El concepto de la épica en Fritz Lang

Durante los más de veinte años que Fritz Lang trabajó en los Estados Unidos, únicamente realizó tres westerns. Y de ellos se puede decir que resumen a la perfección los senderos tomados por el cineasta dentro de una etapa, a todas luces irregular y muy inferior a su periodo alemán, aunque verdaderamente apasionante en sus líneas generales. La venganza de Frank James, secuela del excelente film de Henry King Tierra de audaces, no es sino una vuelta de tuerca temática a todo lo ya apuntado cuatro años antes en Furia y, a la par, la autoafirmación de Lang como un cineasta diferente, en nada parangonable a sus coetáneos. Encubridora, quizá el mejor de los tres, es una incuestionable obra maestra que inaugura la tendencia final de Lang hacia la estilización y la introspección reflexiva (que tendrá su auge, a su vuelta a Europa, en las impresionantes El tigre de Esnapur y La tumba india). Espíritu de conquista, en el justo medio de ambas, toma partido por la desmitificación revelando a un Lang de admirable arrojo y valentía.

Dentro del constreñido sistema de estudios del Hollywood de los años treinta y cuarenta, Lang aparece como una especie de rara avis, como un cineasta tan personal y coherente que apenas tiene parangón posible con sus colegas de profesión. Ni con los que emigraron a Estados Unidos huyendo del nazismo, ni mucho menos con sus coetáneos norteamericanos. Por el contrario, las formas cinematográficas de Lang son, a menudo, profundamente revolucionarias (dentro de una muy aparente ortodoxia) que, incluso, podrían ser tildadas de "contestatarias". Y de ello es buena prueba Espíritu de conquista (filmada inmediatamente después de La venganza de Frank James), estructurada y realizada como una irónica diatriba a los cánones de un género (el western) que ya comenzaba a estar saturado de tópicos.

El film está presentado como una pieza épica tanto en su origen literario (ya que adapta una novela del autor de westerns por excelencia: Zane Grey), como en sus premisas de producción. Sin embargo, pronto se revela la verdadera personalidad de Fritz Lang, que concibe y realiza un western rabiosamente alejado de los postulados establecidos por el género, poniendo en tela de juicio todo el aparato de miticidad potenciado, por ejemplo, por directores como Cecil B. De Mille y realizando una película de personajes que pronto se nos descubre como una historia moral.

La destrucción de la epicidad en Espíritu de conquista viene acompañada con un fresco aire de ironía que Lang no sólo no oculta, sino que subraya convenientemente en más de una secuencia. Salvo la persecución inicial y el imponente tiroteo final, Espíritu de conquista avanza con la medida circunspección de un film que toma en serio a los personajes que pululan por él, priorizando sus conversaciones, estados de ánimo y sentimientos antes que cualquier tipo de acción indiscriminada. El cineasta, por consiguiente, desplaza todo elemento épico a un segundo término, a la par que parece reírse socarronamente de los albores de la sociedad estadounidense desde un prisma, como no podía ser de otra forma, netamente europeo. La secuencia del encuentro de Randolph Scott y Robert Young con los indios dispuestos a cortar los cables del telégrafo, da buena muestra de todo ello: resuelta a través de la más flagrante inacción, muy a pesar (o quizá precisamente por ello) de contener todos los factores necesarios para la creación de un gran momento bélico, Lang con ello pretende desmarcarse conscientemente de los derroteros de espectacularidad habituales en este tipo de cine y, además, desmitificar de la manera más directa y radical posible el cosmos de los pioneros, tan intocable e hiperbolizado por un sinfín de sectores de la sociedad norteamericana y, más concretamente, por la misma industria cinematográfica.

La épica en Lang es una épica interior, una épica que entrelaza personajes e historias íntimas con tal sencillez y maestría que Espíritu de conquista se convierte, como ya se ha dicho, en un atípico cuento moral directamente vinculado al estilo del cineasta. La ambigüedad del personaje interpretado por Randolph Scott, que adquiere carices cercanos a la esquizofrenia y que sólo al final se nos revela en toda su dimensión está concebida desde un punto de vista netamente languiano: la oscilación del personaje entre el deber moral hacia su hermano (jefe de una banda de forajidos) y la ética profesional, la confianza puesta en él y, por supuesto, el amor de la joven Virginia Gilmore, remite directamente a las dudas de Henry Fonda en La venganza de Frank James sobre el ansia de venganza y el deseo de justicia, la reflexión de un arrollador Spencer Tracy en Furia e, incluso, el tormento existencial de Peter Lorre en M. La consecución de un personaje que progresa dramáticamente, que las diferentes circunstancias que vive hacen que cambie su prisma y, sobre todo, el interiorizado tormento que lo conduce a un constante e indeleble sentimiento de culpa adquieren en este personaje unas tonalidades tan estrictamente pertenecientes a Lang, que no hacen más que definir Espíritu de conquista, aún a pesar de su fachada de película de encargo, como una obra arrolladoramente personal. Amén de ello, las luces y las sombras de la fotografía de Edward Cronjager y Allen M. Davey, redondean las intenciones del cineasta con una puesta en imágenes que no duda en mantener las raíces expresionistas de Lang. Puede que Espíritu de conquista no haya tenido el trato y la consideración de otros films de la etapa norteamericana de Lang. Empero, la película respira profundidad, ironía y una consumada sabiduría cinematográfica. Suficiente para valorarla como la gran obra que, en verdad, es.

Por Joaquín Vallet R.
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