La historia de los dos Fabianes
Os contaré la historia de los dos Fabianes...— empieza diciendo Víctor ante la mirada atenta de todos los alumnos. Él es el director de la escuela de cine donde yo me formé hace casi una década.
Desde el principio, mi relación con Víctor significó una complicidad profesor-alumno absoluta. Mi maestro defendía, desde su lugar de director pedagógico, un estilo de cine que yo he seguido hasta el tuétano en mi vida profesional, el cine que Víctor me hizo descubrir en sus clases.
Año 1996. Son las 2:30 horas de la madrugada y estoy junto a otros alumnos frente a Víctor. Sólo han pasado dos meses desde que empezó el curso, y él se ha decidido a citarnos a todos los de mi clase en una noche de Maratón, justo antes de la Nochebuena. No vamos a hablar de cine, no vamos a analizar películas... y es que según él, primero hemos de vivir y conocernos, después viene el cine. —Os contaré la historia de los dos Fabianes— repite Víctor. —Fabián y Fabián eran dos amigos que vivían en Buenos Aires, dos chavales que amaban el cine. Los dos colegas se conocían desde muy pequeños y la afición por el celuloide les apareció a ambos a los catorce años, más o menos. A esa edad, empezaron a realizar sus pequeños cortometrajes amateurs. Los dos Fabianes eran muy inocentes, jugaban a ser cineastas—.
—A los diecisiete años, en plena dictadura argentina, los dos muchachos trataban de alejarse de todo aquello que la juventud mediocre perseguía. Asistían junto a un grupito de "locos" a las reuniones de cineastas aficionados, a todos los cinefórums clandestinos. ¡Y cómo no! seguían haciendo sus pequeñas obras de arte en el jardín de sus casas—.
Mientras duró mi etapa de estudiante, Víctor confió en mi y en mis proyectos de un modo algo inusual, y les puedo jurar que no hay nada retorcido detrás de ello. Mi mentor siempre me animó a rodar. Me decía, —Salomón, no sólo has de asistir a clase ¡Rueda!... Se aprende haciendo cine, no viéndolo—. Tal vez, el hecho de que yo fuese un joven inquieto, nervioso, inseguro y algo perdido le dio la intuición de que en mí había algo que podía hacerme un cineasta en el futuro. Supongo que esa debe ser la razón por la que me produjo, en su día, más de una decena de cortometrajes desde los diecinueve años hasta los veintidós.
Año 1996 —La situación en Argentina se hacía cada vez más caótica... ¿me entendéis?— Los alumnos somos incapaces de apartar las miradas de los ojos de Víctor. —La opresión a los jóvenes y el nivel de represión siniestra era insoportable. A pesar de ello, los Fabianes seguían haciendo su pequeña aportación al cine con sus piezas en Súper-8 sobre los temas que les preocupaba. Los dos amigos, hartos de ver cómo su vida, sus sociedad y todo lo que les rodeaba se hundía, decidieron realizar un cortometraje que hablase de todo ello. Necesitaban plasmar las imágenes que en su cerebro iban y venían a todas horas, de la realidad de su país, de la maldita necesidad de hacer algo aunque fuese inútil ante la barbarie que les había tocado vivir: los niños desaparecidos, las madres llorando, los jóvenes asesinados, los militares riendo mientras lanzaban a los universitarios desde los aviones. Todo ello era suficiente motivo para hacer un cortometraje desde su humilde visión (Víctor se emociona mientras lo cuenta) Pero ante todo, lo que querían explicar en imágenes era el miedo, el pánico que los jóvenes de esa época sufrían en todas las capitales argentinas. Seguramente, Fabián y Fabián, no iban a conseguir ni el uno por ciento de su discurso pero seguro que su cámara de Super-8, su jardín y su mirada inocente era la única arma para luchar contra todo aquello—.
Después de pasar tres años como alumno en la escuela, Víctor decidió producirme mi primera película. Creo, y perdonen la soberbia, que mis cortos le parecieron suficientemente buenos como para apostar y "pagarme" mi primer largometraje. No sé si eso fue el principio de las seis películas que he dirigido después, pero de lo que estoy convencido, es que con veintidós años, él creía en mí como cineasta más que yo mismo. Víctor estaba convencido de que si en algo me podía convertir era en director de cine, porque en lo demás, él estaba completamente seguro que soy un absoluto inútil... —Creo en tu película y te la voy a producir— me dijo sentado en un bar con un croissant y una copa de coñac. Así fue, no dudó, nunca duda, jamás tiene miedo aunque lo tenga. La produjo y punto.
Año 1996. Víctor prosigue con su historia, la fábula de los dos Fabianes... — En dos días, sin dinero y sin apenas ayuda, rodaron el cortometraje con su cámara de Super-8. Los dos muchachos, que ya eran militantes activos del movimiento intelectual de la juventud argentina, consiguieron sus cartuchos de película y una pequeña moviola para montar. Jugaron y jugaron con las imágenes hasta el éxtasis y, sin saber muy bien cómo, contaron en una pequeña bobina un desastre social de grandes dimensiones. Sin mostrar, sin enseñar, sin evidencias, sólo sugiriendo. A veces, eso puede hacer más daño que enseñarlo todo. La realidad que el espectador se puede imaginar es mucho más macabra que la que tú puedes enseñar—.
