Crónica Festival

Documentos pixelados [Sobre la heterodoxia del documental]

Una vez le oí decir a Javier Corcuera, cineasta especializado en el peliagudo género documental, que el documentalista ha de tener la paciencia, la intuición y chiripa suficientes para obtener lo que exactamente busca de la realidad. La realidad, a veces, regala cosas: inspiración para el cine de ficción; argumentos, personajes, hechos para el cine que es documento. El cineasta de no ficción se nutre de lo que encuentra, en la prensa, en el piso de enfrente, en la propia casa; su cine brota de lo que está pasando —el documental, en cierto modo, es (la versión de) algo que pasa, que pasó—. El relato documental es construcción de lo real, con afán de verdad, en secuencias; un oficio que consiste en poner en escena historias vivientes, practicando si es necesario el vouyerismo, incitando para obtener una réplica o filmando sosegado dejando que las cosas ocurran. El ojo del hombre de la cámara percute y repercute sobre la vida, sobre la memoria coetánea o histórica. La realidad, superadora con creces de la ficción, ofrece constantes temas, infinidad de retratos humanos y sobre todo puntos de vista.

Basta echar una ojeada al panorama actual del documental para notar que, en este género, siempre hay propuestas, voces que escuchar, límites —artístico-políticos— que traspasar. En la no ficción no hay crisis de argumentos, las historias surgen de cualquier pequeño detalle, de lugares a los que no llega —o no le conviene llegar— la globalización, de un ojo sensible que repara en una historia que podría ser contada, bien sea un argumento de gravedad colectiva, bien sea algo íntimo, porque difícilmente puede competir la ficción con el grado de intimidad que se alcanza en el documental —¿y por qué será que, ante un documental, el espectador suele percibir el compromiso, la implicación? ¿Será porque existe ese compromiso, esa implicación, con la realidad retratada?—. Para bien, el digital ha facilitado —democratizado— mucho el trabajo (si Flaherty levantara la cabeza); la tecnología, minimalizada en una cámara de vídeo, ha hecho prosperar este género, evolucionarlo del fotograma al píxel: son multitud los títulos que, desde el menospreciado formato vídeo, arriesgan, demuestran que la pixelización puede ser bella. 

Un festival sobre cine documental [Nuestros Puntos de vista]

Pixelada —¿a propósito?— es la imagen elegida para presentar el cartel de Punto de vista, el Festival Internacional de Cine Documental de Navarra. En Pamplona es el segundo año que han decidido seguir dedicando por entero un certamen al cine documental, de largo y de corto metraje —anterior a Punto de vista existió un festival de videocreación que fue abriendo el camino—; durante el 17 y el 25 de febrero, en una Pamplona con frío intensísimo, se ha visto una muy buena cosecha de películas de este género tan dúctil (la abundancia de la no ficción alcanza —ya lo habían demostrado Documenta Madrid o el Festival de Cine Documental y Cortometraje de Bilbao— para una sección oficial, dos retrospectivas y un festival de festivales).

Dos todoterrenos de Miradas de Cine estuvimos allí, y es verdad que a los caballeros de la prensa, por mucho que aguantemos el tipo, terminan embaucándonos por el estómago, aparte que en Pamplona a quién no le gusta el pipiribipipí. Durante unos días vimos películas de esas que o se ven en festivales o luego no se tiene ocasión de ver, conforme están programados los títulos en la cartelera (porque nadie osará acusar de fraude de derechos de autor a un caballero de la prensa). En Pamplona, aparte de toparnos con algunas caras conocidas del micromundillo: Mercedes Álvarez (ejercedora de jurado), Esteve Riambau (concursante), Diego Galán (pope), Javier Rioyo (versado en la materia), Jorge Grau (cineasta insurrecto), Imanol Uribe (?), Jose Antonio Jiménez Rico (su cine pretérito), Enrique Urbizu (paisano, vino al ágape); nos llevamos algunas gratas sorpresas: Carlos Muguiro, guionista especializado en el peliagudo género documental, dirigía parte del cotarro —congratula, los que confeccionan los guiones saben muy bien lo que se traen entre manos—, en la sección dedicada a la productora XFilms reponían algunos cortos de José Luis Garci (en uno, el Calderón del año setenta y cinco rebosaba de afición y rojiblanquismo), la otra retrospectiva recuperaba incunables del documental japonés, Pamplona no era la misma que en San Fermines, en la tele del hotel daban Frasier, un bar llevaba el nombre del ex frecuentador pamplonés Hemingway, todos los árboles tenían muñones en vez de hojas, nos llovió eso sí, y aparte de todo, nos sirvió de guía un maravilloso despistao pamplonica, de pamploniquísimo nombre.

