El discreto encanto de los seriales

«Hubo un tiempo en que todo lo que buscaba era una buena historia. Pero ahora todo tiene que parecer del tamaño del Monte Rushmore y con los actores en primer plano». Fritz Lang.

Últimos años. Como en el caso de Hitchcock o Ford, dolorosas jornadas en las que meapilas recién llegados tratan de hacerte creer —y no siempre de manera muy diplomática— que ya no estás en condiciones de ejercer tu oficio, que tu tiempo ya pasó, que no entiendes al público de hoy. Que lo dejes. ¡Que te pires!

Aquél que fuiste o los méritos que acumulas en tu haber poco importan. Los números cantan y no tienen memoria. Hitchcock –lo sabemos por boca de Truffaut, cuyas entrevistas acabaron por tener un tufillo a terapia 'divanesca'- murió con la esperanza de rodar todavía una película más, una nueva historia que él tenía bien clara, hasta el punto de haberla completado mentalmente unas cuantas veces; a la mínima ocasión aprovechaba para contar cierta escena que sería la pera, cierto movimiento de cámara donde demostraría una vez más que el que tuvo retuvo porque...

Lang no fue mucho más afortunado en ese sentido: transcurrieron 16 largos años desde su muerte artística (Los crímenes del Doctor Mabuse[Die Tausend Augen des Dr. Mabuse, 1960]) hasta su muerte física (1976). Sus últimas películas americanas —con todo, igualmente magníficas— fueron complicadas empresas donde se perdió demasiado tiempo tratando de convencer a hacendosos contables de que les saldría a cuenta una película con la firma de Lang (un Lang que cuando se ponía a ello, como en el caso de Gardenia Azul (The Blue Gardenia, 1953), demostraba que era capaz de terminarlas en veintipocos días). Y es que un clima de continua suspicacia no es el más idóneo para seguir trabajando: se imponía despedirse del personal con un “buenas noches y buena suerte”.

Su vuelta a la Alemania que le vio nacer conoció de un intermezzo canicular en la India, donde aprovechó para rodar un filme en dos partes con el aroma a roble de Las arañas (Die Spinnen, 1919) y bajo el paraguas monetario de las coproducciones europeas, tan en boga por aquel entonces. ¿Qué mejor modo de abordar un cambio de escenario laboral que echando mano de un viejo guión escrito a medias con la olvidada Thea?

¿Un anacronismo? Bueno, no mucho mayor que el perpetrado por Spielberg y Lucas en sus Indiana Jones (¡y bien que funcionaron!)  Las aventuras de este héroe pétreo y poco simpático (¿arquitecto y alemán? ¡Menuda fiesta!) por tierras bengalíes tiene un aire a los Cuentos de La Alhambra de Washington Irving, incluyendo ese exotismo algo impostado con el que los extranjeros se acercan a otras culturas.

El periplo es lo de menos: ya sabemos que los malos recibirán su merecido, que las folletinescas e insalvables situaciones en las que se ven atrapados nuestros héroes serán superadas in extremis, sin apenas despeinarse (él) ni ver corrido su rimel (ella). Interesa más el espacio escénico (tan importante siempre en la obra de Lang) y unos decorados no por acartonados menos convincentes.

Cuenta también este díptico con una baza erotómana innegable: los contoneos y el arrebato ombliguil de Debra Paget, la bailarina predilecta del Maharajá (¡no es tonto ni 'na'!) y provocadora de calenturas a este y al otro lado del paraíso. Forma parte de mi galería de inmortales del cine (me la descubrió Terenci Moix) y no pienso extenderme sobre las razones hormonales por las que la encumbré.

Seetha (la bailarina incendiaria) y Berger (el tiralíneas intrépido) coinciden merced a la presencia del tigre de Esnapur, bicharraco devorador de hombres al que se le atraganta el teutón. La frase con la que Seetha muestra su gratitud es toda una invitación a la coyunda: «he visto luchar a dos tigres. Uno quería quitarme la vida, el otro me la ha dado». ¿En tu casa o en la mía?

Tras el fatídico encuentro entre los futuros amantes y la constatación de que ella vive recluida en una jaula de oro (que no por ello deja de ser menos hermética), llega la atolondrada huida, la sed de venganza, la construcción de esa tumba india donde el millonario burlado piensa emparedar a esa súcuba impía. Por los alrededores moran también legiones de leprosos que el sátrapa ha preferido apartar de las glamourosas calles de su reino y que se pasean por las catacumbas cual zombis de George A. Romero.

El resto: un producto que ahora encuadraríamos dentro del más rabioso kitsch (y tiene su mérito que podamos encontrar ingenuo el trabajo de alguien que había visto y soportado tanto). Imagínense cómo debe de conservarse una película que ya a finales de los 50 sabía añeja, reivindicando como reivindicaba un cine que hacía tres décadas que no se practicaba.

Películas con las que uno crece y que quizás precisen, por parte del espectador, de cierta capacidad para despojarse de la estéril vitola de "crítico" y que en estos casos le impediría disfrutar del conjunto. Quizás porque el cariño que se les tiene esté en proporción directa a la edad que teníamos cuando las vimos por primera vez. Ocurre también con Robín de los Bosques (The Adventures of Robin Hood, 1938. Michael Curtiz & William Keighley), El ladrón de Bagdad (The Thief of Bagdad, 1940. Ludwig Berger & Michael Powell), El temible burlón (The Crimsom Pirate, 1952. Robert Siodmark) o El mundo en sus manos (The World in his Arms, 1952. Raoul Walsh). No es casualidad que una generación de críticos ahora sexagenarios tachen ambas producciones de obras maestras (también los hay bastante crueles: «la película es una especie de delirio, que se diría producto de las emanaciones conjuntas del alcohol y los estupefacientes» —1—).

Posiblemente les ocurra otro tanto a los de mi quinta con En busca del arca perdida: al igual que El tigre de Esnapur o La tumba india, un filme que dista mucho de ser magistral, pero... ays, el corazón siempre le acaba ganando la partida a la cabeza.

También cuentan mucho las condiciones y la naturaleza de la copia que se haya visto. No ha sido hasta fecha bastante reciente que hemos podido remitirnos al díptico original: para su explotación comercial se cogieron las dos películas (198 minutos) y se montaron en una sola de noventa y tantos minutos (Journey to the Lost City) (2). Así que lo primero que deben hacer es verificar que van a ver el producto genuino. ¡No acepten imitaciones!

Cumplida esta formalidad, sumérjanse en uno de aquellos romances viejos recopilados por Ramón Menéndez Pidal, uno de aquellos en que reinas moras huían en la grupa del caballo de fermosos cristianos bajo el claro de luna. Cambien Andalucía por el Rajastán, el Guadalquivir por el Éufrates. Y disfruten —si todavía pueden— de una fantasía para niños y adultos contada por un exiliado que no acabó de pertenecer a ninguna parte, como lo atestigua el lugar que eligió para morir: el neutro e impersonal Beverly Hills.

(1) Nuestro cine, César Santos Fontenla. Número 12, junio-julio de 1962.

(2) Fritz Lang, de Quim Casas. Ediciones Cátedra. Signo e Imagen / Cineastas. Pág. 225.

Por Jorge-Mauro de Pedro
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