Riot trip

Hostel hubiera ganado en mordacidad si en su arranque hubiera aparecido un "basado en hechos reales", pues la ficción, entre tonta y descarnada de la obra, siempre se halla lo suficientemente exagerada para que la brutalidad sea efectista a un nivel netamente visual. Roth, director de la más cachonda que sugestiva Cabin Fever, bien apadrinado por un fenómeno sociológico en sí mismo, Quentin Tarantino, plantea su película plagada de las suficientes trampas narrativas y argumentales para que ésta, pese a su visceral contenido, funcione como una película teenager con una araña de plástico escondida en su interior.

De entrada no ha de sorprendernos el espectacular taquillazo del film en los Estados Unidos, pues el público joven hoy en día es fácil de conquistar, sobre todo si en él hay música, drogas, sexo y sangre. Arranca así Hostel como una road movie donde lo importante para los protagonistas es follar y drogarse al máximo, por lo que tiene su lógica que la acción empiece a desarrollarse en el paraíso endocrino que es Ámsterdam. Y hablando de geografía, hay que reconocer que si en algo Hostel es efectiva es en la cancelación de billetes vacacionales para aquellos que quieran viajar a Bratislava, ciudad donde los atontados y nada carismáticos protagonistas acaban padeciendo las salvajadas torturas de un grupo de ricos sadianos ávidos de sangre y sufrimiento.

En pleno revival de terror setentero reconocemos la funcionalidad de Hostel para el entretenimiento. La brutalidad de las secuencias en las cámaras de torturas se descubre lo suficientemente artificiosa para que incluso el desgarro de unos tendones y el corte del nervio ocular puedan producir más hilaridad que terror. Prueba de ello es que donde se esperaba —quizás el problema es el condicionante "a priori"— un pánico gélido, uno se encuentra un thriller inverosímil en el que el protagonista acaba por vencer a los malos, torturadores charlatanes con mucha mayor gracia en las películas del propio Quentin.

Querer encontrar en las imágenes de Hostel un reflejo del convulsivo panorama político internacional o de los problemas del capitalismo en la sociedad moderna —donde un hombre con dinero puede hacer lo que le venga en gana—, quizás sea rizar demasiado un rizo que logra sus objetivos básicos de entretenimiento. El horror no es ni físico ni psicológico, es puramente estético. Por ocasiones, incluso cómico. Es evidente que otra forma resolutiva hubiera resultado directamente insoportable para el espectador, así que quizás no habríamos de ser tan exégetas con los resultados. Cierto es que Roth no llega a acercarse a talentos del horror como los zumbados de Takashi Miike o Rob Zombie, aunque algo del sufrimiento que estos realizadores infligen a sus protagonistas sí que se encuentra en los momentos previos a las vejaciones de los secuestrados. El hecho de que tanta sangre resulte esperpéntica hace que los momentos escalofriantes se desplacen más hacia los elementos, digamos, cotidianos: el hombre que debuta como torturador y está temblando de excitación, el jefe de los torturadores comiendo una ensalada con las manos, el encadenado de la cercenación de un dedo del pie con el de una chica cortándose las uñas...

Por Alejandro G. Calvo
cartel
EEUU. 2005.     Dirección: Eli Roth. Producción: Mike Fleiss, Eli Roth y Chris Briggs. Guión: Eli Roth.   Música: Nathan Barr.  Fotografía: Milan Chadima.  Montaje: George Folsey Jr.   Dirección Artística: David Baxa.  Vestuario: Franco-Giacomo Carbone.  Duración: 95 minutos.  Intérpretes: Jay Hernandez (Paxton), Derek Richardson (Josh), Eythor Gudjonsson (Oli), Barbara Nedeljáková (Natalya), Jana Kaderabková (Svetlana), Jan Vlasák (empresario alemán), Rick Hoffman (cliente norteamericano), Jennifer Lim (Kana), Keiko Seiko (Yuki), Lubomir Bukovy (Alex), Jana Havlickova (Vala), Takashi Miike (Miike).