Sentir
Cuando uno regresa allá de donde un día se marchó, quién sabe, quizás para no volver, el sentimiento más común es el de una desoladora nostalgia. La mirada que uno posee al volver es siempre diferente de la que se llevó en su día al partir. La experiencia, más o menos feliz, más o menos traumática, del viaje emprendido, cual road movie interestatal, hace que pese más lo perdido que lo aprehendido. Eso me dice la experiencia y, también, el tango de Gardel y Le Pera, pues al fin y al cabo, habrá que reconocer y apostatar que más que un soplo, la vida, es un suspiro.
Volver es un regreso múltiple. La inteligencia del único manchego que parece ser capaz de combatir a Cervantes en universalidad no deja de sorprenderme. Me encanta estar siempre a favor de Almodóvar, por varias razones: porque al fin y al cabo a una persona con la mollera en su lugar le debería importar tres pimientos morrones lo que se dice de un cineasta tan particular (yo creo que llamarlo controvertido es absurdo por aburrido) tan proclive al ensalzamiento como a la lapidación; porque me conmueve su cine, incluso con sus errores destacados y con sus excesos reconocidos, Almodóvar consigue seguir siendo un cineasta de la pasión, un fuego capaz de desbordarse con un soplo y que, sin embargo, casi siempre está controlado; porque, qué coño, me parece un tipo con una inteligencia soberbia, un hombre capaz de saber trazar las formas cinematográficas como Douglas Sirk o Pier Paolo Pasolini y no sólo no presumir de ello, sino que suele desviar la atención hacia temas más anodinos o esperpénticos, para hacer mofa de cualquier cosa, ya sea en la rueda de prensa del festival de Cannes o en la gala de los Oscar de Hollywood. Me reconduzco. El regreso múltiple al que hacía referencia al inicio del párrafo es de carácter genérico, físico y causal.
Por encima de todos los reencuentros: volver a encontrarse con Carmen Maura tras años de separación; volver a la comedia tras los mismos años de separación de la Maura —ambos, género y actriz, se despidieron del cine del manchego con Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988) (ya dije en alguna ocasión que no sé donde encuadrar Kika (1993), aunque muchos la califiquen de comedia simplona, sin más, a mi me dejó tan confundido la película que aún no la he podido catalogar)—; volver a ver a Penélope Cruz en una buena interpretación tras su catálogo de barbaridades en Hollywood y cuya lista me niego a reproducir; volver a La Mancha, al pueblo llano, a la raíz del fenómeno, allí donde se gestó la iconografía del cineasta más iconoclasta del cine español; a mí lo que más me satisface es volver a ver a Pedro cómodo tras las imágenes de la película, tan bellamente complementadas, cómo no, por ese genio de la composición que es Alberto Iglesias.
Está claro que el juicio es pura percepción, pero si los críticos no somos sinceros y no confiamos en nuestra intuición, mejor nos podríamos dedicar a la abogacía o a ser parte de una cadena de montaje de pizzas industriales. La mala educación (2004), el último film hasta la fecha de Almodóvar, había resultado un choque de confluencias que desembocaron en un batiburrillo de autorreferencias y cierto onanismo argumental, que poseía demasiados anclajes y ganchos narrativos para hacer de la experiencia estética de contemplar el film algo disfrutable. Vaya, una pieza demasiado alambicada para poder llevar a buen puerto con cierta comodidad.
Pero no nos confundamos, Volver no es un paso hacia atrás y sí dos hacia delante. Almodóvar se encuentra en su estado puro: génesis melodramática, diálogos brillantes, plástica colorista, haciendo de lo camp pura belleza, mujeres que sufren, luchan, y con suerte, sobreviven... Es magnífica la capacidad de Almodóvar de dibujar un retrato hiperrealista de la cotidianidad, digamos, marginal. Por eso siempre, por extraño o bizarro que parezca, sus historias resultan creíbles, por eso quizás la abuela (Carmen Maura) sea realmente un fantasma, quién sabe, todo es posible cuando Almodóvar está detrás. Supongo que me gusta creer en los fantasmas, al fin y al cabo, la muerte es algo que se escapa a la ciencia-ficción. Y es sobre muerte, quizás, de lo que más habla Volver, un cuento plagado de cadáveres en la nevera (objeto mucho más almodovariano que la alacena, al fin y al cabo), con fantasmas que regresan para cerrar el pasado y personas a punto de convertirse en espectro.
Es por ello que hay mucha tristeza tras los ingeniosos diálogos de los personajes de Volver. Pero es esa energía vital que los mueve lo que los hace sobreponerse a las más bestias penurias, personajes como Raimunda (Penélope Cruz) que encarna la fragilidad del acero templado, tan duro y tan fácilmente cuarteable, o Agustina (Blanca Portillo) que se resigna a la propia muerte sin por ello rendirse a conocer su pasado. Es por ello que uno puede ver Volver sin parar de sonreír, aunque la tristeza se halle detrás de cada fotograma.
Sé que decir que Volver puede ser la película más sincera de Almodóvar desde hace años es un atrevimiento. Pero es que no puedo dejar de conmoverme al ver lo bien que retrata ese pueblo castellano asolado, por el viento y la locura de sus habitantes. Todos aquellos que venimos de pueblo, más o menos directamente, deberíamos estar agradecidos por ver como Almodóvar ha retratado un paraíso casi en descomposición. O también para aquellos, como el propio cineasta, que hemos perdido a alguien querido, y que Almodóvar retrata tan bien en el último diálogo de la película, cuando Raimunda le dice a su madre: «Te necesito mamá. ¡No entiendo cómo he podido vivir todos estos años sin ti!».
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