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Damas y caballeros, la realidad, el experimento, están servidos. Sus últimas representaciones han sido proyectadas en Punto de vista. Ha sido cine que indaga sobre lo que está pasando en Camboya, Calcuta, en una calle de Teherán, en un pueblo de Turquía, en los bajos fondos de Bogotá, en el injustamente hipotecado valle del Borjomi; cine también sobre el propio padre, sobre la abuela, las pelirrojas, los lunáticos, aquel montador de cine, esa inusual prostituta, quienes viven en un vertedero, quienes tararean melodías. En estos tiempos de memoria de usar y tirar, de prisas, de carestía memoriohistórica, de indiferencia, ver documental reactiva nuestras defensas, y nos aporta los complementos vitamínicos necesarios para que no nos falte la memoria, para no pasar por alto determinadas cosas. Afortunadamente, contra carros y carretas, experimentando siempre que se puede, hay quienes siguen teniendo la imperiosa necesidad de documentar ciertas circunstancias, una cierta verdad, pixelada o no, que narrar, que retener en película; y además hay quienes hacen un festival que reivindica la necesidad de exhibir esos trabajos, por desgracia, bastantes veces inexhibibles. Le cedo el testigo a G. Calvo.

Supongo que debería empezar esta segunda parte de la crónica de una manera no profesional, pero como ya son cuatro años y casi cincuenta números de Miradas de Cine, lo que implica ídem años de pelea continua para ganarnos el respeto de festivales cinematográficos (y demás), he de reconocer que es un placer acudir a un festival como Punto de Vista donde tan bien se nos trató a los dos miembros de la revista que acudimos al festival. Este festival es un evento en construcción, pequeño y abierto, un germen que parece destinado a crecer, tanto por lo arriesgado e interesante de sus secciones, como por la presencia de personalidades que circularon por el mismo, lo que evidentemente implica un alto respeto por parte de los visitantes.

Ciñéndonos a lo estrictamente cinematográfico, se presentaba a concurso una colección heterogénea de films que basculaban entre el documento social de destructivo mensaje con la experimentación propia de la temática a la que está dedicada el festival. Productos nacionales ya estrenados en nuestras pantallas (o que se estrenarán en breve) y productos extranjeros que raramente obtendrán distribución en nuestro país, y si no, tiempo al tiempo y que luego la SGAE proteste contra las descargas vía emule.

De la sección oficial hay un título que llama especialmente la atención: Les artistes du théâtre Brûlé del realizador camboyano Rithy Pahn. Cineasta de la representación, Pahn, que recientemente ha colaborado con Tavernier en La pequeña Lola (Holy Lola, 2004), es autor de uno de los documentales más alucinantes y terribles del nuevo siglo: S21: La máquina de la muerte (S-21, la machine de mort Khmère rouge, 2003); en esta ocasión hablándonos de la capacidad para crear en un país masacrado por la barbarie como es Camboya. Del resto de participantes me quedo con Tierra negra de Ricardo Íscar, posiblemente el documental más interesante (y maltratado) del 2005 después del de Mercedes Álvarez (no en vano la presidenta del jurado del certamen) con su mirada proyectada sobre el Valle minero de Lumajo.

Las ganadoras del certamen en la categoría de largometraje fueron  [Sonia] (2004), de Natalie Dalaundy, un retrato a escalpelo de la vida de una prostituta belga que pasa su vida delante del escaparate de su cuerpo. El film, rodado en planos fijos, planea sobre las reflexiones de esta intelectual de 52 años dedicada a dar y recibir placer, habla de su fuerza y de su tristeza, aportando una filosofía de vida al trabajo más antiguo y más sacrificado del mundo; y Melodías (2005), de François Bovy, donde la cámara del realizador sigue en su desbocada cotidianidad a diversas personas por la ciudad de Colombia, rompiendo los límites entre el documental, el fake y la ficción mediante la incorporación de mariachis autóctonos que hacen avanzar la acción.

En la categoría de cortometraje el premio fue para Le pont sur la Drina (2005), de Xavier Lukomski, una de las películas experimentales más arriesgadas del certamen. Una sucesión de planos fijos del puente que cita el título va acompañada de fragmentos grabados durante un proceso por genocidio en el tribunal de La Haya donde se relata la extracción de cadáveres del río Drina. Relato escalofriante y directo, fue sin duda una de los mejores momentos del festival.

XFilms. Experimentos rescatados [Cuando existió una España no pacata]

En aquella España gañana en construcción, del seiscientos, del blanco y negro y del rosa al amarillo, de Conchita Velasco, Pili y Mili, Bonanza, con verdugos, censura, publicidad emergente, chicas de club o suecas o chicas que sólo iban al altar previa compra del pisito, en la España del guateque, el garrotevil y la minifalda, en 1963, cuando pasó en Dallas lo de Kennedy, nació en Pamplona la productora XFilms. Había un mecenas, Juan Huarte, y unos flamantes cineastas que venían de Madrid, de Barcelona, de la abstracción pictórica, de la revista Cinestudio. Sus nombres: Jordi Grau, José Luis Garci, Pío Caro Baroja, Antonio Giménez Rico, José Luis García Sánchez, Néstor Basterretxea, Luis Eduardo Aute, Gabriel Blanco, Rafael Ruiz Balerdi y José Antonio Sistiaga. Su concepto de hacer películas era otro, libre, no pacato, con autoría. En cine, en Europa y en esos años, habían pasado ya algunas cosas con autores de por medio, sobre todo en Francia. Ya existían À bout de soufflé (1960), Jules et Jim (1962), el género documental lo habían estado trastocado Edgar Morin y Jean Rouch en Chronique d'un été (1961), Fellini y Pasolini eran los italianos insólitos, incluso en Dinamarca era posible un cortometraje marciano y modernérrimo, el vontriermente rescatado The Perfect Human (1967), y en España un salmantino osaría hacer un experimento con Emilio Gutiérrez Caba —Nueve cartas a Berta de Basilio Martín Patino (1966)—. Una cierta simiente de cine al margen de lo convencional emergía en los 60.

