Un minuto de silencio

Es inevitable enfrentarse a un título como el que nos ocupa —y casi me atrevería a decir que así ocurre con cualquier película— sin eludir la sombra del estereotipo. De este modo, una película que tiene como principales protagonistas a Gwyneth Paltrow, Anthony Hopkins y, al cada vez más conocido y valorado, Jake Gyllenhaal es susceptible de ser juzgada bajo los parámetros de calidad y comercialidad —para bien o para mal, según el caso— que se le atribuyen a los productos surgidos de la explotada maquinaria hollywoodense. Si a ello le añadimos, además, que la dirección de la misma corre a cargo de John Madden, responsable de la oscarizada Shakespeare in love y la fallida —por no decir cosas peores— La mandolina del Capitán Corelli, el riesgo a fracasar en nuestra opinión previa parece reducirse, si esto cabe, todavía más. El estereotipo, como tal, no es un concepto negativo, pues una idea preconcebida y aceptada por la mayoría como modelo es una herramienta de alto ahorro energético. De esta guisa, el visionado de Proof —mucho más preferible el título original que el español, hijo ilegítimo de Lo que la verdad esconde— depara justamente aquello que se espera. Una película excelentemente interpretada, con una dirección ajustada y una historia pretenciosamente grave con la que poder darse ínfulas. Un producto, en resumen, que no va más allá de lo correcto, cosa ésta poco desdeñable en los tiempos que corren.

David Auburn adapta su propia obra teatral, muy laureada —premio Pulitzer incluido—, en la que cuenta la historia de Catherine (Gwyneth Paltrow), una joven mujer cuyo padre (Anthony Hopkins) muere después de haber estado a su cuidado durante los últimos años. Éste era un brillante matemático que vio sus facultades mentales mermadas al quedar afectado por una enfermedad degenerativa. Catherine se ve obligada a dejar sus estudios para hacerse cargo de su padre y de la serie de notas y cuadernos que éste no deja de rellenar. La irrupción de Hal (Jake Gyllenhaal), un alumno de su padre que encuentra un cuaderno que contiene un análisis matemático importantísimo y del cual se cuestionará la autoría, y la de Claire (Hope Davis), la hermana mayor de Catherine que viene a buscarla para llevársela consigo ante los alarmantes síntomas de que la pequeña de la familia pueda sufrir los mismos problemas psicológicos de su padre, acaba por conformar los cuatro personajes que sustentan la trama de la película. Muy dialogada y con pocos escenarios, el origen teatral de la cinta resulta evidente, de manera farragosa, en más de una ocasión.

Explicaba el viejo Hitchcock al bisoño Truffaut que el punto débil de El hombre que sabía demasiado —la película protagonizada por James Stewart, para entendernos— radicaba en que no se había tenido en cuenta la escasa educación musical de los espectadores. Todo el filme estaba concebido para alcanzar un clímax de suspense final, los diez minutos últimos del concierto en el Albert Hall con Bernard Herrmann como maestro de ceremonias. Los insertos de las notas de las partituras eran el meollo del crescendo de la incertidumbre de la intriga. Por lo tanto, el no saber leerlas, el desconocer el lenguaje musical, desarticulaba una buena parte de la angustia y la emoción de los espectadores. Algo parecido a esto puede llegar a pensarse en alguna de las escenas de Proof. Sin embargo, no resulta necesario ser un versado matemático para deshacer la madeja de la narración. Más allá del chiste de un grupo de rock que interpreta, en silencio y con cara de palo, un tema titulado 'i' durante un minuto, las vicisitudes matemáticas de los protagonistas adolecen de importancia para desentrañar el juicio del núcleo del relato. Así, la prueba a la hace referencia el título original de la cinta, no debe señalar la autoría de ciertas teorías matemáticas que se descifran en el transcurso de la historia —siguiendo con las enseñanzas hitchcockianas, éste sería el mcguffin de la película—, sino que ha de tratar de establecer aquel punto que conforma la delgada línea que separa la cordura de la enajenación.

Está demasiado fresco el recuerdo de Una mente maravillosa como para desprenderse de él al escribir acerca de Proof. No obstante, las comparaciones no pueden sobrepasar el hecho de que, en ambas películas, nos encontramos con historias de matemáticos que han pasado del embelesamiento a la demencia en su quehacer diario. La película de Madden resulta mucho más emotiva y equilibrada que la de Ron Howard. Así, ha de verse el final del filme como signo de equilibro y sensatez, al dejar en la más absoluta ambigüedad la presunta alteración mental de la protagonista. Lo contrario, decantarse por cualquiera de los dos lados de la moneda, situaría la tesis de la película muy lejos de ese espacio indeterminado por el que transita. Más cercana, en espíritu, a los postulados de Darren Aronofsky en Pi, fe en el caos, la película de Madden invita al público a observarlo todo desde un posicionamiento de frialdad que consigue dejar al desnudo el comportamiento esquizofrénico de padre e hija. El director quebranta la uniformidad del relato con una sucesión de flashbacks que tienen como función el ir dosificando la información necesaria para comprender la relación paterno-filial y, sobre todo, con el inserto de algunas disrupciones narrativas que, de una manera visual naturalista, muy del gusto de Woody Allen, muestras las visiones de Catherine, a quien su padre se le presenta en cualquier lugar y momento, y que deja al espectador con una contundente sensación de incertidumbre ante el personaje de Catherine.

Retomando el tema de la estereotipia, la película cojea por la parte del romance. Como también sucede en buena parte del cine comercial actual, la historia de amor entre Catherine y Hal está cogida con pinzas. Nace de no se sabe bien dónde, se incendia con no se sabe qué, se enfría sin un porqué muy evidente... La credibilidad de la misma es más bien exigua y, a partir de ahí, la actitud de los personajes en determinadas escenas es ciertamente discutible y cuestionable. Y es que cuando uno entra en una sala de cine ya sabe a lo que va y, desde luego, no es para que la pareja protagonista de turno nos muestre las lindezas de la simple amistad entre hombres y mujeres.

Por J.A. Souto Pacheco
cartel

Estados Unidos, 2005. Título original: Proof. Dirección: John Madden. Guión: David Auburn y Rebecca Miller; basado en la obra de David Auburn. Producción: John N. Hart Jr., Jeff Sharp, Alison Owen y Robert Kessel. Música: Stephen Warbeck. Fotografía: Alwin Küchler. Montaje: Mick Audsley. Diseño de producción: Alice Normington. Dirección artística: Keith Slote. Diseño de vestuario: Jill Taylor. Duración: 99 min. Intérpretes: Gwyneth Paltrow (Catherine), Anthony Hopkins (Robert), Jake Gyllenhaal (Hal), Hope Davis (Claire), Gary Houston (profesor Barrow), Roshan Seth (profesor Bhandari), Danny McCarthy (policía), Colin Stinton (físico teórico), Anne Wittman, John Keefe.