Decía Fritz Lang que la labor  del director en escena era similar a la que desempeñaba un psicoanalista, pues su último fin era insertarse en la misma piel de los personajes. Los personajes se situaban en el centro de todo su sistema de concepción fílmica; los personajes y el entorno en el que éstos estaban atrapados. En Clash by night estos son precisamente los materiales de construcción decisivos a la hora de la elaboración de la intriga.

Una mujer (Barbara Stanwyck) regresa al pequeño pueblo en el que nació años después de que lo abandonara misteriosamente. Mae Doyle es descrita desde el comienzo como una mujer dura. Se nota en su mirada, en la sequedad de sus palabras, en la manera que fuma, que bebe tragos de whisky. Mae tiene un pasado, y el espectador no puede acceder a él, pero en seguida se da cuenta de que se encuentra todavía sujeta a sus garras. Y es que la turbulencia interior que late en los seres que pueblan el universo languiano es una de las constantes que ayudan a imprimir una mayor fuerza y personalidad a cada una de sus obras. Su pasión de vivir, su implacable humanidad y el constante conflicto al que deben enfrentarse para hacerse camino entre las fuerzas del bien y del mal.

Sí, Mae ha adquirido a lo largo de su desdichada vida un caparazón de insensibilidad que la aleja del mundo. Ella intenta escapar de su destino y luchar contra él. Por eso toma la determinación de intentar cambiar de vida, de someterse a aquello ante lo que nunca había creído y ante lo que se había sublevado insistentemente: Mae se deja vencer. Por eso acepta la proposición de matrimonio  de Jerry (Paul Douglas), un rudo y bonachón aldeano que aspira a tener una existencia tranquila disfrutando de las pequeñas alegrías que pueda depararle la vida. Pero estas dos concepciones antitéticas de entender el mundo están condenadas a fracasar. Y aquí es donde entra el tercero en discordia, porque Clash by Night está planteada como un drama en torno al conflicto que desencadena el clásico triángulo amoroso. Earl Pfeiffer (Robert Ryan), es precisamente lo opuesto a Jerry y por tanto mucho más afín a Mae. No hay inocencia en su mirada, y su actitud es en todo momento desafiante, airada. La atracción entre ambos no se hace esperar, a pesar de que Mae intenta por todas sus fuerzas atenerse al nuevo papel de mujer y madre fiel que ha de desempeñar.

Lang establece un juego de personalidades predeterminadas a chocar. A pesar del clima de aparente normalidad que se pretende trasmitir, existe una turbulencia desatada en el substrato más profundo del tejido narrativo. El clima de tensión, de incomodidad, se respira y en todo momento estamos a la espera que se desencadene la tormenta. En este punto es importante que nos refiramos al espacio escénico en el que se desarrolla la acción, pues está íntimamente ligado a las pulsiones sentimentales de los protagonistas. Nos situamos en una pequeña población costera de California. Tanto en las primeras escenas como en insertos a lo largo del film, podemos ver la furia del mar que se desata haciendo romper las olas contra las rocas y acantilados de la zona. Algo indómito se presiente, algo salvaje se esconde en la naturaleza de Mae que la condena a repetir sus fracasos del pasado y que la arroja sistemáticamente al  abismo. La pasión es su mal y su tortura, la monotonía de una vida gris y anodina, la fuente de su malestar.

En realidad la intención de Lang en el film era realizar un tratado sobre el adulterio. Llevó a cabo numerosas investigaciones sobre la fidelidad de las esposas, y su conclusión fue que un 75 por 100 de las mujeres engañaban a sus maridos en Norteamérica a través de relaciones ilícitas. Desconocemos las fuentes en las que se basó Lang para llegar a esta conclusión, pero no dejamos de advertir un cierto machismo en su manera de dibujar a la mujer como un ser insatisfecho y caprichoso, siempre generador de problemas y conflictos irresolubles. Sin embargo, este hecho queda parcialmente diluido en el film gracias a la imponente labor interpretativa de Barbara Stanwyck, capaz de componer su personaje con tal cantidad de matices y modulaciones, que es imposible pensar que éste pueda caer en un sistema de simplificación maniquea, pues consigue elevar su psicología emocional hasta un estadio de conocimiento superior a través de su carisma, insuflándole esa dosis de desesperación, confusión y  vulnerabilidad que lo hace tan accesible y humano.  

Es necesario añadir que el film está basado en una obra de teatro de Clifford Odets, la cual había alcanzado bastante éxito en la escena teatral neoyorkina de los años treinta. Quizá la filiación teatral se note en la adaptación cinematográfica en su puesta en escena, en la forma en la que interaccionan los personajes en el interior del encuadre. Por ello Lang utiliza planos largos en los que los diálogos y los actos fluyen sin que se produzca entre ellos un corte de montaje. Las secuencias están planteadas como bloques independientes y en ellas la cámara se limita a registrar, a seguir las acciones que los personajes realizan en ellas. Esto provoca una sensación de aproximación directa al conflicto, contribuyendo a resaltar el enfoque teatralizado que imprime cierta sensación de tensión ambiental dentro de la propia estructura del plano.

Sin embargo, Lang se distanció del libreto original de la obra, ya que éste realizaba apología del asesinato a través de los celos. En él el marido engañado estrangulaba al amante, solución que no era considerada especialmente constructiva. Para Lang la lección de conjunto de sus películas era que cada ser humano debía hallar su propia solución. En sus propias palabras:«El hombre podía revolverse contra lo que era malo o falso, cuando se hallaba atrapado por las circunstancias o convenciones. Pero no creo que el homicidio sea una solución. El crimen pasional no sirve para nada: amo a una mujer, me engaña, la mato, ¿qué me queda entonces? Si doy muerte a su amante, ella llegaría a detestarme y además perdería su amor. Matar no puede ser nunca una solución». Por eso Lang reformó la historia y le dio un carácter distinto, cercano a la redención del personaje femenino, quizás un poco conservador, algo conformista de acuerdo a lo expuesto hasta ese momento, pero el único que podía ser aceptado por el público de la época. De todas formas, es curioso observar cómo ningún punto metafísico explica los actos y los hechos. Sólo el entorno cerrado parece ser el condicionante directo de ciertas actitudes. Por esa razón la descripción de ese entorno es de una minuciosidad inusual.

Antes de empezar el rodaje, Lang y su operador se trasladaron a Monterrey para localizar exteriores, y empezaron a rodar la vida cotidiana del lugar. Filmaban a las gaviotas volando por el cielo, las tareas de los pescadores, el mar, las condiciones de trabajo de los marineros... sin darse cuenta realizaron un pequeño documental que se integró de forma perfecta al inicio de la cinta, proporcionándole la atmósfera adecuada. Estas son precisamente las imágenes de las que Lang se siente más orgulloso de este film que indaga en las pasiones humanas, en las contradicciones del alma, en la imposibilidad de actuar a través de convenciones, y que reivindica la libertad individual en un mundo juzgador altamente represivo en el que no se permite cometer errores y equivocaciones. Mae termina por elegir, pero lo que puede parecer un final feliz porque se cumple con las convenciones preestablecidas, no deja de ser un fracaso personal para ella, ya que termina dándose cuenta de que es incapaz de salir de la tela de araña que se ha construido a su alrededor.

Por Beatriz Martínez
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