Una vez finalizado el proceso de mi primera película, Víctor y yo hemos seguido siendo amigos. Él es la primera persona que ha acudido como loco a los estrenos de mis films posteriores. Cuando vio mi segunda película, me llamó enloquecido a la salida del cine y me dijo: —¡Hijo de puta! esta película es mejor que la que te produje yo—. En el fondo, Víctor ha sido el compañero de muchas de mis fatigas y miserias como cineasta, en momentos de verdadera necesidad, ¡y no es que me hayan faltado ese tipo de situaciones! Creo poder asegurar que es de los pocos con los que he podido contar de verdad, tal vez con el único, exceptuando a mi entorno más íntimo. A los que saben de qué va esto del negocio del cine, les puedo decir que en el caso de Víctor, si necesitas un co-productor, siempre está ahí. Tu película nunca se quedará en un cajón. Él es algo más que un amigo para mí, y me hace sentir menos solo en el mundo el hecho de pensar que yo también lo soy para él.
Año 1996. Sin pestañear, Víctor nos cuenta parte del final de su relato.— Fabián y Fabián consiguieron exhibir su cortometraje en muchos de los lugares de referencia cultural para los jóvenes argentinos. El pequeño film se exhibía en espacios que atraían a los chicos anti-dictadura, anti-especulación, anti-destrucción intelectual. Sorprendentemente, mucha gente que veía el film lloraba y aplaudía. En aquellos años, los largometrajes argentinos pasaban por un filtro y eso impedía verlos si se quería conservar la salud mental—.
—Uno de los dos Fabianes vivía en la periferia, alejado del centro. El otro Fabián habitaba en pleno centro urbano. Un día, los militares se presentaron en casa de Fabián, el que vivía en la periferia, para hablar con él. Lo asesinaron brutalmente en la puerta de su casa, delante de sus padres—.
A pesar de que Víctor nos contase estas historias sobre el mundo del cine en la Maratón, el cine que él ha conocido, hay que reconocer que siempre ha sido un entusiasta de la materia, jamás ha perdido su ilusión por el séptimo arte (frase tan prostituida). Recuerdo perfectamente cuando yo mismo estrené cómo distribuidor en España el film El Arca Rusa. Me llamó emocionado. Nunca olvidaré que cineastas de alto nombre decían en tertulias sobre el celuloide a las que yo asistía sobre el año 97, que Sokurov no existía. Estaban convencidos que Víctor se lo inventaba para hacerse el "modernillo". Gracias a él supe quién era el bueno de Alexander. Seguro que fue en una de tantas noches etílicas que hemos compartido.
Año 1996. —Después de la muerte de Fabián, el otro Fabián se encerró en su casa del centro, no quiso salir. Un día, su amigo Miguel, que le visitaba habitualmente, desapareció. Éste, era otro muchacho del grupo de cortometrajistas durante aquellos años setenta en Buenos Aires, un colega fiel que les brindó la posibilidad de estrenar el corto por primera vez. A los dos meses, después que la familia de Miguel estuviese completamente enloquecida por su desaparición, Fabián recibió una llamada a las seis de la mañana en su casa... —¿Diga?— preguntó Fabián, —Soy Miguel, nos vemos mañana a las diez en la esquina de tu casa— y colgó. Después de dos meses desaparecido, Fabián pensó: ¿Qué le ha pasado? ¿Qué le han podido hacer? ¿Dónde ha ido?—
—Al día siguiente, Fabián acudió a la esquina de su casa a las diez. Se sentó y esperó. Cinco minutos, diez minutos, hasta veinte... Miguel no aparecía. A los segundos se acercó un individuo, era Miguel que había estado ahí todo el tiempo, los veinte minutos, sólo que Fabián no lo había reconocido ¡Por las torturas que le habían practicado en esos dos meses! Estaba totalmente desfigurado.
—Miguel se aproximó a Fabián y le dijo, sin inmutarse: —Mañana has de largarte de este país, ¡Vete!— Sin más, sin dar tiempo a una sola pregunta, a una aclaración, se fue corriendo. Fabián se quedó solo y desconcertado en la esquina de su casa—.
Víctor y yo, después de todo lo que hemos vivido juntos, seguimos siendo como hermanos. Tanto que, muchas noches, hemos estado juntos hasta el amanecer contándonos nuestras penas. Han sido tantas las veladas que me cuesta recordarlo. Excepto una, hace siete años, y la rememoro con total claridad: son las dos de la madrugada, estamos los dos en el salón de su casa, bebidos, hablando, relajados. Él siente una enorme necesidad de acudir al baño, —Voy al lavabo— me dice. Después de unos minutos, llaman al teléfono. Mientras él regresa, a través del pasillo, balbucea: —Coge tú el teléfono, a ver quién es a esta hora— Yo me acerco y descuelgo. La voz de una mujer, de unos setenta años, me habla: —¿Fabián?... ¿Fabián, eres tú?— Yo me quedo completamente en silencio, congelado. Víctor se acerca al teléfono y lo coge al ver mi expresión de asombro. De pronto, comienza a hablar con la mujer de modo familiar, resulta ser su madre que le llama desde Argentina. Víctor es Fabián. El Fabián que sobrevivió, el Fabián que se fue de Argentina cuando se lo dijo Miguel, el Fabián que se cambió el nombre para venir a España, al que no mataron, simplemente Fabián.
Son infinitas las veces que veo en Víctor una expresión de tristeza. Han pasado más de veinte años desde que llegó a España y sé que él sigue sin saber qué pasó, sigue siendo un adolescente asustado. Ha superado parte del miedo, aunque le quitaron todo, le robaron lo que le pertenecía, pero sigue aquí, enseñando a amar el cine por el que tanto le han torturado.
Muchas noches, Víctor deambula pensando en por qué él tuvo la suerte que sus amigos no tuvieron. Muchos amaneceres sueña con una realidad que nunca existirá, porque Víctor está aquí pero Fabián y Fabián nunca volverán.
A Fabián, Fabián y todos los que nunca se rindieron
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