En 1967, durante la España de Las que tienen que servir, Pero... ¿en qué país vivimos? y 40 grados a la sombra, XFlmls financia la película de Jordi Grau Acteón. Prácticamente una incógnita, por ser una película descatalogada, inencontrable, el filme es una ficción imposible que transcurre en un Madrid recién asfaltado donde prosperan los escaparates. Cualquier realidad pacata se trasciende a través de la mitología y de una voz metonímica y reflexiva —esta mitómana que escribe reconoció que era la misma que tenía Baxter, y otros igualmente honestos Jack Lemmon—. Aquello que pasó en 1977, Buñuel hizo a dos mujeres interpretar a la misma mujer, Conchita era Ángela Molina y era Carole Bouquet, pasa en Acteón. Un hombre, en busca de respuestas, encuentra a una mujer, dos, que son tentación, respuesta, rostro y cuerpo insondables. Hay un competidor y jovencísimo Juan Luis Galiardo, hay galimatías sentimental, juegos de espejos, cíclicas secuencias de noches, trenes, salones recreativos que se van construyendo como se construye un puzzle, y sobre todo hay cinematografía arriesgada, una narrativa que inventa al margen de lo convencional.

Otros ejemplos avalados por XFilms fueron La edad de la piedra de Gabriel Blanco (1973), corto de animación y farsa política con la colaboración de Chumy Chúmez; Gente de boina (1973), José Luis García Sánchez retrata La Mancha y una de sus prendas más características; el cortometraje A flor de piel de Luis Eduardo Aute (1975); El país vasco de Pío Caro Baroja (1967), una aproximación etnográfica y heroica, una síntesis histórica de los de chapela; el cortometraje de Rafael Ruiz Balerdi Homenaje a Tarzán (1973), con celuloide dibujado a mano. Y entre lo insólito, para los que pensamos qué grande es el cine, los primeros cortos de José Luis Garci, fechados en los 70. Los tres ejemplos que vimos en Punto de Vista fueron Mi Marilyn (1975), o la mitomanía hecha cortometraje, la voz de José Sacristán en torno a la Monroe demuestra que Garci, incluso entonces, era un atesorador de cosas pasadas; ¡Al fútbol! (1975), un experimento inconvincente, hoy fósil en colores, que retrata una tarde de fútbol en Paseo de los Melancólicos; y Tiempo de gente acobardada (1976), o cómo dos amantes se desenvuelven y dialogan teatralmente en un apartamento, antes de volver a su vida matrimonial han de decidir si se arriesgan o no.

Concluyendo, sin ser ésta una sección estrictamente de documentales —este mecenazgo abarcó las más diversas disciplinas del cinematógrafo—, sí contempla la cualidad de documentar in situ un pasado reciente, de recuperar aquellos nuevos puntos de vista.

Clásicos del cine documental japonés [Retrospectiva]

He de reconocer que lo primero que me alertó sobre la existencia de este festival fue el carácter de su retrospectiva principal: un acercamiento al cine documental japonés. Radical y brillante. En los momentos en que los paisajes de la modernidad se van alterando con la sucesiva avalancha de festivales y discusiones en foros de corsarios de la red, Punto de Vista, tuvo la suficiente ídem como para enmarcar en su programa una colección de películas desde 1945 hasta 2005, demostrando que la modernidad pasa por un pasado, y que para que exista Naomi Kawase, antes hubo de existir un Noriaki Tsukimoto, un Toshio Mutsamoto y, por supuesto, el más conocido Shohei Imamura. A la retrospectiva, donde se podían ver joyas invisibles como History of postwar japan as told by a bar hostess de Imamura o Minamata, victims and their world de Tsukimoto, se añadía el interés de dos obras de Makoto Satô —Living on the river Agano y Memories of Agano—, presente en el jurado del festival; y, por supuesto, de esa apóstata de la vanguardia cinematográfica que es Naomi Kawase, con dos mediometrajes proyectados por primera vez en nuestro país: Embracing y Dans le silence du monde.

El ciclo lo completaba una apabullante publicación, coordinada por Carlos Muguiro y con colaboradores de verdadero lujo (nacionales e internacionales), titulada El cine de los mil años. Una aproximación histórica y estética al cine documental japonés, para hacer las delicias de tantos asianófilos como existen hoy (en lo que se refiere al mundo del cine). Una excelente ocasión para descubrir en el cine del mañana las huellas de un pasado de una de las cinematografías más radicales y desconocidas de la historia del cine (una vez superados Ozu, Shindo y Kurosawa, se entiende).

 

Por Penélope Coronado y Alejandro G. Calvo
Cartel del Festival