El príncipe manco y el rey tuerto
La materia de la que los sueños están hechos. Una digresión sentimental
Hay películas que te cautivan por la candidez de su contenido, por su optimismo o por la frescura de su historia, como Mi tío (Mon oncle, Jacques Tati, 1958), El hombre tranquilo (The Quiet Man, John Ford, 1952) o Cantando bajo la lluvia (Singin’ in the Rain, Stanley Donen y Gene Kelly, 1952). Otras te captan por la intensidad dramática de su historia, como El gatopardo (Il gattopardo, Luchino Visconti, 1963) o Vivir (Ikiru, Akira Kurosawa, 1952). Hay algunas que te elevan por la fastuosidad de sus imágenes, como Apocalypse Now (ídem, Francis Ford Coppola, 1979). Y, en otros casos, te enganchan porque te das cuenta que algo de ti vive dentro de la película como, en mi caso particular, puede ocurrir con Manhattan (ídem, Woody Allen, 1979). En algunas de ellas vives un amor a primera vista y, en otras, la dependencia va surgiendo de sucesivos visionados.
Nada de lo referido me sucedió con Los vikingos (The Vikings, Richard Fleischer, 1958). Por una parte (una anécdota personal para justificar, si es necesario, por qué esta película ejemplar es para mí una obra de culto) mi veneración hacia la película fue previa a su visionado. A finales de los sesenta la televisión se nutría de películas de los cuarenta y cincuenta y todavía abundaban los cines de reestreno. Por un precio moderado podías zamparte una buena (o no tanto) doble sesión y tus padres podían dejarte colocado durante una tarde entera. Era en sesiones de éstas en las que Los vikingos adquirió fama entre mis compañeros de clase sin que yo (¡ay, el azar!) pudiera llegar a verla. Durante una década languidecí imaginando las imágenes que mis compañeros me habían contado: grandes batallas, lanzamientos de hachas, rubias walkirias y luchas apoteósicas en un castillo en el fin del mundo... Pasaron diez años, las salas de cine empezaron a perder atractivo, algunos cines de reestreno se reciclaron en cines de “repertorio” y muchos tuvimos la fortuna de tener en ellos una escuela de cine. Fue así como, en memorable programa doble (con Godard o Visconti como insólito complemento) re-descubrí Los vikingos.
Y la sorpresa fue que Los vikingos, la película, estaba a la altura de Los vikingos, el mito que durante más de 10 años había alimentado mi calenturienta imaginación. Y que, en la pantalla, cobraban vida aquellos personajes y aquellas luchas antaño descritos por mis amigos y posteriormente recreados en mis juegos. El cine venía a ser la materialización de mis sueños y Los vikingos sería, inevitablemente para mí, el símbolo del cine como encarnación de la imaginación. Es precisamente por ello (discúlpeme quien espere un análisis riguroso) que estas líneas no son sino un enardecido panegírico.
