Malia por su gran (porque lo breve puede ser muy grande) obra Trayectoria estéril del tiempo que me ha inspirado para terminar un artículo que sinceramente veía cada vez más como un callejón sin salida del que no me iba a poderme escapar fácilmente.

Realmente penoso ser tan pequeños,
amados yo.
Yo poeta,
yo físico,
yo filósofo...
o yo banquero.

[Extracto de La velocidad de la luz, canto a mi mismo u oda a Emilio Botín, de Jesús Malia]

Por Sergio Vargas
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