Fin de saga
Resulta, si no sintomático, sí al menos curioso que Fritz Lang volviera a su querido personaje del doctor Mabuse 27 años después de la realización de El testamento del doctor Mabuse (Das Testament des Dr. Mabuse, 1933). Consciente o no de la clausura que supuso para su filmografía, estos Crímenes entroncan con toda la saga de los Mabuse y, por extensión, con la producción languiana circunscrita entremedias.
En esta ocasión, el inspector de policía Kras (Gert Fröbe) anda tras la pista de unos crímenes cuyo punto en común es el Hotel Luxor. Con ayuda de la policía científica y del invidente vidente Peter Cornelius (Wolfgang Preiss) centra sus investigaciones en tres personas: Marion Menil (Dawn Addams), Henry Taylor (Peter van Eyck), y Panza Mistelzweig (Werner Peters). El Hotel Luxor, construido por los nazis a finales de la Segunda Guerra Mundial, es el escenario de la historia. Una mujer (Marion) a punto de suicidarse es salvada por un industrial americano (Henry) —fabricante de misiles para ser más exactos—, hospedado en el establecimiento para cerrar un trato comercial. El suceso llama la atención de los medios, y el metomentodo vendedor de seguros (Mistelzeig) aprovecha para enterarse de la identidad de los protagonistas. En esto que llega el doctor Jordan (Wolfgang Preiss en un segundo papel) para visitar a Marion, su paciente —más tarde sabremos que el propósito de su llegada no es recetar un medicamento a Marion, sino hipnotizarla—. Los crímenes y las investigaciones siguen su curso, Marion y Henry se enamoran. Los planes del doctor Mabuse (Wolfgang Preiss, de nuevo) se van al traste...
Con Los crímenes del Dr. Mabuse Fritz Lang finiquita de manera brillante su filmografía y cierra el círculo mabusiano. En ella encontramos las constantes de su mundo y referencias a los otros capítulos de la serie. Sin ir más lejos, y para empezar, el modo de sugerir que el maquiavélico doctor puede estar detrás de los sucesos es similar en El testamento y Los crímenes: reunión de policías y detectives en torno a una mesa, mucho humo, alguien recuerda que el modus operandi de los asesinatos recuerda vagamente a unos episodios acontecidos allá por los años veinte. Quizá en El testamento era plausible la idea de seguir esa pista entrevistando al doctor que trató al finado, pero en Los crímenes… es ridículo, han pasado demasiados años.
El propósito de Mabuse es en todos los casos la instauración del Imperio del Crimen. Quizás en los dos primeros films Lang quiso advertir de lo que eran capaces los nazis en cuanto a represión de la libertad. En este último —el peligro ya pasó— hay una conexión con los nazis en el hecho que el Hotel Luxor fue ideado por ellos. El circuito de cámaras y el espejo de la habitación contigua a la de Marion no sé si es digna de Joseph Goebbels o bebe de 1984, pero desarrolla el ideal de control total que tiene Mabuse de la situación. Por otro lado Lang nos recuerda que el doctor Mabuse originario efectivamente ha muerto (los nazis en aquella época también), pero no su ideario, que se reencarnará en otros. Tres disfraces utiliza el doctor en esta película. El eje del mal tiene más.
Las cosas tienen el destino marcado desde que nacen. El hombre es culpable y se percata de ello. La fatalidad se ceba en él. El medio es hostil y hay un deseo de justicia e instinto de venganza implacables. Resuenan ecos de Los Nibelungos (Nibelungen, 1923-1924), de M, el vampiro de Düsseldorf (M, 1931) de Furia (Fury,1936), de Los sobornados (The Big Heat, 1953),… Seguro que siempre habrá un Mabuse obnubilándonos la visión. ¿Se reencarnarán Lohmann o Kras en alguno de nosotros?
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