Trampas dialécticas
Escribo estas líneas cuatro horas escasas después de ver En tierra de hombres, y he de reconocer que, como me viene sucediendo últimamente en numerosas ocasiones y ante películas de origen muy distinto, no estoy del todo seguro de si la película me ha gustado, de si es "buena" o "mala", aunque creo que, a fin de cuentas, eso no tiene necesariamente que tener mucha importancia (o ésta resulta relativa, anecdótica) a la hora de abordar un comentario sobre este film en cuestión. La película puede considerarse un "vehículo" al servicio de Charlize Theron, una de las "estrellas" que aún resplandece en el firmamento de los restos de Hollywood que perviven dentro de la actual industria audiovisual mundial. Cabe acotar, a favor de Theron, que la actriz parece empeñada en buscar papeles que le permitan lucirse en la faceta puramente interpretativa, aunque esto suponga aparecer en pantalla con una imagen poco glamurosa o atractiva, y además se obstina en que "sus" películas alcancen ciertas pretensiones de "profundidad" o "seriedad" dentro de las temáticas que tratan.
En tierra de hombres es un film en el que aparecen mujeres insertadas en el mundo industrial, en este caso la minería del carbón de la América profunda (cuya idiosincrasia parece querer reforzarse con el concurso de algunos intérpretes de carácter como los excelentes Woody Harrelson, Frances McDormand y Sissy Spacek). Está basado en un hecho real, como nos recuerda el cartel emplazado al principio del metraje. En este punto tal vez podríamos preguntarnos qué quiere decir "hecho real", si puede establecerse un suceso como objetivamente cierto y si el hecho de que la película parta de este tipo de material redunda en una mayor relevancia artística de la misma. Pero tal vez esa cuestión tampoco tenga mayor interés. Mejor entremos a analizar algunas estrategias que el film sigue a lo largo de sus más de dos horas de duración.
La película narra la historia de una minera que denunció el acoso sexual que ella y sus compañeras sufrían durante las jornadas laborales por parte de los hombres que trabajaban con ellas. Pero la presencia de los abusos sexuales en el film se extiende también a casi todos los aspectos de la vida de esa mujer, como si la directora Niki Caro tratase de dibujar una suerte de "genealogía del acoso" a través de secuencias estratégicamente escogidas dentro de distintas etapas vitales. El primero de estos saltos temporales nos lleva a la adolescencia de la chica. Estamos en el high school, en la etapa teen de la vida, a la que, como señalaba David Cronenberg recientemente, la sociedad estadounidense siempre ha concedido una relevancia muy particular. Un estudiante se acerca a la protagonista y le agarra el trasero sin pensárselo dos veces y con una notable agresividad que la planificación resalta convenientemente acudiendo al inserto (el cual volverá a ser repetido como flashback- leitmotiv más avanzado el metraje). Sin embargo, la reacción de la chica ante el gesto no será otra que sonreír de modo cómplice y escaparse con el joven en cuestión para ejecutar un intercambio salival. El consentimiento de este tocamiento primigenio funcionará como una caja de Pandora que llevará a la protagonista por la senda de la desgracia.
En primer lugar, uno de sus profesores la violará tras haberla castigado a permanecer en clase fuera del horario establecido. Preñada, recibirá la incomprensión y el desprecio del padre, y la madre callará ante la actitud de su marido. Una vez casada con un tipo que se hace cargo del niño y con el que tiene otra retoña, recibirá palizas por parte del cónyuge y le abandonará para establecerse en solitario con sus hijos y posteriormente entrar a trabajar en una compañía minera. El tiempo del metraje dedicado a la descripción del trabajo que se efectúa allí es casi nulo: unos simples planos encadenados. En su lugar continúa, sin prestar ninguna atención a la situación de los hombres que trabajan en la mina que pueda explicar sus comportamientos, el encadenamiento de agresiones recibidas por la mujer, desde el examen ginecológico que es obligada a pasar hasta un intento de violación, pasando por desprecios, insultos y bromas de pésimo gusto por parte de los obreros. La caracterización de Theron en algunas de estas secuencias recuerda muy mucho, por cierto, ora a la abnegada Selma de Dancer in the Dark (gafas incluidas), ora a la "reivindicativa" Grace de Dogville (pañuelo en la cabeza incluido), tendiendo tal vez un puente hacia el cine de consumo global más aparentemente "comprometido". Prácticamente la única secuencia en la que no irrumpen estallidos relacionados con la violencia sexual explícita es la que tiene lugar en el bar del pueblo, un oasis de relajación en el desarrollo del relato.
