Fracturas
El debut en el largometraje de Daniel Sánchez Arévalo comienza donde terminaba su cortometraje Física II: Jorge trata de rebelarse contra su presente y su futuro y gracias a ello lo único que consigue es provocar un infarto cerebral a su padre heredando con ello su puesto de trabajo como portero de un edificio (y no de fútbol como le pregunta un ilusionado entrevistador de trabajo), símbolo exponencial de su rebelión. Jorge es un chico amable y educado, preocupado por los demás (por lo que los demás esperan de él), su sentido de la lealtad le hace aceptar con dignidad durante siete años el trabajo que su padre ya no puede ejercer, cuidando de su padre impedido y visitando periódicamente a su hermano Antonio en prisión, mientras en sus ratos libres finaliza la carrera de empresariales, símbolo exponencial de sus esperanzas de cambio y progreso, y manteniendo mientras tanto una estancada relación con Natalia, una de las inquilinas de su portería.
Las escasas posibilidades de ser como uno ha pensado que podría llegar a ser en los remotos tiempos de la infancia, y el brutal choque con la realidad que supone la constatación de la imposibilidad de que aquellos sueños se lleguen a realizar, es decir, el paso a la madurez y la aceptación de uno mismo que este paso implica, son los ejes centrales de la película de Sánchez Arévalo. Y es en esta proposición donde residen los mayores aciertos de su película. El interés por mostrar un sector de la sociedad: los jóvenes (aunque ya no tanto) que rondan la treintena, con preparación, esperanzas y escasas opciones de lograr sus objetivos, habitualmente despreciado por directores y guionistas (y ello pese a contar con frecuencia en sus realizaciones con personajes que responden a estas características, sometiéndolos a un proceso de vulgarización y ridiculización considerable). Apoyando este sentimiento de frustración por la colisión entre la vida-vivida y la vida-soñada, Sánchez Arévalo envuelve a sus personajes en un conjunto de relaciones familiares y afectivas que igualmente carecen de esperanzas, interponiendo siempre un muro entre ellos y condenándolas a un fracaso anunciado. Estas barreras, visibles unas veces, invisibles otras, separan a Jorge de todos los que le rodean: de su padre en el mismo arranque de la película, de su hermano encarcelado en las regulares visitas a prisión; pero también están presentes en la relación con Natalia separados en esta ocasión por la diferencia de "clase social” (en cierto modo barrera autoimpuesta por Jorge, aunque de base real). Estas fracturas e incomunicaciones se extenderán también a las relaciones entre terceros en toda la película: entre Paula y Antonio, entre Israel y su familia, entre éste y sus deseos, etc... Por ello uno de los más acertados recursos visuales (pese a cierto regusto de déjà vu) es cuando esas barreras se derrumban en torno a Jorge y Paula ejemplificadas por un acertado travelling circular alrededor de la futura pareja unida ahora por primera vez, y trazando al mismo tiempo un nuevo límite en torno a ellos que los aísla del exterior.
Es una lástima que este interesante planteamiento en cuanto al tratamiento de personajes y relaciones, se diluya en un empeño por dotar a la anodina y cansina existencia de sus personajes de cierto aspecto mágico, especial, reflejado en un continuo intento de buscar la imagen reveladora, el símbolo total, el recurso de guión definitivo (el traje azuloscurocasinegro del título), que hable por sí mismo en lugar de confiar en la sucesión de las pequeñas y necesarias escenas que conforman una película, herencia frecuente del (sobrevalorado) mundo del cortometraje español (no me atrevo a hacer una valoración a nivel internacional, pero por lo que conozco mucho me temo que peca de los mismos excesos) y de cierto cine con especial predilección por lo alegórico (véase Medem). Otro de los males derivados del cortometraje es la escasa confianza en el tono propio, en el eje central de la película, a la que ante el temor a resultar reiterativo o pretencioso se alimenta de tramas paralelas que no hacen sino provocar desequilibrios y confusión emocional en el espectador (especialmente los ridículos episodios entre Israel y su padre) al que se le pide una implicación emocional y dramática con sus personajes y al momento siguiente, mostrado en paralelo muchas veces, se le pide que ría con ellos (o lo que es peor: de ellos); desvirtuando en muchas ocasiones las sanas y acertadas dosis de humor de la primera mitad de la película. El problema resultante viene del nulo equilibrio entre unas y otras.
En la web promocional de la película su director la define como «una comedia sobre el drama de la vida», y aunque sea una simple diferencia modal, y evidentemente, él conozca más a fondo su película que yo, creo que se deberían invertir los términos y afirmar que la película es «un drama sobre la comedia de la vida», porque en definitiva, como él mismo muestra en sus imágenes, ¿qué es esta más que un baile de máscaras?
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España, 2005. Dirección y guión: Daniel Sánchez
Arévalo. Producción: Tesela P,C., Jose Antonio Félez. Director de
Producción: Daniel Goldstein. Fotografía: Juan Carlos Gómez. Montaje: Nacho
Ruiz Capillas. Sonido: Jaime Barros. Director Artístico: Federico García
Cambero. Música: Pascal Gaigne. Vestuario: Nereida Bonmatí. Duración: 105
minutos. Intérpretes: Quim Gutiérrez (Jorge), Marta Etura (Paula), Antonio
de la Torre (Antonio), Héctor Colomé (Andrés), Raúl Arévalo (Israel), Eva
Pallarés (Natalia), Manuel Morón (Fernando), Ana Wagener (Ana), Roberto
Enríquez (Roberto).
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