Una producción violenta, “clash of titans”
Para aquellos que la desconozcan, comentar brevemente que Los vikingos es la historia de una lucha, de muchas luchas. La pugna de los saqueadores del Norte contra sus vecinos bretones y galeses. La pugna de reyezuelos traidores con aristócratas envidiosos de su poder. La pugna de dos hombres, Einar (hijo de Ragnar y heredero de la saga vikinga) y Eric (esclavo de Ragnar, hermanastro no reconocido de Einar y heredero del trono inglés), lanzados a una lucha fratricida primero por la libertad, luego por una mujer y, finalmente, por el poder. La película, producida por una estrella egocéntrica (Kirk Douglas, a quien el papel le iba como anillo al dedo para su interpretación histriónica), fue tan exitosa como amarga en su preproducción y rodaje para su director. Pese al feeling existente unos años atrás entre actor y director en Veinte mil leguas de viaje submarino (20000 Leagues Under the Sea, 1954) que les llevó a trabajar juntos de nuevo, la rivalidad y los conflictos hicieron de la experiencia un trance amargo para el director que dudaba de llevar esta nave a buen puerto. Su buen hacer y el de un puñado de buenos intérpretes, junto a las colaboraciones de Jack Cardiff en la fotografía, Mario Nascimbene en la banda sonora, Harper Goff en el diseño de producción (que incluyó la construcción real de barcos vikingos) y los guionistas Calder Willingham y Noel Langley dieron como resultado una obra maestra (1). Sorprende cuán bueno fue el resultado, sabiendo cómo la colaboración de Langley no se reconoció oficialmente y cómo llegaron a alejarse director y actor. Pero, bueno, también se consiguió un final impresionante quemando uno de los prodigios de la producción, el barco vikingo…
El rey tuerto contra el príncipe manco
Curiosamente, aquellos personajes, aquellos héroes que me fascinaron ya antes de conocerlos, tenían muy poco que ver con los héroes que durante niño había admirado. No hay en ellos el maniqueísmo o el optimismo vital de otras películas de aventuras que pueden contarse entre mis favoritas como El mundo en sus manos (The World in His Arms, Raoul Walsh, 1952). Si la carrera marítima del Hombre de Bostón contra el Portugués culmina con el desmantelamiento de un barco en medio de la jovialidad de los protagonistas, en Los vikingos, una persecución en medio de la niebla determina una inflexión en la trama y es premonitoria de la tragedia que seguirá para el grupo de vikingos No se trata tampoco de heroicos jóvenes enfrentados a pérfidos malvados como en Beau Geste (ídem, William A. Wellman, 1939). Si el utópico heroísmo de los hermanos enrolados en la Legión Extranjera daba pie a una abstracta intriga con toques de fantastique, la acción de Los vikingos es esencialmente física y orgánica. En este sentido, la rudeza de Los vikingos (y la presencia literal de sangre, sudor y barro, de mutilaciones y esfuerzos, de corpiños desgarrados, asesinatos y violaciones) se aproxima, en un signo de modernidad, a la fisicidad que aparece ocasionalmente en las grandes películas (de Vidor a Walsh, de Kurosawa a Ford, de Fuller a Peckinpah).
Y, por otro lado, los héroes de esta historia épica están más próximos a los protagonistas de tres películas en apariencia tan dispares como Centauros del desierto (The Searchers, John Ford, 1956) Scaramouche (George Sidney, 1952) o Grupo Salvaje (The Wild Bunch, Sam Peckinpah, 1969). Einar y Eric son héroes sombríos y vengativos como Ethan. Su enfrentamiento deja de tener motivos patrióticos o, incluso, sentimentales, para dar lugar a un literal odio entre hermanos como el de Scaramouche y su aristocrático hermanastro. Y, como en el caso de los desplazados personajes de Peckinpah, los vikingos de Fleischer no son sino personajes que saben matar mejor que vivir y pelean mejor que aman.
Quizás parte de la fascinación que Los vikingos ejerza en el subsconsciente (en mi subsconsciente, claro) sea fruto del efecto combinado de la fotografía de Jack Cardiff y la música épica de Mario Nascimbene. La imagen del poderoso drakkar vikingo surcando el fiordo, las velas desplegadas, los marinos orgullosos trotando sobre los remos, mientras los cuernos musicales entonan una tonada entre idílica y nostálgica tiene mucho peso. Sin embargo las imágenes que me enganchan, que me seducen por su intensidad y, una vida después, aún siguen cautivándome, son las imágenes más inherentes a una épica bárbara. Acaso más simples, menos retóricas, que las matanzas propiciadas por la banda de Pike y Thornton. Pero tan brutales, tan impresionantes, como en las epopeyas posteriormente descritas por Peckinpah: el arranque de la historia (2)con un asalto y una violación, las miradas de odio que se cruzan Eric y Einar desde su primer encuentro en pantalla hasta el último duelo, la violencia con que el halcón ataca a Einar y la delicia con que Eric contempla cómo le arranca el ojo, el salvajismo de la celebración vikinga (oscilando entre una fiesta gamberra, de delirio infantil, y una auténtica orgía de cerveza y sexo), el grito salvaje de Ragnar al saltar al pozo de los perros, la degradación moral de Eric que lejos de civilizarse o ennoblecerse se aproxima, moral y físicamente, al espíritu de Einar, perdiendo, en su rabia y su odio, su brazo de manera equivalente a como Einar perdió su ojo... Y, sobre todo, el impresionante, coreografiado y, a la vez, descarnado, asalto al castillo de Aella.