Con todo, el film se guarda de sugerir que todos los hombres son unos depravados en sus acercamientos a las mujeres, y así aparecen dos o tres personajes masculinos que servirán a la protagonista como apoyo para intentar denunciar su situación por la vía legal. Hay un juicio en el que todo parece perdido para ella en cuanto sale a relucir su pasado sexual. Empero, la pericia del abogado (uno de los escasos hombres no retrógrados del film) conseguirá que las máscaras caigan y la "verdad" salga a descubierto. Al final los obreros reconocen su vergüenza, su padre la perdona y ella recupera el amor de su hijo mayor. Un cartel sobreimpresionado proclama al film como un homenaje a las mujeres trabajadoras y en concreto a la que permitió crear la legislación que ahora las protege ante posibles acosos sexuales.
El mayor inconveniente del film de Caro no son sus coqueteos con el maniqueísmo, sus soluciones dramáticas telefílmicas ni la desarmante ingenuidad con la que confía en la solución de las cuestiones mediante su aireamiento a través de la ley ordinaria. Tampoco la manera en que se esfuerza para que toda escena encaje en la tesis pretendiendo que creamos que los problemas de la protagonista se han disipado definitivamente. Ni siquiera en la decisión de ambientar la película en el pasado evitando indagar en la evolución experimentada por todos los acosos laborales (no sólo el sufrido por mujeres), los cuales han ido tomando formas cada vez más complejas e invisibles en los últimos tiempos hasta el punto de poder ser utilizados incluso a favor de las presuntas víctimas, como se atrevía a mostrar Jean-Claude Brisseau en la brutal Choses secrètes (2002). El auténtico despropósito radica en el establecimiento de una trampa dialéctica muy común cuando se tratan ciertos temas denominados "de carácter social".
En la película, el personaje de Charlize Theron asegura que lo único que desea es llevar una vida «normal» en el trabajo y con su familia y «tomarse una cerveza algún sábado» en igualdad con el resto de hombres. Conseguir lo anterior supone para ella la completa realización personal, sin cuestionarse en ningún caso la validez del modo de vida que anhela llevar. Para los responsables del film, la denuncia de una situación injusta conlleva la aceptación implícita del sistema en el que ha sido engendrada.
Conscientemente o no, el ataque contra el acoso sexual termina derivando en una glorificación de las instituciones establecidas y de una vida mediocre que es identificada como el gran objetivo a alcanzar para cualquier persona. Y es que, aunque muchos se desgañiten por instaurar semejantes implicaciones reduccionistas, posicionarse en contra de las condiciones laborales de los trabajadores no tiene por qué suponer la aquiescencia ante el sistema de vida y trabajo propio del capitalismo, del mismo modo que, por poner otro ejemplo muy común, condenar los actos terroristas no tiene que hacernos dejar de ver la profunda injusticia del orden estructural sociopolítico en el que han tenido lugar, ni tampoco el cuestionamiento de dicho orden convierte a nadie en cómplice del terrorismo que atenta en su seno. |
| Estados Unidos, 2005. T.O.: North Country. Dirección: Niki Caro. Guión: Michael Seitzman; adaptación del libro "Class action: The Story of Lois Jensen and the Landmark Case That Changed Sexual Harassment Law" de Clara Bingham y Laura Leedy Gansler. Producción: Nick Wechsler. Fotografía: Chris Menges. Música: Gustavo Santaolalla. Montaje: David Coulson. Diseño de producción: Richard Hoover. Vestuario: Cindy Evans. Duración: 126 min. Intérpretes: Charlize Theron (Josey Aimes), Woody Harrelson (Bill White), Frances McDormand (Glory), Sean Bean (Kyle), Richard Jenkins (Hank), Jeremy Renner (Bobby), Michelle Monaghan (Sherry), Sissy Spacek (Alice), Elle Peterson (Karen Aimes), Thomas Curtis (Sammy Aimes), James Cada (Don Pearson), Rusty Schwimmer (Betty). |
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