Es la batalla final (acaso junto al busto de Janet Leigh la que causaba más sensación entre mis compañeros de infancia) la que sigue atrayéndome, una y otra vez, a las imágenes de esta película. Ciertamente, si hay quien soñó que volvía a Manderley, yo sueño mi eterno retorno ante aquellas murallas, a aquel foso, a la torre del homenaje, donde tiene lugar un duelo como el cine no ha recogido jamás. Referente del Robin Hood de Costner y Reynolds (Robin Hood: Prince of the Thieves, Kevin Reynolds, 1991) y de El señor de los Anillos (The Lord of the Rings, 2001-2003) de Peter Jackson, la batalla que tiene lugar en un castillo colgado sobre un abismo no es tanto la culminación de una guerra territorial o el rescate de una dama como un insólito duelo (anunciado durante la hora y media anterior) que va definiéndose a medida que la batalla avanza. Einar y Eric dirigen sus huestes a la fortaleza en la que Aella se atrinchera junto a Morgana. Ambos dirigen un ataque de brillante estrategia dónde se evidencia la capacidad bélica de los hombres del norte. Un ariete gigantesco es arrastrado durante kilómetros para ser lanzado finalmente por una pendiente mientras las catapultas arrojan rocas contra los invasores. Una vez el ariete penetra en el primer muro, la máquina de guerra vikinga está desencadenada. Pero, en realidad, ni Einar ni Eric van a por Aella. Van a conquistar el trofeo, a Morgana. Y, cuando lo alcanzan, el rey tuerto se enfrentará al príncipe manco. Volarán sobre el muro de almenas hasta, en el punto más elevado, enfrentarse a muerte. Un duelo entre Caín y Abel semejante a los referidos por Mann en algunos westerns. Pero aún más violento, menos abstracto, más crudo. Las espadas chocan y golpean la piedra. Los héroes resbalan sobre el abismo. Atrás queda el pequeño reino de Ragnar y Aella. Atrás, inútiles y mezquinas, quedan las maniobras de Lord Egbert. La pantalla se llena del odio, de la furia de dos semidioses que se enfrentan y cuya fuerza salvaje da la vida a la pantalla. Al final (¿puedo decirlo?) caerá uno de ellos. La leyenda lo exige. Sin embargo todo cambia para que nada cambie. La estirpe permanece y el nuevo rey rinde honores al anterior en una imagen catártica, bella y, ahora, imitada hasta la saciedad. Nascimbene suena de nuevo, Los Vikingos se cierra para que su leyenda entre en la Historia... y para que yo desee volver a verla, volver a vivirla, de nuevo.
(1) Para los muy interesados, merece la pena el documentado análisis de Javier Coma aparecido en el nº22 de la Colección Programa Doble (Libros “Dirigido”, Barcelona, 1996).
(2) Tras un ilustrativo y bello prólogo, sobre imágenes a imitación de las ilustraciones medievales, que, en voz de Orson Welles, revisa y preludia los usos de los vikingos y la trama que seguirá.
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| EEUU. 1958. Título original: The Vikings. Dirección: Richard Fleischer. Guión: Dale Wasserman, sobre la novela de Edison Marshall. Producción: Jerry Bresler y Lee Katz. Fotografía: Jack Cardiff, en color. Música: Mario Nascimbene. Montaje: Elmo Williams. Diseño de producción: Harper Goff. Duración: 114 min. Reparto: Kirk Douglas (Einar), Tony Curtis (Eric), Ernest Borgnine (Ragnar), Janet Leigh (Morgana), James Donald (Egbert), Alexander Knox (padre Godwin), Maxine Audley (Enid), Frank Thring (Aella), Hielen Way (Kitala).
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